El Legado

Capítulo 1: La noche del Rito

El sol se ponía en el horizonte, y los rayos de luz alargaban las sombras de las piedras, mientras el agua del río Lazul corría con energía, arrullante. Renar yacía sobre la hierba húmeda, con las manos entrelazadas bajo la nuca, mirando el cielo que comenzaba a encenderse con los colores del ocaso.

Era su hora favorita: ese momento en que la luz se deslizaba hacia la penumbra, cuando el cielo se llenaba de motas brillantes. Hoy, además, era una de esas noches sin luna, en las que podía vislumbrarse el cielo infinito.

A lo lejos, los vestigios del pasado esculpían el horizonte con formas que desafiaban la propia naturaleza. Eran ruinas de los antiguos: colosales estructuras oxidadas que aún libraban una batalla contra el tiempo, resistiendo en pie mientras la vegetación las colonizaba sin descanso.

Aquella zona era territorio de bandas de carroñeros, por lo que pocos miembros de la familia se atrevían a entrar. Todos la conocían como Las Torres Muertas.

—¿No te parece fascinante? —preguntó Renar.

—A veces creo que me haces estas preguntas solo para provocarme. No entiendo qué ves de especial —respondió Liria.

Liria estaba tumbada a su lado, con un tallo seco entre los dientes. Tenía los ojos opacos, de un gris pálido, como nubes sin forma, que jamás habían visto el cielo.

Nació ciega, y desde pequeña fue recelosa de la compasión que la familia sentía hacia ella. El único que la trataba como a una igual era Renar.

Desde niños siempre se habían tenido el uno al otro: ella lo escuchaba y soportaba sus preguntas y reflexiones; él la miraba como lo que era, no como alguien con carencias.

—Estoy cansado de estar atrapado, de no saber y no entender. Quiero descubrir qué hay más allá…—dijo Renar, levantándose de un salto. Agarró un palo del tamaño de una espada y empezó a agitarlo con energía—. Quiero verlo todo. Quiero saber qué hay más allá, adónde va el sol, de dónde vienen las estrellas... Quiero ver otros pueblos.

Miró a Liria y le tendió la mano con confianza.

—Siempre hablas de irte… pero nunca dices si volverías... —comentó Liria

Luego la sujetó por los hombros.

—Lo sé, Liria, pero esto se me queda corto. Los comerciantes traen noticias de más allá de las Torres Muertas, y creo que se avecinan cambios.
Dicen que un tirano está arrasando tierras. Valderia no es muy grande, pero por suerte, nos protegen las Torres Muertas.

Miró al horizonte.

—Para las Madres, soy un error que no encaja en sus reglas —terminó, cerrando los ojos.

Aquellos ojos eran la causa de tantas miradas esquivas, de tantos susurros a sus espaldas. Completamente azules, Sin blanco. Sin iris. Sin pupilas. Solo azul. Un azul profundo, antinatural, como si no perteneciera a este mundo.

Se parecían a los ojos de Liria, aunque eran opuestos. Los de ella eran blancos, velados por la ceguera; los de Renar, azules como el tapiz sobre el que brillan las luces de la noche.

Por eso llevaba siempre unas gafas oscuras: para no incomodar. Para no ser recordado. Pero todos sabían lo que ocultaban.

A veces, en medio del bosque o bajo las estrellas, se preguntaba si alguna vez alguien lo había mirado con verdadero afecto.

En Valderia, los lazos de sangre no daban derecho.
Los nacimientos eran responsabilidad de todos, pero la crianza pertenecía a las Madres.
Nadie tenía un padre. Nadie tenía una madre.
Todos tenían a la familia.

Según la tradición, los dieciséis marcaban el fin de la infancia. Cada joven, al llegar su día, debía pasar por el Rito del Silencio: una ceremonia cargada de significado. Una noche entera en soledad, en el bosque cercano.

—Pero bueno, solo me queda el ritual, y después seré libre, creo que acompañare a algún comerciante y saldré, por fin, de Valderia, y las cosas cambiarán para mí —dijo Renar.

—Ya lo verás —respondió Liria, y esta vez sonrió para ocultar su tristeza y miedo.

A Liria le dolía ver que Renar nunca se daba tregua.
No podía simplemente ser.
Siempre había algo que no encajaba, algo que necesitaba entender, romper, reconstruir.
No era desobediencia. Era hambre.
Hambre de respuestas. De una verdad que ni siquiera él sabía nombrar.

Le dolía que pensara que la respuesta estaba lejos.
Como si solo pudiera encontrarse si cruzaba las Torres Muertas.
Pero Liria sabía que allá afuera también había peligros, vacíos, mentiras disfrazadas de verdad.
Y aunque Renar soñaba con escapar, ella temía que no supiera volver.

Liria lo abrazó.

—Nos vemos esta noche en la entrada del bosque. Tengo que ir a ayudar a la familia a terminar los preparativos de tu Rito.

—Claro, hasta después. Sigo aquí un rato —respondió Renar.

Se quedó agitando su palo, soñando que abría caminos hacia tierras lejanas, pobladas por gente extraña y parecida, donde las preguntas no daban miedo y las respuestas no estaban prohibidas.
Pasó así un buen rato, hasta que el sol se ocultó por completo y se dirigió hacia la entrada del bosque.

Toda la familia —casi trescientas personas del pueblo— se había reunido allí. Aquello despertó en Renar una mezcla de orgullo y ansiedad: no esperaba que se reunieran todos.
Mientras se acercaba, los adultos y ancianos formaban un pasillo que conducía hasta la entrada del bosque. Caminó entre ellos en silencio, sintiendo sus miradas. No eran ojos de orgullo, sino de espera, de juicio, de duda.

A su alrededor, los susurros se mezclaban con el murmullo del viento.

—A ver si el silencio le quita las nubes de la cabeza —susurró una voz.

Al final del pasillo estaba Liria, tal como le había prometido, con una sonrisa. Era apenas un par de meses menor que él, y la única de su generación con la que hablaba. El resto —unos veinte jóvenes— no le generaban el suficiente interés como para mantener una conversación; solo hablaba con ellos por necesidad.




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