La Fiesta del Sonido transcurría con normalidad. Toda la familia bailaba, bebía y charlaba en torno a la gran hoguera central. Los barriles de vino y cerveza se agotaban uno tras otro, y el aire estaba impregnado del olor de la carne asándose sobre las brasas.
Las mesas, dispuestas en círculos concéntricos alrededor del fuego, formaban un mosaico de platos y jarras compartidas.
En lo alto de una pequeña grada, las Madres observaban a la familia reunida, atentas a cada detalle, pero también complacidas por aquella efervescencia. Era costumbre que en noches como aquella, nueve meses después, nuevos miembros llegaran a la familia. La celebración no era solo un homenaje al silencio de Renar, sino también un tributo a la vida que se perpetuaba en medio del bullicio.
Elyna dejaba vagar la mirada por las distintas mesas. En cada una reconocía historias que había acompañado desde su inicio: niños que apenas balbuceaban y ahora corrían entre las bancadas; jóvenes que empezaban a mirarse con complicidad; adultos que ya habían encontrado su lugar en la minería, en el comercio o en los cuidados.
La familia era un organismo vivo, y esa noche latía con más fuerza que nunca.
Tomó un sorbo de su jarra de mirsal, la bebida tradicional de Valderia. Se elaboraba a partir de las raíces de la hierba durnila, fermentadas junto con sal molida que potenciaba su sabor. Era ligeramente salada, pero capaz de tumbar a la más fornida de las personas. Fuerte, densa, terrosa. Como la propia historia del pueblo.
Esa bebida unía a la comunidad. Como todo en Valderia, tenía propósito.
Allí, las uniones eran claras, sin pretensiones. Nadie ocultaba a quién quería, ni a quién elegía para compartir la vida. No había estigmas que separaran, ni jerarquías que marcaran distancia.
La familia era una sola.
Los ojos de todos, con ese tono morado que caracterizaba a los hijos de Valderia, eran un recordatorio constante de que compartían una misma sangre, una misma raíz. Esa semejanza hacía que, a pesar de las diferencias en carácter o en oficio, todos se parecieran de algún modo. Como piezas distintas talladas de la misma piedra.
Sus ojos se posaron entonces en la mesa de la generación de Renar.
Allí estaban Nirel, con su vozarrón siempre dispuesto a imponerse sobre cualquier conversación, levantando la jarra con orgullo; a su lado, Talya, más callada, con esa timidez que parecía esconder una firmeza latente; un poco más allá, Saren, que reía con malicia, burlándose de cualquiera que le prestara atención.
Los jóvenes compartían complicidades, juegos, primeras borracheras. Elyna los observaba con una mezcla de ternura y gravedad.
Fue entonces cuando su memoria la arrastró hacia atrás, hasta la noche en que Renar nació.
Recordaba con claridad el murmullo inquieto de la familia al verlo por primera vez: un niño sin mirada, con los ojos enteramente blancos, como si la luz no hubiera alcanzado a prender en ellos. Fue una visión que heló el aire.
Su progenitora murió al traerlo al mundo. Cayó en silencio, como una vela apagada por un viento invisible. Algunos decían que fue el precio por su llegada; otros, que no debió nacer.
Y entonces lloró.
Durante días, su llanto atravesó los muros, tan hondo que desgarraba la calma de la casa. Y en medio de aquel dolor, sus ojos cambiaron.
La blancura se tiñó de un azul absoluto, frío, distante, como si el infinito hubiera encontrado forma en su mirada. Mirarlos directamente removía algo profundo, como si en esos ojos habitara un abismo que ni el tiempo ni el alma podían tocar.
Nadie supo qué decir. Pero todos comprendieron que aquel niño era distinto.
Elyna apartó la vista del recuerdo justo en el momento en que Lirya se levantó de su asiento.
No dijo nada. No pidió permiso. Simplemente se puso de pie.
Sus ojos grises y opacos eran los mismos desde su nacimiento. También ella había llegado al mundo con los ojos enteramente blancos, igual que Renar. Pero en su caso, no hubo transformación. No se tiñeron de azul. No brillaron con el infinito.
Quedó ciega.
Y, aun así, desde sus primeros días, se unieron.
Dos niños marcados por lo inusual. Distintos en todo, menos en su soledad compartida. Una excepción doble, en medio de una familia que se enorgullecía de su semejanza.
A Lirya nunca le había gustado la Fiesta del Sonido, torbellino que la engullía: risas que chocaban como jarras, gritos que cortaban el aire, el crepitar de la hoguera rugiendo en sus oídos. La música —un tamborileo insistente— aplastaba sus pensamientos, dejando solo fragmentos de voces lejanas y cercanas. "¡Por la sal!" "¡Cuidado, pequeño!" Palabras sueltas, sin sentido.
Lo único que percibía era caos, un caos que podía tolerar al estar junto a Renar…, pero esta noche estaba sola, y esa soledad le punzaba el pecho, lle llenaba la cabeza de pensamientos incómodos: que él la dejara atrás. Que se fuera. Que ya no la necesitara.
Caminaba hacia el pueblo, siguiendo el mismo sendero de siempre —el que tenía memorizado desde niña—, buscando aire y claridad de pensamiento, cuando una mano fuerte se cerró sobre su hombro.
—¡Lirya, no te vayas! ¡Brinda conmigo! —gritó Nirel, tambaleándose al acercarse.
La había abordado de forma brusca, con el rostro enrojecido por el mirazal y el aliento denso, como si la fiesta le ardiera por dentro.
—No puedo quedarme más… No escucho mis pensamientos —murmuró ella, bajando la mirada, mientras soltaba con delicadeza la mano que la sujetaba.
—¡Bah! ¡No entiendo qué le ves al demonio ese! —exclamó Nirel, alzando los brazos como si intentara convencer al aire—. ¡Pero si quieres, te llevo hasta el pueblo! ¡No vayas a caerte… o a perderte!
—No te preocupes. Sé llegar —respondió Lirya.
Hizo una breve pausa, y antes de girarse, añadió con voz serena:
—Sigue divirtiéndote, Nirel.