Mía supo que algo estaba mal incluso antes de verlo. Lo supo cuando alzó la mirada hacia la montaña. Durante tres días había imaginado aquella cita de todas las formas posibles.
Había imaginado faroles encendidos a pesar de ser mediodía. Una mesa apartada junto a una ventana. Dos cuencos de ramen humeando entre ambos. Neji sentado frente a ella, con esa expresión seria que parecía incapaz de desaparecer de su rostro incluso cuando estaba nervioso. Y, escondida en alguna parte, una pequeña caja.
La idea le daba tanta vergüenza que no se la había contado ni siquiera a Naruto. Aunque estaba segura de que su hermano gemelo sospechaba algo ya.
-Ese restaurante nuevo es increíble -le había dicho Naruto dos días atrás, entrando en casa con Sakura y hablando demasiado alto - Tienen como quince tipos de ramen. Quince, Mía. Y no son porciones miserables.
Mía había fingido indiferencia.
-Qué interesante.
-Sí, claro. Por eso llevas cinco minutos sonriendo.
-Cállate.
Naruto se había reído. Desde entonces, ella había cometido el error de soñar. Porque Neji le había dicho:
"El jueves quiero verte. A solas. Tengo algo importante que hablar contigo."
Y para una muchacha de dieciséis años enamorada por primera vez, aquello solo podía significar una cosa. Había pasado la mañana decidiendo qué ponerse. Finalmente eligió su chaqueta naranja favorita y pantalones negros.
Se dejó el cabello rubio suelto, aunque normalmente prefería recogerlo para las clases, y hasta se puso un poco del perfume que Ino le había regalado. Luego esperó. Y cuando recibió el mensaje de Neji con el lugar exacto de encuentro, la sonrisa desapareció.
Monumento de los Hokage.
Mía leyó dos veces. Luego tres. Quizá había entendido mal. Pero no.
Subió por los senderos de piedra con una sensación desagradable instalándose poco a poco en su estómago. Cuando llegó a la cima, lo encontró esperándola. Precisamente allí. Sobre la enorme cabeza de piedra del Cuarto Hokage. Su padre. Minato Namikaze.
Mía se quedó inmóvil. El viento agitó sus largos cabellos rubios. Neji estaba de espaldas a ella, contemplando Konoha desde las alturas. Vestía de blanco y negro. Su cabello oscuro le llegaba hasta los hombros y se agitaba bajo el viento.
Durante unos segundos, Mía olvidó dónde estaba. Porque era él. Neji. El chico al que amaba.
El muchacho que había conseguido atravesar todas sus defensas.
Entonces volvió a mirar la piedra bajo sus pies. La sonrisa que había traído consigo murió por completo.
-Neji...
Él se volvió. Sus ojos violetas encontraron los celestes de ella. Y por un instante estuvo a punto de derrumbarse todo. Porque estaba preciosa.
No. No debía pensar aquello.
Recordó a Hanabi llorando. Recordó sus palabras. Las acusaciones. La historia que su hermana le había contado. Recordó haberla encontrado temblando.
"Fue Mía."
"Ella me dijo que cuando ustedes estén juntos ya no vas a necesitarme."
"Me dijo que soy una niña caprichosa que vive colgada de ti."
"Me dijo que cuando sea tu novia va a conseguir que te alejes de mí."
"¿Es verdad, hermano? ¿Vas a abandonarme por ella?"
Neji había sentido que algo se rompía dentro de él. Hanabi tenía catorce años. Era su hermana pequeña. La había protegido prácticamente toda su vida. Y había creído cada palabra. Por eso estaba allí. Por eso había elegido precisamente aquel lugar. Porque quería que Mía sintiera una fracción del dolor que, según creía, ella había provocado en Hanabi.
-Llegas tarde -dijo de forma cortante.
Mía parpadeó. Miró la hora.
-Son las doce en punto.
-Entonces llegas justo.
Ella intentó sonreír.
-Sí.
Silencio. Mía observó alrededor. No había flores. No había comida. No había nada. Solo el viento. Konoha extendiéndose debajo de ellos. Y el rostro gigantesco de su padre muerto sosteniéndolos.
-¿Por qué aquí?
Neji la miró sin expresión.
-¿Importa?
Ella soltó una pequeña risa nerviosa.
-Bueno... sí.
-No veo por qué.
Mía frunció ligeramente el ceño. Algo en su voz la inquietaba.
-Porque sabes que no me gusta venir aquí.
-Es una montaña, Mía. Tan solo una simple montaña.
Aquello dolió más de lo que debería.
-No es solamente una montaña. Al menos no lo es para mí.
Neji lo sabía. Dioses. Lo sabía mejor que nadie. Mía se lo había contado incontables veces. Le había explicado por qué nunca acompañaba a Naruto cuando su hermano subía allí. Le había contado lo que sentía al contemplar el rostro de Minato. Orgullo. Rabia.
Amor. Abandono. Todo mezclado. Porque Konoha adoraba al Cuarto Hokage.
Mía no sabía si hacerlo, o no. Para la ciudad, Minato Namikaze había sido el héroe que entregó su vida para salvarlos. Para ella había sido el padre que eligió morir por miles de desconocidos dejando atrás a dos bebés. Ella y Naruto. Los hijos del héroe. Los huérfanos de la leyenda.
-Te expliqué lo que significa este lugar para mí - murmuró.
-Lo recuerdo.
Aquella respuesta fue peor. Mía lo miró.
-Entonces ¿por qué me citaste aquí?
Neji sostuvo su mirada. Porque quería lastimarla. Esa era la respuesta. Pero decirlo era demasiado.
-Porque quería hacerlo.
Mía bajó los ojos. El viento volvió a pasar entre ellos. Entonces su estómago rugió. El sonido fue pequeño. Ridículamente pequeño.
En cualquier otro momento ambos se habrían reído. Aquella vez ninguno lo hizo. Mía se abrazó el abdomen, avergonzada.
-Perdón. No almorcé.
Neji sabía perfectamente por qué.
Ella esperaba comer con él.
-Yo sí.
Mía levantó la mirada.
-¿Ya comiste?
-Sí.
Otra pequeña ilusión murió.
-Ah - Intentó disimularlo -Pensé que... bueno, como me dijiste que nos viéramos al mediodía...
Neji permaneció impasible.