El Legado De Las Almas

El heredero que dejó de existir I

La noticia recorrió la residencia Hyuuga antes de que terminara la tarde. Primero fue un murmullo. Después, una orden pronunciada en voz baja por los sirvientes. Finalmente, una certeza que atravesó corredores, jardines y salones como un viento helado. Neji había solicitado una audiencia inmediata con su padre.

No habría resultado extraño en circunstancias normales. El heredero del clan podía pedir hablar con el líder cuando quisiera. Lo extraño era cómo había regresado. No se había cambiado de ropa. No había comido. No había entrenado.
No había respondido a ninguna de las personas que intentaron acercarse. Y, sobre todo, no había vuelto a mirar a Hanabi.

La muchacha permanecía encerrada en su habitación desde que Neji le había dicho que estaba muerta para él. Había llorado durante horas. Pero nadie entendía todavía por qué. Nadie excepto ellos dos. Neji atravesó el corredor principal de la residencia con una lentitud que inquietó incluso a los miembros más ancianos de la familia. No parecía furioso.

Eso habría sido más sencillo. Neji enfadado era peligroso, sí, pero reconocible. Aquel muchacho no.
Parecía una marioneta a la que le hubieran cortado todos los hilos y que, sin comprender por qué seguía en pie, hubiera decidido continuar caminando por pura costumbre. Tenía los hombros rectos. La espalda rígida. El rostro hermoso completamente inexpresivo.

Solo sus manos revelaban algo. La derecha permanecía cerrada alrededor de una pequeña caja negra. La sostenía desde hacía horas. Nadie sabía qué contenía.
Nadie se atrevía a preguntarlo.

Su padre estaba en el gran salón privado del clan cuando Neji entró.
Dos consejeros se encontraban con él revisando documentos relacionados con las propiedades de los Hyuuga. El hombre levantó la vista.

-Neji.

Su hijo se detuvo.

-Quiero hablar contigo.

Uno de los consejeros comprendió inmediatamente. Cerró su carpeta.

-Nos retiraremos.

El líder del clan levantó una mano.

-No es necesario.

Neji miró a los dos hombres. Después nuevamente a su padre.

-Sí lo es.

Había algo tan definitivo en aquellas tres palabras que ninguno discutió.
Los consejeros abandonaron la habitación. La puerta se cerró. Padre e hijo quedaron solos. Durante varios segundos nadie habló.
Finalmente su padre se recostó ligeramente en el asiento.

-Me han informado de que ocurrió un incidente con Hanabi.

Neji no reaccionó.

-No tengo hermana.

Su padre frunció el ceño.

-¿Qué acabas de decir?

-Soy hijo único.

-Neji.

-Eso es todo lo que tengo que decir sobre ella.

El hombre lo observó detenidamente. Algo había sucedido. Algo mucho más grave de lo que los sirvientes habían contado.

-Siéntate.

-No.

-No era una sugerencia.

-Entonces puedes repetir la orden cuantas veces quieras.

Su padre entrecerró los ojos. Neji nunca le hablaba de aquella manera.
Ni siquiera en sus peores enfrentamientos.

-¿Qué ocurre contigo?

Neji levantó ligeramente la mano. La caja negra apareció entre sus dedos. La miró. Y durante una fracción de segundo algo se quebró en su rostro. Dolor. Desapareció inmediatamente.

-Renuncio.

Su padre tardó unos segundos en comprender.

-¿A qué?

-A ser heredero del clan.

Silencio. La expresión del hombre cambió.

-No.

Neji ni siquiera parpadeó.

-No necesito tu autorización.

-Naturalmente que la necesitas.

-Entonces considera que no la estoy solicitando.

Su padre se levantó.

-Neji.

- Renuncio al título, a las responsabilidades, a la sucesión, a los privilegios y a cualquier posición que implique que algún día tendré que dirigir sobre este clan.

-Eso es absurdo.

-Probablemente.

-Eres mi primogénito.

Neji lo miró.

-Soy tu único hijo.

El hombre endureció la mandíbula.

-No vuelvas a hablar de Hanabi de ese modo.

-No tengo hermana.

-¡Neji!

La voz retumbó en el salón. En cualquier otra ocasión, el muchacho habría reaccionado. Aquella vez no.
Ni siquiera pestañeó. Su padre lo observó con creciente inquietud.

-¿Qué ha hecho Hanabi?

-Nada que me interese discutir.

-Entonces dime qué está ocurriendo.

Neji apretó la caja.

-Estoy dejando de ser algo que nunca debí valorar.

-¿De qué estás hablando?

-De ser Hyuuga - Su padre quedó inmóvil. Neji continuó -Me resulta repulsivo.

-Mide tus palabras.

-Pertenecer a esta familia me resulta repulsivo.

-Neji.

-Pertenecer al clan también.

El hombre golpeó la mesa con una mano.

-¡Basta!

Neji siguió mirándolo. Vacío. Sin miedo.

-Y pertenecer a la aristocracia de Konoha me produce vergüenza.

-¿Has perdido la razón?

- Quizá.

- Miles de personas matarían por ocupar tu posición.

- Que la ocupen.

- ¿Crees que un apellido puede abandonarse como si fuera una camisa vieja?

Neji bajó los ojos hacia la caja.

-No.

La abrió. Su padre vio entonces el anillo. Una delicada piedra celeste descansaba sobre terciopelo oscuro. Por primera vez, el líder de los Hyuuga comprendió que aquella conversación no trataba realmente del clan.

-¿Qué es eso?

Neji cerró la caja.

-Nada.

-Neji.

-Es mío.

-Parece un anillo para una mujer -
Silencio -¿Para quién?

Neji no respondió. Su padre lo estudió. Entonces recordó. La joven rubia. La gemela de Naruto. Mía. La muchacha con la que su hijo llevaba meses pasando cada vez más tiempo.

-¿Esto tiene que ver con Mía?

Algo atravesó la expresión de Neji.
Fue apenas visible. Pero bastó. Su padre dio la vuelta a la mesa.

-¿Qué ocurrió?

-Nada.

-Esa respuesta empieza a cansarme.

-Entonces deja de preguntar.

-Soy tu padre.

Neji levantó la mirada.

-Ese título no te da derecho a entrar en todo lo que destruyo.




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