Durante los días siguientes, Neji cumplió una sola promesa. Comió.
No demasiado. No con entusiasmo.
Pero comió. Naruto lo descubrió durante el almuerzo del lunes, cuando vio desde lejos que el Hyuuga terminaba casi la mitad de un plato que días antes habría dejado intacto. No dijo nada. Ni siquiera sonrió en su dirección.
Sabía que cualquier gesto podía hacer que Neji sintiera que todos estaban vigilándolo. Así que lo dejó en paz. En todo lo demás, nada cambió. Neji continuó llegando temprano a la academia. Continuó sentándose solo. Continuó hablando únicamente cuando era imprescindible.
Si alguno de sus compañeros intentaba iniciar una conversación, respondía con educación y encontraba la manera de terminarla rápidamente. No había vuelto a acercarse a Mía. Ni siquiera después de la conversación con Naruto.
Especialmente después de aquella conversación. Ahora sabía que ella todavía lo amaba.
Y, paradójicamente, aquella certeza lo había vuelto todavía más cuidadoso. Porque si Mía seguía enamorada de él, Neji temía aprovecharse de ese amor. Temía aparecer frente a ella roto, arrepentido, con los ojos hundidos y la voz quebrada, y convertir su propio dolor en una presión para que ella lo perdonara.
Así que permanecía lejos. La veía reír con Sakura. Discutir con Naruto.
Compartir apuntes con Ino. Molestar a Sasuke. Y se obligaba a recordar que el hecho de que ella pudiera ser feliz sin él era algo bueno. Aunque cada sonrisa de Mía pareciera recordarle que alguna vez aquella sonrisa había sido para él. El anillo tampoco lo acompañaba ya.
Durante días lo había llevado en el bolsillo. Lo había sostenido. Observado. A veces incluso había dormido con la pequeña caja apretada en la mano. Hasta que una noche despertó sobresaltado. La caja estaba sobre su pecho. Neji la miró durante varios segundos. Y sintió algo parecido a una quemadura. No física. Algo peor.
La piedra celeste ya no representaba un futuro posible. Representaba el instante exacto en que él había destruido ese futuro. Se levantó. Cruzó la habitación. Abrió el cajón inferior de su escritorio. Dejó la caja dentro. Y lo cerró. No volvió a sacarla. Aun así sabía exactamente dónde estaba. Como se sabe dónde está enterrado alguien. Una semana después, su padre lo esperó al regresar de la academia.
-El sábado habrá una recepción en la residencia Akimichi.
Neji dejó su mochila sobre un sillón.
-No voy.
Su padre estaba preparado para aquella respuesta.
-Sí vas.
-No.
-No estoy preguntando.
Neji se quitó la chaqueta.
-Entonces estás perdiendo el tiempo.
-La presencia del clan es obligatoria.
Neji lo miró.
-Ya renuncié a representar al clan.
-Y yo no acepté esa renuncia.
-Eso tampoco es problema mío.
Su padre respiró profundamente.
Últimamente discutir con Neji era como discutir con una pared. No había ira. No había desafío. Solo ausencia.
-Vendrán representantes de casi todas las familias importantes de Konoha.
-Qué emocionante.
-Neji.
El muchacho se volvió.
-¿Qué?
Su padre lo observó durante unos segundos.
-Necesito que estés allí.
Neji entendió lo que realmente quería decir.
Necesito que la gente vea que nuestra familia sigue funcionando.
Una sonrisa fría apareció apenas en su boca.
-¿Quieres exhibirme?
-No seas absurdo.
-Entonces no entiendo por qué mi presencia resulta imprescindible.
-Porque eres mi hijo.
Neji sostuvo su mirada.
-Tu único hijo.
Su padre cerró los ojos un instante.
Aquello otra vez.
-No voy a discutir sobre Hanabi.
-Perfecto - Neji tomó su mochila-Entonces hemos terminado.
-Neji.
El muchacho se detuvo.
-Si tengo que mandar a alguien a buscarte, lo haré.
Hubo silencio. Neji giró lentamente.
-¿Realmente quieres obligarme?
-Sí.
Por primera vez, algo parecido a irritación cruzó sus ojos.
-Bien.
Su padre se sorprendió.
-¿Irás?
-Iré.
Y subió las escaleras. No preguntó la hora. No preguntó qué debía vestir. No preguntó quién asistiría.
Nada. Aquello inquietó a su padre más que una negativa.
La recepción era exactamente el tipo de evento que Neji había comenzado a detestar. Un enorme salón iluminado por cientos de luces. Cristalería fina. Música en vivo. Mesas llenas de platos delicados que parecían diseñados más para ser admirados que comidos. Miembros de las familias más antiguas de Konoha. Empresarios. Nobles. Funcionarios.
Jóvenes educados desde pequeños para saber exactamente cuándo sonreír, cómo inclinar la cabeza y qué decir sin decir realmente nada.
Neji llegó vestido de negro. Sin símbolo Hyuuga. Aquello provocó las primeras miradas. Su padre lo notó. También varios tíos. Nadie dijo nada. No todavía. Neji saludó a quienes debía saludar. Respondió lo justo. Después desapareció. No literalmente.
Simplemente encontró una zona poco iluminada cerca de una de las terrazas laterales y permaneció allí.
Desde aquel lugar podía observar el salón sin formar parte de él. Era exactamente lo que quería. Nadie se acercó durante los primeros veinte minutos. Luego apareció Sasuke. Neji lo vio antes de que llegara. Traje oscuro. Camisa abierta en el cuello.
El mismo aspecto de alguien que tampoco deseaba estar allí pero que, a diferencia de Neji, no parecía querer desaparecer. Sasuke se detuvo a su lado.
-Buen escondite.
Neji no respondió. Sasuke miró hacia el salón.
-Podría mejorarse.
-Vete.
-No.
Neji suspiró.
-Últimamente todos disfrutan ignorando lo que digo.
-Quizá porque dices estupideces.
Neji lo miró. Sasuke levantó una ceja.
-Eso ha sido casi una reacción humana.
-No estoy de humor.
-Nunca estás de humor.
Silencio. Un camarero pasó. Sasuke tomó un vaso de agua. Neji no tomó nada. Durante unos segundos ambos observaron a la gente.