Mía había aprendido a sonreír exactamente al mismo tiempo que Neji había aprendido a fingir que estaba vivo. Nadie lo sabía. Nadie excepto Naruto. Para los demás, Mía parecía haberlo superado mejor de lo esperado. Entraba al aula hablando con Ino. Discutía con Sakura por cualquier tontería.
Se burlaba de Sasuke cuando este respondía con monosílabos. Le robaba comida a Naruto. Se reía.
Mucho. A veces demasiado. Y, precisamente por eso, Naruto sabía cuándo una de aquellas risas era verdadera y cuándo no. Había una diferencia pequeña. Imperceptible para cualquiera que no hubiera compartido con ella dieciséis años de vida.
Cuando Mía reía de verdad, cerraba ligeramente los ojos. Cuando fingía, no. Naruto comenzó a notarlo cada vez más. Aquella mañana, por ejemplo. Ino acababa de contar una historia ridícula sobre un alumno de último año que había intentado declararse a una chica y, nervioso, había terminado diciendo el nombre de otra. Mía rio con todos.
-No puede ser tan idiota.
-Lo fue -aseguró Ino- Y después quiso arreglarlo diciendo que confundía nombres cuando estaba enamorado.
Sakura se llevó una mano al rostro.
- Peor.
- Mucho peor -añadió Sasuke.
Naruto miró a Mía. Ella seguía sonriendo. Pero sus ojos permanecían abiertos. Entonces supo que algo había ocurrido.
Siguió la dirección de su mirada.
Neji. Estaba sentado junto a la ventana. Solo. Como siempre. La luz de la mañana atravesaba el cristal y caía sobre su cabello oscuro, pero ni siquiera aquello conseguía darle vida.
Tenía un cuaderno abierto. Un lápiz entre los dedos. No escribía.
Simplemente miraba la hoja. Mía lo observó apenas dos segundos.
Después desvió la mirada.
-¿Qué decías? -preguntó a Ino.
-Que después ella le tiró el jugo encima.
-Bien hecho.
Volvió a reír. Naruto no. Porque esta vez vio cómo los dedos de su hermana se cerraban alrededor del borde del pupitre. Mía no entendía a Neji. Eso era lo que más la destruía.
No comprendía qué derecho tenía él a estar así. Aquella idea sonaba cruel incluso dentro de su propia cabeza y, sin embargo, aparecía una y otra vez.
¿Por qué estás tú roto?
Era la pregunta que nunca hacía. La pregunta que jamás pronunciaría.
Porque había sido él quien había escogido aquel lugar. Él quien había dicho aquellas palabras. Él quien había usado contra ella todo lo que sabía que podía herirla. Entonces ¿por qué ahora parecía que era Neji quien había sido abandonado sobre aquella montaña?
¿Por qué parecía estar muriéndose?
¿Por qué había desaparecido aquella arrogancia? ¿Por qué ya no caminaba como antes? ¿Por qué no hablaba? ¿Por qué había dejado de mirar a los demás como si supiera exactamente quién era?
Mía no encontraba respuesta. Y cada día aquello dolía más. Porque habría resultado mucho más sencillo odiarlo si Neji hubiera continuado siendo cruel. Si después de aquel día hubiera seguido comportándose con indiferencia. Si hubiera presumido frente a sus compañeros. Si hubiese aparecido con otra muchacha. Si se hubiera reído de ella. Cualquier cosa. Mía habría podido convertir el dolor en rabia. Pero Neji no hacía nada. Simplemente se apagaba. Y ella lo veía. Todos los días.
En clase de historia, el profesor comenzó una explicación sobre la fundación política de Konoha. Mía tomaba apuntes. O fingía hacerlo.
Tres filas más atrás, Neji tenía la cabeza ligeramente inclinada. El profesor hizo una pregunta.
- Hyuuga.
Neji levantó los ojos.
-¿Sí?
-¿Cuál fue una de las principales consecuencias de la reorganización de los clanes nobles tras la Segunda Reforma?
Silencio. Neji conocía la respuesta.
Mía lo sabía. Era una de esas preguntas que él habría respondido casi antes de que el profesor terminara de formularla. Pero tardó.
-La pérdida parcial de autonomía económica -respondió finalmente- y la obligación de someter ciertas decisiones territoriales a la autoridad central.
- Correcto.
El profesor continuó. Mía dejó de escribir. Algo no estaba bien. No era la respuesta. Era el tiempo que había tardado. Neji jamás dudaba en historia. Miró discretamente hacia atrás. Él ya había bajado la vista. Tenía sombras bajo los ojos. Más marcadas que la semana anterior.
Mía sintió una presión desagradable en el pecho.
¿Estás durmiendo?
Quiso preguntarle. No lo hizo.
¿Estás comiendo?
Tampoco. Naruto le había dicho que sí. Un poco más. No era suficiente.
Pero algo era algo. Mía volvió hacia su cuaderno. La punta del lápiz permaneció suspendida. No podía escribir. Solo pensaba:
No deberías importarme.
Y la respuesta llegaba inmediatamente:
Pero me importas. Demasiado.
En el recreo, Neji se quedó en el aula. Otra vez. Mía salió con sus amigos. Otra vez. Era una rutina.
Una coreografía absurda que ambos parecían conocer perfectamente. Ella se marchaba. Él permanecía. Nadie cruzaba el territorio del otro. Ese día, antes de salir, Mía olvidó su teléfono sobre el pupitre. Se dio cuenta cuando ya estaba en el corredor.
-Ahora vuelvo.
Naruto la miró.
-¿Qué olvidaste?
-El teléfono.
-Voy yo.
-Naruto - Él se detuvo. Mía sostuvo su mirada -Puedo entrar a un aula.
Naruto no respondió. Ella regresó.
Abrió la puerta. Neji estaba solo. No levantó inmediatamente la cabeza.
Mía caminó hacia su asiento. Entonces él la vio. Sus ojos se encontraron. Fue apenas un instante. Pero Mía sintió exactamente lo mismo que siempre. Dolor. Un golpe seco. Neji fue quien desvió la mirada primero.
Mía tomó el teléfono. Podía marcharse. Debía marcharse. No lo hizo inmediatamente. Lo observó.
Neji tenía una mano sobre el escritorio. Los dedos se movían ligeramente. Como si buscara algo.
Mía sabía qué. El anillo. Durante días lo había visto. Nunca de cerca.
Nunca completamente. Pero suficiente. Una pequeña caja. A veces entre sus manos. Otras veces un destello celeste entre sus dedos.