El Legado De Las Almas

La mañana que debía ser perfecta

La habitación estaba completamente a oscuras, salvo por la pequeña lámpara encendida sobre el escritorio. Neji estaba sentado frente a ella. Inmóvil. El cajón permanecía abierto.

Y dentro, exactamente donde la había dejado días atrás, estaba la caja negra. Durante varios minutos simplemente la observó. Finalmente la sacó. No tocó el anillo.
Ya no podía. Abrió la caja y dejó que la luz alcanzara la pequeña piedra celeste. Era hermosa. Seguía siendo hermosa.

Y eso casi parecía una crueldad. Neji contempló el reflejo de la piedra y, sin poder evitarlo, regresó a aquella mañana. A unas pocas horas antes de destruirlo todo.

-Buenos días. Llamaba para confirmar una reserva.

Neji caminaba de un extremo al otro de su habitación con el teléfono junto al oído.

- A nombre de Neji Hyuuga. Para dos personas - Esperó - Sí. Doce y media - Otra pausa - La mesa junto al ventanal.

Escuchó la confirmación y respiró aliviado.

- Perfecto - Pero inmediatamente recordó algo - ¿Y el postre?

La mujer al otro lado respondió.

- Sí, ese postre también está preparado.

Neji sonrió. Había pedido que prepararan un pequeño postre especial para compartir. Nada exagerado. Mía detestaba sentirse observada cuando algo la emocionaba demasiado y él no quería convertir la cita en un espectáculo. Solo quería hacerla feliz.

- Muchas gracias.

Colgó. Miró la hora. Todavía faltaba bastante. Demasiado. Los nervios iban a matarlo antes del mediodía. Neji se volvió hacia el espejo de cuerpo entero. Camisa blanca.
Pantalones negros. Chaqueta oscura. Cabello perfectamente acomodado. Se observó de frente.
Después de perfil. Frunció el ceño.

- Ridículo.

Se quitó la chaqueta. Se la volvió a colocar. Peor. Volvió a quitársela.
Cinco minutos después estaba exactamente igual que al principio.

- Esto es absurdo.

Había enfrentado exámenes, competencias, entrenamientos y reuniones familiares sin que le temblara una sola mano. Pero pedirle a Mía que fuera su novia parecía una misión diseñada específicamente para destruir sus nervios. Miró la pequeña caja sobre la cama. Sonrió. Se acercó. La abrió.

La piedra celeste brilló. La había visto tres días antes en una joyería y había sabido inmediatamente que tenía que ser esa. Los ojos de Mía.
Eso había pensado. Nada más verla.
Tomó el anillo con cuidado.

- Mía...

Se quedó callado. Negó con la cabeza.

-No.

Llevaba tres días practicando. Tres días. Y todavía ninguna versión le parecía suficientemente buena.
Volvió frente al espejo.

- Mía, hace tiempo que... - Se detuvo - Horrible. Otra vez. No soy especialmente bueno diciendo estas cosas...- Frunció el ceño -Eso suena patético.

Dejó escapar el aire. Cerró los ojos.
Esta vez dejó de ensayar. Pensó en ella. En su risa. En aquella forma insoportable que tenía de robarle comida después de jurar que no tenía hambre. En cómo discutía con él. En cómo conseguía sacarlo de quicio y, cinco minutos después, hacer que quisiera quedarse junto a ella durante horas. Abrió los ojos.

- Mía, no sé exactamente cuándo ocurrió - La voz salió diferente. Más sincera - Pero llegaste a mi vida y empezaste a ocupar lugares que yo ni siquiera sabía que estaban vacíos - Se quedó mirando su reflejo -Quiero estar contigo. Quiero que seas parte de mi vida de verdad - Miró el anillo -¿Quieres ser mi novia?

Silencio. Neji sonrió.

-Eso.

Aquello serviría. Quizá. Probablemente llegado el momento olvidaría la mitad. No importaba. Lo importante sería ella. Quería que aquel día fuera perfecto. Quería llevarla al restaurante nuevo del que todo Konoha hablaba y dejar que pidiera cuanto quisiera.

Incluso había comprobado que preparaban distintas variedades de ramen porque sabía que Mía probablemente tardaría quince minutos en decidir cuál probar. Quería escucharla hablar. Quería verla sonreír. Quería entregarle el anillo. Quería hacerla sentir como una reina. Su reina. Y después vendría otra cosa. La familia.

Neji había pensado mucho en ello.
Presentaría formalmente a Mía. No como una compañera. No como una amiga. Como su novia. La mujer que había elegido. Y Naruto estaría incluido inevitablemente en aquello. La idea lo hizo sonreír. Naruto ya era prácticamente su hermano. El hermano que nunca había tenido. Ruidoso. Impulsivo.
Desesperante. Pero un querido hermano.

Mía y Naruto habían entrado en su vida casi sin pedir permiso y, cuando Neji quiso darse cuenta, ya los consideraba familia. Solo faltaba hacerlo oficial. Algún día Mía llevaría su apellido. Aquella idea no le producía orgullo por convertirla en una Hyuuga. Todo lo contrario. Era él quien se sentía afortunado. Neji miró nuevamente el reloj. Ya podía escribirle. Tomó el celular. Abrió la conversación con Mía. Comenzó:

Te espero en media hora frente al restaurante nuevo. Y no llegues tarde.

Lo leyó. Negó con la cabeza. Demasiado frío. Borró. Escribió otra vez:

Mía, te espero en media hora frente al nuevo restaurante. Tengo algo especial preparado para nosotros.

Se quedó mirando el mensaje. Sonrió. Mucho mejor. El pulgar estaba a punto de presionar Enviar cuando escuchó algo en el corredor.
Un sollozo. Neji levantó la cabeza.
Otro. Dejó el teléfono sobre la cama. Abrió la puerta.

-¿Hanabi?

La encontró unos metros más allá.
Llorando. Su pequeña hermana. La niña a la que había protegido durante años.

-Hanabi.

Se acercó inmediatamente.

-¿Qué pasó?

Ella levantó el rostro cubierto de lágrimas.

-Neji...

Él olvidó el teléfono. Olvidó el mensaje. Olvidó durante unos minutos el restaurante, la reserva, el discurso y el anillo. Solo vio sufrir a su hermanita. Y cuando Hanabi comenzó a hablar de Mía, Neji no pensó. No analizó. No buscó contradicciones. No se preguntó por qué Mía diría semejantes cosas.
Vio las lágrimas de Hanabi. Y le dolió el alma. Después llegó la rabia. Luego la decepción.




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