El Legado De Las Almas

El día que no terminaba

Neji estaba intentando volver a la vida. Lo hacía de maneras pequeñas, casi ridículas. Había cenado. No mucho, pero había terminado más de la mitad del plato. Después había respondido dos mensajes de Naruto, había abierto la ventana de su habitación para dejar entrar el aire fresco de la noche e incluso había intentado estudiar.

Intentado. El libro llevaba veinte minutos abierto en la misma página. Neji permanecía sentado frente al escritorio, con el lápiz entre los dedos y la mirada perdida sobre unas palabras que ya había leído seis veces sin comprender ninguna. Suspiró.

-Vamos.

Se obligó a escribir. Una línea. Dos.
Tres. Entonces su mirada descendió involuntariamente hacia el último cajón. Allí estaba el anillo. No necesitaba abrirlo para verlo. Podía imaginar perfectamente la caja negra. La piedra celeste. El oro. Mía.
Cerró los ojos. No. Aquella noche no. Había prometido intentarlo. Había comenzado a comer otra vez.

A dormir algunas horas. A responder cuando le hablaban. Incluso había vuelto a discutir con Mía. Y ella había tomado su mano. Su mano. Después de todo. Neji abrió los ojos. Recordarlo debería haber sido suficiente. No lo era.
Porque inmediatamente apareció el otro recuerdo. La montaña. Siempre la montaña.

-Pensé que iríamos a comer juntos.

La voz de Mía. Neji apretó el lápiz.

-Ya comí.

Su propia voz. Fría. Cruel. Falsa.

Detente.

Recordaba haberlo pensado.
Perfectamente.

Detente ahora.

Pero no lo había hecho.

-Podríamos ir al restaurante nuevo.

-Es demasiado caro.

Neji dejó caer el lápiz. Se levantó bruscamente. Caminó hacia la ventana.

Respira.

Eso le había dicho Naruto.

Come. Duerme. Vuelve. Vive.

Parecía sencillo cuando otro lo decía. Pero después llegaba la noche. Y con ella, la montaña.

-Además, el ramen es un asco.

Neji cerró los ojos.

-Cállate -murmuró.

Pero el recuerdo no obedecía. Nunca obedecía. Mía estaba nuevamente frente a él. Hermosa.
Con aquella ropa que había elegido pensando que iban a tener una cita.
Sin haber almorzado porque esperaba comer con él. Con un regalo escondido para él. Esperando un restaurante. Una mesa junto a la ventana. Tal vez un anillo. Y Neji recordaba lo que había en su propia habitación aquella mañana.

El espejo. La chaqueta. El teléfono. La reserva confirmada. El postre especial. Tres versiones diferentes de un mensaje porque ninguna le parecía suficientemente cálida. Tres días ensayando una pregunta.

¿Quieres ser mi novia?

Y unas horas después...

-Nunca serás mi novia.

Neji abrió los ojos. Su respiración se quebró. Se apoyó contra el marco de la ventana.

-Basta.

Pero faltaba lo peor. Siempre faltaba lo peor.

Jamás me rebajaría a entregarle mi apellido a una huérfana.

Neji sintió náuseas. Se apartó de la ventana. Caminó hasta la cama y se sentó. Se inclinó hacia delante, apoyando los codos sobre las rodillas.

¿Cómo podía haber dicho eso?
¿Cómo? Precisamente él. El muchacho que aquella misma mañana había imaginado presentándola orgullosamente a su padre.

Mía es mi novia.

Después al clan. Después, algún día, mucho más adelante...

Mía Hyuuga.

No porque su apellido pudiera elevarla. Mía no necesitaba que nadie la elevara. Sino porque él había imaginado un hogar. Ella. Él.
Naruto entrando sin permiso y vaciándoles la despensa. Había sonreído imaginándolo. Había pensado que Naruto era el hermano que nunca tuvo. Que Mía era la mujer que había elegido. Su familia.

Y después había utilizado precisamente la ausencia de sus padres para destrozarla. Neji se cubrió el rostro. No lloraba. Eso era casi peor.

-¿Cómo pudiste hacerlo?

La pregunta iba dirigida a sí mismo.
No obtuvo respuesta. Hanabi había mentido. Sí. Había sido traicionado por una de las personas en quienes más confiaba. Sí. Había visto llorar a su hermana pequeña y había reaccionado desde el amor, el miedo y la rabia. Sí. Todo aquello era verdad. Y nada cambiaba la montaña.

Hanabi había inventado la herida.
Pero Neji había elegido el arma. Esa era la parte que lo mantenía atrapado. La parte que no podía depositar sobre nadie más..Había podido preguntarle a Mía. No lo hizo. Había podido esperar. No lo hizo. Había podido enfadarse con ella y exigir una explicación. No lo hizo. Quería castigarla. Y durante aquella tarde había descubierto exactamente dónde golpear.

Porque conocía sus heridas.
Porque Mía había confiado en él lo suficiente para mostrárselas. Neji se levantó. Caminó hasta el espejo. El mismo espejo. Se quedó frente a él.
Durante un instante vio al muchacho de aquella mañana.
Cabello cuidadosamente acomodado. Chaqueta cambiada tres veces. Una pequeña caja en la mano.

-Mía, no sé exactamente cuándo ocurrió...

Neji cerró los ojos. Recordaba el ensayo.

-Pero llegaste a mi vida y empezaste a ocupar lugares que yo ni siquiera sabía que estaban vacíos.

Había sonreído frente al espejo. Nervioso como un niño.

¿Quieres ser mi novia?

Neji abrió los ojos. El reflejo actual era diferente. Más delgado. Ojeras.
Mirada cansada.

-Mírate.

Ya no sabía si estaba hablándole al Neji presente o al de aquella mañana.

-Tres días - Una sonrisa amarga- Estuviste tres días intentando hacerla feliz. Y necesitaste menos de una hora para destruirla.

Apartó la mirada. Aquello era lo que todavía lo mantenía semimuerto.
No la ausencia de Mía. Ella estaba regresando. Lentamente. Había vuelto a sentarse frente a él. Lo había obligado a comer. Había escuchado la verdad. Había reído con él. Había tomado su mano.
Incluso le había dicho que quería volver a ver al Neji que había detrás de toda aquella culpa.

Era él quien todavía permanecía en la montaña. Mía había comenzado a bajar. Neji seguía allí arriba. Castigándose. Regresó al escritorio.
Abrió el cajón. La caja negra apareció. No la tocó.




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