El Legado De Las Almas

El heredero que ya no respondía

La residencia Hyuuga estaba especialmente silenciosa aquella tarde. Neji acababa de regresar de la academia. Había dejado la mochila junto a una de las columnas del salón principal y estaba a punto de dirigirse a las escaleras cuando escuchó la voz de su padre.

-Neji.

Se detuvo.

- Esta noche habrá una reunión del consejo del clan. Comenzará a las ocho.

Neji lo miró.

-No.

Su padre permaneció inmóvil unos segundos. Aquello se había convertido en una costumbre. Y, de alguna manera, resultaba mucho más difícil de combatir que las antiguas discusiones.

-No era una invitación.

-Lo sé.

-Entonces estarás allí.

-No.

La palabra salió tranquila. Sin desafío. Sin arrogancia. Sin siquiera enojo. Su padre frunció el ceño.

-Neji, eres el heredero de este clan.

-No.

-Puedes continuar negándolo cuanto quieras. Eso no modifica tu nacimiento.

Neji sostuvo su mirada.

-No iré.

-Hay representantes de varias ramas familiares que esperan verte.

-No iré.

-Tu ausencia provocará preguntas.

-Que pregunten.

Su padre respiró profundamente.

-¿Quieres que anuncie públicamente que has renunciado?

-Sí.

Aquella respuesta inmediata volvió a desconcertarlo. Antes habría esperado una reacción. Una negociación. Algo. Pero Neji ya no negociaba. Porque para negociar hacía falta desear algo.

-Perderás tu posición.

-Bien.

-Tus privilegios.

-Bien.

-Tu lugar dentro del consejo cuando seas mayor.

-Bien.

El padre de Neji apretó la mandíbula.

-¿Hay algo que pueda decirte para hacerte cambiar de opinión?

Neji pensó unos segundos.

-No.

Y eso era todo. No había rabia en él.
Ese era precisamente el problema.
Su padre habría preferido que gritara. Que golpeara una puerta. Que defendiera alguna postura absurda con aquella obstinación insoportable que siempre había caracterizado a su hijo.

Cualquier cosa habría sido mejor que aquel muchacho tranquilo que respondía no como si ya no existiera ninguna amenaza capaz de alcanzarlo.

-No puedes pasar el resto de tu vida huyendo de lo que eres.

Por primera vez algo cambió ligeramente en la expresión de Neji.

-No estoy huyendo de lo que soy.

-Entonces ¿qué haces?

Neji guardó silencio. La respuesta estaba demasiado cerca de Mía.
Siempre terminaba allí.

-Intento descubrir qué quiero seguir siendo.

Su padre lo observó largamente.

-Y mientras lo descubres, ¿qué hago yo con el heredero del clan?

-Busca otro.

-Neji.

-Hanabi puede...

Se detuvo. Su rostro se cerró inmediatamente. Había pronunciado el nombre por accidente. Era la primera vez en días. Y entonces una presencia apareció al final del corredor. Hanabi

La muchacha se había detenido al escuchar su nombre. Sus ojos fueron directamente hacia Neji. Él también la vio. Durante un segundo.
Nada más. Hanabi esperó. Quizá un gesto. Una palabra. Una mirada de reproche. Incluso odio. Cualquier cosa. No recibió nada. Los ojos violetas de Neji pasaron sobre ella como si hubieran encontrado una pared, una columna, un mueble.
Después regresaron hacia su padre.
Hanabi palideció.

-Neji...

Él no reaccionó. Ni siquiera giró. Su padre cerró los ojos brevemente.

-Hanabi, ahora no.

La muchacha permaneció donde estaba. Neji continuó hablando como si solo hubieran dos personas en aquella habitación.

-No asistiré a la reunión.

-Ya lo entendí.

-Bien.

-Pero esta conversación no ha terminado.

-Para mí sí.

Neji recogió su mochila. Hanabi estaba a pocos metros. Para llegar a las escaleras tenía que pasar junto a ella. Lo hizo. Hanabi contuvo la respiración. Durante toda su vida, cuando Neji pasaba cerca de ella, ocurría algo. Una mano sobre su cabeza. Una corrección. Una mirada.
Un comentario. Un ¿terminaste tus tareas? Un abrígate. Un no corras.

Incluso un simple gesto de reconocimiento. Aquella tarde no hubo nada. Neji pasó a su lado.
Hanabi volvió ligeramente el rostro.

-Hermano...

Él siguió caminando. Ni más rápido.
Ni más lento. Simplemente continuó. Como si nadie hubiera hablado. Eso fue mucho peor que un grito. Hanabi bajó la mirada. Su padre observó a ambos y comprendió nuevamente la profundidad de aquello que se había roto.

-Papá...

-Déjalo.

-Pero...

-Déjalo, Hanabi.

Ella miró hacia las escaleras.

-Ni siquiera me odia.

Su padre tardó en responder.

-No sé qué siente.

Hanabi tragó saliva.

-Antes habría gritado.

-Sí.

-Me habría dicho algo horrible.

-Probablemente.

Los ojos de Hanabi se humedecieron.

-Eso sería mejor.

Su padre no pudo contradecirla. Neji cerró la puerta de su habitación. No con violencia. Nunca con violencia últimamente. Simplemente la cerró.
Dejó la mochila en el suelo. Se quitó la chaqueta. No encendió la luz. La tarde todavía entraba por las ventanas, pintando la habitación con tonos dorados. Caminó hasta la cama. Se dejó caer sobre ella. Boca abajo.

Durante unos segundos permaneció completamente quieto.
Después buscó una almohada. La abrazó. Con fuerza. Hundió el rostro contra ella. Estaba cansado. No físicamente. O quizá también.
Cansado de recordar. Cansado de sentirse culpable. Cansado de ser llamado heredero. Cansado de escuchar la palabra Hyuuga y recordar inmediatamente:

Jamás me rebajaría a entregarle mi apellido a una huérfana.

Cerró los ojos. Mía apareció detrás de sus párpados. Pero esta vez no fue la Mía de la montaña. Fue la del comedor. Sentándose frente a él sin permiso.

Come.

Después la del jardín. Tomando su mano.

Ese Neji es el que quiero volver a ver.

Después la del aula. Riéndose con él.
Neji apretó la almohada.

-Estoy intentando volver...




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