El Legado De Las Almas

Los dos Neji

Aquella noche Neji no abrió el cajón donde guardaba el anillo. Por primera vez, no lo necesitó. Cenó con su padre. No habló demasiado, pero terminó el plato. Incluso aceptó una segunda porción cuando uno de los empleados de la casa se la ofreció. Su padre casi dejó caer los palillos. Neji lo vio.

-No me mires así.

-No te estoy mirando de ninguna manera.

-Llevas treinta segundos observándome comer.

-Es mi mesa. Puedo mirar donde quiera.

-Disimula mejor.

Su padre bajó los ojos inmediatamente. Neji estuvo a punto de sonreír. Aquello también era nuevo. Después subió a su habitación, se duchó, se puso el pijama blanco y se sentó sobre la cama. El recuerdo de aquella tarde con Naruto seguía dentro de él.
Sobre todo una frase.

No tienes que destruir al Neji que sabía amar para castigar al Neji que supo ser cruel.

Neji cerró los ojos.

-Los dos soy yo -murmuró.

Y aquella noche, en lugar de huir de la montaña., decidió regresar. No supo cuándo dejó de estar realmente despierto. Tal vez se quedó dormido. Tal vez simplemente descendió demasiado profundamente dentro de sí mismo. Cuando abrió los ojos estaba de pie sobre la montaña. El cielo era extraño. Mitad amanecer.
Mitad noche.

Konoha se extendía abajo, pero parecía construida con recuerdos: luces difusas, edificios incompletos, calles que comenzaban y terminaban en ninguna parte. Neji miró sus manos. Vestía de blanco.
Entonces escuchó pasos. Se volvió. Y lo vio. A él mismo. El otro Neji vestía de negro. Tenía su rostro. Sus ojos violetas. Su cabello. Pero su expresión era la de aquel mediodía. Fría. Implacable. El Neji de la montaña. Ambos se contemplaron.

-Así que eres tú -dijo el Neji vestido de blanco.

El otro levantó una ceja.

-Somos iguales.

-No.

-Sí.

-Tú la lastimaste.

El Neji de negro sonrió sin alegría.

-Tú también.

Silencio. Neji sintió el golpe.

-Te odio.

-Lo sé.

-Quiero que desaparezcas.

-Por eso llevas semanas intentando desaparecer tú también.

Neji quedó inmóvil. El otro se acercó.

-¿Todavía no lo entiendes?

-¿Qué cosa?

-No puedes matarme sin destruirte.

El viento sopló entre ambos. Neji recordó a Naruto.

Los dos existen.

-¿Por qué lo hiciste? -preguntó finalmente.

El otro Neji lo miró.

-Porque Hanabi estaba llorando.

-Mía era inocente.

-Ahora lo sabemos.

-¡Debiste preguntar!

-Sí.

-¡Debiste escucharla!

-Sí.

-¡Debiste pensar!

-Sí.

Cada respuesta tranquila lo enfurecía más.

-¡Entonces dime por qué!

El otro Neji finalmente gritó:

-¡PORQUE CREÍ QUE HABÍAN LASTIMADO A MI HERMANA!

El mundo pareció estremecerse. Neji guardó silencio. El otro respiraba agitadamente. Y entonces ocurrió algo extraño. Su expresión cambió. La crueldad desapareció.
Debajo apareció miedo. Dolor.
Protección.

-La vi llorando - murmuró - Nuestra hermanita estaba destrozada.

Neji sintió un nudo en la garganta.

-Creí cada palabra.

- Porque confiábamos en ella.

- Más que en casi nadie.

Neji cerró los ojos.

Sí.

Ahí estaba la verdad que había convertido en algo demasiado sencillo durante semanas. El Neji de la montaña había cometido algo terrible. Pero no había aparecido porque disfrutara destruyendo a las personas. No era un monstruo oculto esperando una oportunidad.
Era otra parte de él. La parte feroz.
La que protegía. La que, cuando alguien amenazaba a una persona amada, atacaba.

El problema no había sido amar demasiado a Hanabi. El problema había sido atacar antes de comprobar quién era realmente el enemigo. Neji abrió los ojos.

-Tú creías que Mía era culpable.

-Sí.

-Creías que quería separarnos de Hanabi.

-Sí.

-Creías que había humillado a nuestra hermana.

-Sí.

-Y quisiste castigarla.

El otro bajó la mirada.

-Como hacemos con cualquiera que lastima a los nuestros.

Neji comprendió. Aquella parte había existido siempre. Era la misma que habría defendido a Naruto. La misma que habría destrozado a cualquiera que realmente hubiera tratado a Mía como él creyó que ella había tratado a Hanabi. La misma que protegería a su padre. A su familia.
A sus amigos. No era maldad. Era una virtud convertida en desastre por una mentira y por su propia impulsividad.

-Pero fuiste demasiado lejos -dijo Neji.

El otro levantó los ojos.

-Sí.

-Elegiste sus heridas.

-Sí.

-Utilizaste cosas que nos había confiado.

-Sí.

-No voy a justificarte.

-No quiero que lo hagas.

Neji lo miró sorprendido. El otro Neji tenía lágrimas en los ojos.

-Solo quiero que dejes de intentar matarme - El corazón de Neji se contrajo -Porque estoy cansado.

La voz del Neji oscuro se quebró.

-Estoy tan cansado como tú.

Y entonces Neji comprendió algo todavía más doloroso. Aquel Neji también amaba a Mía. Durante toda la montaña había estado castigando a una muchacha que creía culpable mientras otra parte de sí mismo reconocía a la mujer que adoraba.

-Tú también escuchabas esa voz -susurró Neji.

El otro asintió.

-Todo el tiempo.

-¿Qué decía?

Una lágrima cayó por el rostro idéntico al suyo.

-Detente.

Neji cerró los ojos.

-¿Qué más?

-Es Mía.

Otra lágrima.

-¿Qué más?

El otro apenas pudo pronunciarlo.

-La amas.

Neji sintió quebrarse algo. Pero esta vez no fue una ruptura. Fue una pared.

-Cuando dijo que tenía hambre -continuó el otro- quise llevarla al restaurante.

Neji lloraba.

-Cuando pidió ir allí...

-Recordaste la reserva.

-Sí.

-Cuando dijiste lo del apellido...

El otro Neji cerró los ojos.

-Vi el anillo.

Silencio.

-Y cuando se marchó...

La voz murió. Neji terminó por él.




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