El Legado De Las Almas

La pesadilla que ya no era una tumba

Neji soñó otra vez con la montaña.
No sucedía con frecuencia. Ya no.
Durante semanas aquel lugar había sido una herida abierta que regresaba cada noche con una precisión despiadada: el rostro de Mía, su decepción, su hambre, el silencio después de cada frase cruel.

Ahora era distinto. Seguía doliendo.
Pero el dolor ya no tenía poder para arrancarle el presente. Aun así, aquella noche la pesadilla encontró una grieta. Y entró.

Estaba nuevamente sobre del rostro de piedra del Cuarto Hokage. El viento era frío. Demasiado. Mía estaba allí. Pantalón negro.
Campera naranja. Cabello rubio cayéndole sobre los hombros. Hermosa. Ilusionada. Y Neji sabía lo que venía.

-No -murmuró dentro del sueño.

Pero el otro Neji habló.

- Llegas tarde.

Mía miró la hora.

- Son las doce.

- Lo sé.

Neji quiso cerrar los ojos. No pudo. La escena continuó exactamente como la recordaba. El estómago de Mía gruñó. Ella se llevó una mano al abdomen, avergonzada.

-No comí porque pensé que íbamos a almorzar.

Neji sintió que algo dentro de él se retorcía.

-Detente -susurró.

Su versión del pasado no lo oyó.

-Ese no es mi problema.

-No.

Mía bajó la mirada.

-¿Y el restaurante nuevo?

Neji sabía qué iba a decir. Intentó gritar.

-¡NO!

-Es demasiado caro.

El sueño se deformó. Por un instante apareció la mesa que él había reservado. Ventana. Dos lugares. Postre especial. La confirmación de las doce y media.
La cajita con el anillo. Después todo desapareció. Regresó la montaña.
Mía lo miraba.

-¿Entonces para qué me citaste?

Neji sintió que el pecho le dolía.

-No lo digas.

Su propia voz respondió:

-No habrá ninguna relación.

Mía dejó de respirar.

- Neji...

- Nunca serás mi novia.

- No.

La pesadilla era cruel porque Neji ya no huía de lo que había hecho. Lo miraba. Lo reconocía. No necesitaba inventar otro monstruo. Era él. Una parte de él. Herida. Engañada. Furiosa. Impulsiva. Y equivocada.
Pero seguía siendo él. Mía preguntó aquello que todavía conseguía romperle algo dentro:

-¿Me odias?

El Neji del sueño guardó silencio. El Neji que observaba quiso correr hacia ella. Quiso decirle que no. Que jamás. Que aquella mañana había cambiado tres veces de chaqueta porque quería verse perfecto para ella. Que llevaba días ensayando una pregunta. Que había comprado un anillo. Que quería verla sonreír junto a una ventana mientras comían ramen. Que había imaginado presentarla a su padre como su novia. Que alguna vez había imaginado mucho más.

Años. Décadas. Una vida. Pero la escena no cedió. Llegó la frase. La peor.

- Jamás me rebajaría a entregarle mi apellido a una huérfana.

El mundo se quedó inmóvil. Neji sintió que el aire desaparecía. Mía no lloró inmediatamente. Eso siempre era peor. Solo lo miró. Como si hubiera recibido un golpe que no comprendía. Neji dio un paso hacia ella.

-Mía.

Ella retrocedió.

-No.

- Mía, yo...

- Tú estás vivo.

Él quedó paralizado. La voz de ella volvió a atravesarlo.

-Mi padre murió. No puede volver para explicarme por qué eligió a la aldea antes que a nosotros.

Sus ojos celestes se llenaron de lágrimas.

- Pero tú estás vivo.

Neji comenzó a negar con la cabeza.

- No...

- Y acabas de elegir lastimarme.

-¡MÍA!

Ella se dio vuelta. Se alejó.

-¡MÍA!

Neji intentó correr detrás. La montaña comenzó a romperse. La piedra bajo sus pies se abrió. El rostro del Cuarto Hokage desapareció entre sombras. Mía se alejaba cada vez más.

-¡PERDÓNAME!

Ella no se volvía.

-¡MÍA!

Neji despertó bruscamente. Se incorporó en la cama con una respiración violenta. Tardó unos segundos en reconocer su habitación. Las cortinas. El escritorio. La luz tenue entrando desde el exterior. La cama. Su casa.
El presente. Se llevó una mano al pecho. Su corazón latía demasiado rápido.

-Mía...

La palabra salió apenas como un susurro. Cerró los ojos. Respiró. Una vez. Dos. Tres. No era como antes.
Eso lo comprendió enseguida. No apareció aquella necesidad de castigarse. No apareció el deseo de dejar de comer. Ni de encerrarse. Ni aquella idea absurda de que desaparecer de la vida de todos podía compensar algo. Nada de eso.
Solo dolor. Arrepentimiento. Y un deseo tan fuerte que casi lo hizo levantarse de la cama, quería abrazarla. Ahora. Sin discursos. Sin explicaciones. Sin intentar convertir el abrazo en una promesa.

Solo quería sentir que Mía estaba allí. Que no se había perdido en aquella montaña para siempre. Neji miró el teléfono.

03:17.

-Genial.

Se dejó caer contra la almohada.

-¿Qué hago? ¿Voy a su casa a las tres de la mañana?

Imaginó a Naruto abriendo la puerta.

Neji, ¿qué haces aquí?

Tuve una pesadilla y necesito abrazar a tu hermana.

Naruto probablemente lo dejaría pasar. Después lo molestaría durante veinte años. Neji se cubrió los ojos con un brazo.

-No.

Cinco segundos.

- Definitivamente no.

Otros cinco.

- Aunque...

Se sentó nuevamente.

- No.

Volvió a acostarse. La escena regresó. Mía alejándose. Neji abrió los ojos.

- Maldición.

Tomó el teléfono. Abrió el chat de Mía. Escribió:

¿Estás despierta?

Lo miró. Borró. Escribió:

Solo quería saber si estás bien.

Borró.

Tuve una pesadilla.

También lo borró. Neji dejó el teléfono boca abajo.

-Mañana.

No necesitaba asustarla en mitad de la noche. No necesitaba obligarla a contener un dolor que pertenecía a él. Pero mañana...

Mañana la abrazaría. Si ella se lo permitía. La idea le dio suficiente calma para volver a cerrar los ojos.
A la mañana siguiente, Mía estaba sentada en el aula con Ino. Sakura hablaba con Naruto junto a la ventana. Sasuke ocupaba su asiento habitual, leyendo algo en el teléfono.




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