Hanabi dejó de pedir perdón. No ocurrió de un día para otro. Al principio, continuó esperando a Neji en los pasillos de la mansión. Buscaba cualquier oportunidad para coincidir con él durante el desayuno.
Se sentaba cerca en las reuniones familiares. Incluso había llegado a dejarle pequeñas cosas frente a la puerta de su habitación: un dulce que sabía que le gustaba, un libro, una nota que Neji jamás abrió. Pero poco a poco dejó de hacerlo.
Dejó de seguirlo con la mirada. Dejó de intentar hablarle. Dejó de esperar que volviera a llamarla hermanita. Y, finalmente, dejó de esperar el perdón. Algo cambió entonces. No necesariamente para bien. A los catorce años, Hanabi Hyuuga descubrió que si no podía recuperar el lugar que había perdido en el corazón de su hermano, podía construirse otro lugar donde nadie tuviera derecho a expulsarla. Y eligió el poder.
La primera persona en advertirlo fue su padre. Durante una reunión del clan, un administrador presentó un problema relacionado con varias propiedades de los Hyuuga en el centro de Konoha. Neji estaba presente como heredero.
Hanabi también, aunque únicamente porque se trataba de una reunión familiar ampliada.
-La solución es vender dos de los edificios menos rentables -explicó uno de los consejeros- Las pérdidas desaparecerían.
Neji estaba revisando los documentos.
-No.
Todos lo miraron.
-Esos edificios están perdiendo dinero porque sus contratos comerciales no se actualizaron en seis años. Venderlos ahora sería regalar propiedades cuyo valor aumentará cuando termine la nueva línea de transporte.
Su padre sonrió apenas. Exactamente la clase de respuesta que esperaba de su heredero. Pero entonces Hanabi habló.
-Eso tampoco es suficiente.
Neji levantó los ojos. Su padre hizo lo mismo. Hanabi tomó uno de los documentos.
-Los locales de la planta baja están alquilados por menos del cuarenta por ciento de su valor actual. No necesitamos vender los edificios ni esperar años - Pasó una página -Renegociamos los contratos comerciales, conservamos los alquileres residenciales y convertimos los dos pisos vacíos del segundo edificio en oficinas. Recuperamos las pérdidas en aproximadamente ocho meses.
Silencio. Uno de los consejeros tomó los documentos.
-Eso...- Revisó las cifras -Eso funcionaría.
Hanabi se reclinó tranquilamente.
-Lo sé.
Neji la observó. Aquello no había sido suerte. Y no fue un hecho aislado. En las semanas siguientes ocurrió una y otra vez. Hanabi comenzó a participar. Primero tímidamente. Después sin pedir permiso. Analizaba contratos.
Detectaba errores. Recordaba cifras que había escuchado una sola vez.
Encontraba soluciones que algunos adultos con treinta años de experiencia no habían considerado.
Pero había algo que inquietaba profundamente a su padre. Hanabi no tenía la compasión de Neji.
Cuando un empleado cometió un error que había costado una suma importante al clan, Neji propuso una sanción económica y capacitación obligatoria. Hanabi dijo:
-Despídanlo.
-Tiene veintidós años trabajando para nosotros -respondió Neji.
-Entonces tuvo veintidós años para aprender a no cometer errores así.
Neji la miró.
- Tiene una familia.
- No es nuestro problema.
- Sí lo es cuando nuestras decisiones afectan directamente la vida de quienes dependen de nosotros.
Hanabi sonrió con frialdad.
- Ahí está tu debilidad.
Neji entrecerró los ojos.
- ¿Cuál?
- Te importa demasiado la gente.
- Eso no es una debilidad.
- Para gobernar, sí.
Su padre permaneció en silencio. Y aquella frase se le quedó clavada.
Hanabi también empezó a cambiar fuera de las reuniones. Se volvió más dura con el personal. Más clasista. Más consciente de su apellido. Si alguien pertenecía a una familia menos importante, Hanabi encontraba la forma de hacérselo sentir. Una empleada derramó accidentalmente té sobre unos documentos.

- Lo siento muchísimo, señorita.
Hanabi la miró como si estuviera contemplando algo desagradable.
- Naturalmente.
La mujer palideció.
-¿Señorita?
- Nada. Solo estaba recordando por qué algunas personas sirven y otras dirigen.
- Hanabi.
La voz de Neji llegó desde el corredor. Ella giró. Los hermanos se miraron.
Neji no necesitó levantar la voz.
-Discúlpate.
Hanabi sonrió.
-¿Por qué?
- Porque acabas de humillarla.
- Es una empleada.
- Es una persona.
Hanabi sostuvo su mirada.
- Curioso.
Neji supo inmediatamente que aquello iba dirigido hacia él.
- ¿Qué cosa?
- Que ahora te preocupen tanto los sentimientos de los demás.
La expresión de Neji cambió. Mía.
Siempre Mía. Hanabi sabía exactamente dónde introducir el cuchillo. Neji, sin embargo, ya no era aquel muchacho roto.
- Precisamente porque aprendí lo que puede hacer una frase dicha para lastimar -respondió- no voy a tolerar que tú hagas lo mismo.
La sonrisa de Hanabi desapareció. Neji miró nuevamente a la empleada.
- Puede retirarse. Y no se descontará nada de su salario.
Hanabi apretó la mandíbula. Neji se marchó. Pero el consejo estaba fascinado. No por su crueldad. Por su inteligencia. Hanabi había comenzado a competir con Neji sin anunciar que estaba compitiendo. Y eso era precisamente lo extraordinario. No reclamó el título.
Demostró que podía merecerlo.
Uno de los consejeros fue el primero en pronunciar aquello que todos empezaban a pensar.
-Señor... quizá deberíamos reconsiderar la sucesión.
El padre de ambos levantó lentamente la mirada.
-¿Qué acaba de decir?
- Neji es un heredero extraordinario. Nadie lo cuestiona.
-Entonces mida cuidadosamente sus próximas palabras.
El hombre tragó saliva.
- Hanabi también lo sería.
-Tiene catorce años -continuó otro consejero- y comprende los asuntos del clan con una facilidad extraordinaria. Sería imprudente ignorarlo.