El Legado De Las Almas

El hermano que todavía no sabía que lo era

Hanabi había cometido un error. Uno enorme. Había observado demasiado a Naruto Uzumaki. Al principio lo había hecho por desconfianza. Después, por curiosidad.

Más tarde, porque aquel rubio era un espectáculo ambulante y resultaba difícil no reírse mientras lo veía discutir con una máquina expendedora, hacer levitar accidentalmente media biblioteca porque Sakura le había dado un beso inesperado o intentar convencer a Itachi de que destruir tres lámparas durante un entrenamiento debía considerarse «progreso experimental».

Y en algún momento que Hanabi no supo identificar dejó de vigilarlo.
Empezó a buscarlo. Había una diferencia. Una diferencia enorme que se negaba a reconocer. Cada tarde, al regresar a la mansión Hyuuga, Hanabi dejaba la mochila, hacía los deberes, cerraba la puerta de su habitación y activaba el Byakugan.

- Solo diez minutos.

Nunca eran diez minutos. Extendía su percepción hasta encontrarlo. Y allí estaba Naruto. Siempre luminoso. Siempre insoportablemente Naruto. Una tarde lo encontró en la Academia Élite esperando a Mía. Sakura estaba sentada junto a él en uno de los bancos del patio.

-Podemos irnos -dijo ella.

-No.

-Mía dijo que tardaría.

-Entonces esperamos.

-Naruto, tiene dieciséis años. Puede regresar sola.

El rubio la miró como si Sakura acabara de decir una barbaridad.

-Ya sé.

-Entonces ¿por qué la esperamos?

-Porque somos tres.

Sakura sonrió.

-Eso no explica nada.

-Si llegamos tres y nos vamos dos, sobra una persona.

-Matemáticamente impecable.

-Gracias.

-Era sarcasmo.

-También gracias.

Hanabi rio desde su habitación.
Sakura apoyó la cabeza sobre el hombro de Naruto.

-Eres un buen hermano.

Naruto se encogió de hombros.

-Es Mía.

Como si aquello lo explicara todo.
Hanabi dejó de sonreír. Es Mía. No había obligación. No había esfuerzo.
No había una competencia entre Sakura y ella. Mía era su hermana.
Punto. Minutos después apareció la rubia.

-¿Todavía están aquí?

Naruto se levantó.

-Te estábamos esperando.

-No hacía falta.

-Ya sé.

-Entonces ¿por qué lo hiciste?

Naruto miró a Sakura.

-Eso mismo preguntó ella.

-¿Y?

-Somos tres.

Mía cerró los ojos.

-Eso no significa nada.

-¡ESO LE DIJE! -exclamó Sakura.

Naruto levantó las manos.

-¿Por qué nadie entiende mis argumentos?

Hanabi volvió a reír. Y aquella risa comenzó a dolerle. Porque cada vez que veía a Naruto ser hermano, algo dentro de ella pensaba: Así debería sentirse. No sabía cuándo había ocurrido. Pero ocurrió. Naruto ya no era simplemente el amigo de Neji.
Ni siquiera era solamente el gemelo de aquella muchacha a la que Hanabi todavía consideraba responsable de haberle robado el lugar que ocupaba en el corazón de su hermano. Naruto era...

Hanabi se negó a terminar el pensamiento. Hasta que una noche tuvo una pesadilla. Despertó sobresaltada. Había soñado que alguien la perseguía. Que corría por una calle vacía. Que gritaba. Que nadie aparecía. Y en medio de aquel miedo, justo antes de despertar, había gritado un nombre. No había sido:

Papá.

Tampoco:

Neji.

Había gritado:

-¡Naruto!

Hanabi quedó sentada en la cama.
Respirando agitadamente.

-No.

Miró alrededor.

-No, no, no.

Se pasó ambas manos por el rostro.

-Esto ya es ridículo.

Pero entonces comprendió algo todavía peor. Si realmente estuviera en peligro, contaría con él. No sabía por qué. Naruto ni siquiera sabía que ella lo observaba. Probablemente apenas sabía quién era. Y Hanabi, en algún rincón irracional de su corazón, ya había decidido que si alguna vez algo horrible ocurría, Naruto aparecería.
Porque Naruto aparecía. Por Sakura.
Por Mía. Por Neji. Por Sasuke. Por Ino. Por cualquiera a quien quisiera.
Hanabi se abrazó de las rodillas.

-Tú no me dirías que estoy muerta para ti.

Aquello salió en un susurro. Y entonces apareció la comparación que llevaba días evitando. Neji sí lo había hecho. Naruto no lo habría hecho. Eso creía. No importaba qué hubiese hecho ella. Naruto habría gritado. Se habría enfadado. Quizá habría dejado flotando todos los muebles de Konoha.

Pero después, Hanabi estaba convencida de que habría regresado. Y esa idea hizo que comenzara a quererlo de una manera peligrosamente profunda.
Hasta llegar a sentir algo que le producía culpa: creía querer a Naruto más que a Neji.

A un muchacho que ni siquiera sabía que se había convertido en su hermano mayor dentro del corazón de una niña de catorce años. El problema fue que Hanabi comenzó a necesitar saber más. Y había una fuente perfecta de información viviendo bajo su mismo techo.

Neji.

El primer intento ocurrió durante el desayuno.

-¿Hoy entrenas?

Neji levantó los ojos. Era la primera pregunta voluntaria que Hanabi le hacía en días.

-Sí.

-¿Con Itachi?

-Sí.

-¿Todos?

Neji dejó lentamente la taza. Hanabi siguió comiendo.

-¿Qué?

-Nada.

-Entonces deja de mirarme.

Neji entrecerró los ojos.

-¿Por qué quieres saberlo?

-Curiosidad.

-¿Sobre mis entrenamientos?

-Sí.

-Nunca te interesaron.

-Las personas cambian.

Neji permaneció mirándola. Hanabi empezó a sentirse examinada.

-¿Qué?

-¿Quieres saber algo de alguien?

-No.

Demasiado rápido. Neji lo notó.

-Hanabi.

-¿Qué?

-¿De quién?

-De nadie.

-Entonces terminamos.

Volvió al desayuno. Hanabi apretó los dientes.

-¿Entrena bien Naruto?

Neji dejó los cubiertos. Maldita sea.
Hanabi fingió indiferencia.

-Solo preguntaba.

Neji la observó durante varios segundos.

-No voy a hablar contigo de Naruto.

La respuesta le dolió inesperadamente.




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