Hanabi había aprendido a caminar sola. No porque le gustara. Porque había llegado a la conclusión de que era más sencillo. Había dejado de activar el Byakugan para buscar a Naruto hacía varios días. Al principio le había costado.
Su mirada se dirigía casi por reflejo hacia la distancia, buscando aquella presencia rubia que durante semanas había convertido secretamente en una especie de hermano mayor. Quería verlo hacer alguna estupidez, discutir con Sakura, proteger a Mía, hacer reír a Neji. Pero entonces recordaba aquella conversación.
-Es mi hermano, Sakura.
Neji. Y después:
-Ahora mismo estoy enfadado con ella.
Hanabi todavía recordaba la sensación. Había sido absurdo. Naruto no le debía nada. Ni siquiera la conocía. Pero precisamente por eso había dolido tanto. Había construido dentro de sí un Naruto que jamás le habría dado la espalda. Un hermano que aparecería si alguna vez necesitaba ayuda.
Y después había descubierto que el Naruto real tenía sus propias opiniones. Sus propias lealtades. Y que una de aquellas lealtades era precisamente Neji. Así que había dejado de buscarlo.
-No es mi hermano después de todo - se había dicho una noche frente al espejo - Y jamás lo será.
Había desactivado el Byakugan. Y no volvió a utilizarlo para observarlo.
Pero aquello había dejado un vacío.
Hanabi quería algo suyo. Un amigo suyo. Alguien que no llegara a ella a través de Neji. Ni Mía. Ni Naruto. Ni Sasuke. Ni nadie perteneciente a aquel universo de seis personas que parecían haberse convertido en una familia perfecta.
Ella quería una persona que la eligiera a ella. Y casi lo había conseguido. Hasta que aparecieron ellos.
El segundo lugar
Todo había comenzado tres semanas antes. La Academia Élite de Konoha organizaba anualmente una competencia de matemáticas y lógica abierta a estudiantes de diferentes cursos. Hanabi se había inscrito sin decirle nada a nadie. Ni siquiera a su padre. Mucho menos a Neji. Había llegado a la final junto a estudiantes mayores.
Y había obtenido el segundo lugar.
A los catorce años. Cuando anunciaron su nombre, Hanabi había permanecido inmóvil durante unos segundos.
-Segundo puesto: Hanabi Hyuuga.
Después sonrió. No había sido la primera. Pero no le importaba. Era suyo. No era «la hermana de Neji».
No era «la hija del líder Hyuuga». No era «la niña problemática». Era Hanabi. Había conseguido algo ella sola. Y durante unos minutos había sido inmensamente feliz. Hasta que escuchó detrás:
-Qué vergüenza.
Hanabi giró. Tres muchachos de cursos superiores estaban observándola. Habían participado.
Los tres habían quedado entre los últimos puestos. Uno rio.
-Nos ganó una niña.
Hanabi arqueó una ceja.
-No.
Los tres la miraron.
-¿Qué?
Hanabi sostuvo su diploma.
-Los ganadores son quienes quedaron primero, segundo, tercero, probablemente incluso el número veinte. Ustedes quedaron casi al final. No puedo asumir personalmente tanta responsabilidad.
Algunas personas alrededor rieron.
Error. Un error enorme. El muchacho enrojeció.
-¿Te crees muy inteligente?
Hanabi miró su diploma.
-Según esto, bastante.
Más risas. Hanabi se marchó. Pensó que terminaba allí. No fue así.
«Monstruo»
Primero fueron comentarios.
-Ahí viene la genio.
Hanabi ignoraba.
-Cuidado. Puede calcular cuántos segundos tardás en aburrirte hablando con ella.
Seguía caminando. Después apareció otra palabra.
-Monstruo.
Aquella sí consiguió que se detuviera. Giró lentamente.
-¿Qué dijiste?
Uno de ellos sonrió.
-Que eres un monstruo.
-¿Por qué?
-Nadie normal piensa como tú a los catorce años.
Hanabi lo observó.
-¿Ese es tu insulto?
-¿Qué?
-Que soy demasiado inteligente.
El muchacho perdió la sonrisa.
Hanabi continuó:
-Tendrás que esforzarte más.
Se marchó. Pero aquella seguridad exterior escondía otra cosa.
Porque una palabra repetida suficientes veces podía encontrar una grieta. Monstruo. Hanabi comenzó a escucharla casi todos los días. El problema no era solamente insultarla Había un chico de su curso llamado Ren que empezó a hablar con ella en la biblioteca. Nada extraordinario.
Compartían interés por acertijos matemáticos. Hanabi descubrió que era divertido. Él descubrió que ella podía hablar durante quince minutos seguidos sobre paradojas lógicas.
-Eres rarísima -le dijo una tarde.
Hanabi levantó la mirada.
-Gracias.
-Era un cumplido.
-Entonces gracias de verdad.
Ren rio. Hanabi también. Quizá podía tener un amigo. Uno suyo.
Hasta que los tres aparecieron.
-Ren.
El chico miró hacia ellos.
-¿Qué?
-¿Ahora sales con el monstruo?
Hanabi dejó de sonreír. Ren frunció el ceño.
-Déjenla tranquila.
-Cuidado. Se contagia.
Ren intentó ignorarlos. Pero aquello ocurrió otra vez. Y otra. Y otra.
Finalmente dejó de sentarse con Hanabi. No porque la despreciara.
Porque estaba cansado. Hanabi no lo culpó. Eso fue casi peor. Después apareció una chica con quien empezó a almorzar.
Dos días después comenzaron los comentarios. Una semana más tarde, Hanabi volvía a comer sola.
Luego otro muchacho quiso acompañarla después de clases.
Los tres aparecieron «casualmente».
-¿También coleccionas monstruos?
Hanabi se dio vuelta.
-¿No tienen una vida?
-Sí.
-Entonces utilícenla.
Uno sonrió.
-Nos divierte esta.
Hanabi sintió frío. Ahí comprendió que no iban a detenerse. Pero tomó una decisión equivocada. Si los ignoro, se aburrirán. No se aburrieron. Nadie sabía nada Neji no lo vio. No porque no quisiera a Hanabi. Porque sus vidas se habían separado demasiado. Entraban por lugares distintos. Tenían horarios diferentes. Neji entrenaba con Itachi. Intentaba controlar el Byakugan. Los portales. La telequinesis.