El Legado De Las Almas

El fuego y el agua aprendieron a contar historias

Boruto Uzumaki tenía un problema académico muy específico. Era brillante. Y eso hacía que el problema resultara todavía más irritante.

En Literatura podía leer un texto una sola vez y encontrar relaciones que nadie había advertido. En Historia recordaba fechas, causas y consecuencias con una facilidad casi insultante. En Inglés tenía una pronunciación excelente. En Ciencias comprendía conceptos complejos con rapidez y hacía tantas preguntas que algunos profesores terminaban diciéndole que investigara por su cuenta.

Pero existía una materia capaz de destruir toda aquella dignidad.
Matemáticas. Ren padecía exactamente la misma maldición.
Aquella mañana, los dos estaban sentados uno junto al otro contemplando sus exámenes recién corregidos. Boruto tenía un seis. Ren, otro seis. Hanabi, sentada delante, giró lentamente mostrando su nueve.

-Los odio -declaró Boruto.

-Profundamente -añadió Ren.

Hanabi sonrió.

-Yo los quiero.

-Eso empeora las cosas.

Sobre el pupitre de Boruto apareció una diminuta figura de agua que representaba un número ocho siendo atacado con una espada. El fuego de Ren creó inmediatamente un siete huyendo despavorido.
Boruto contempló aquello.

-Tu fuego me comprende.

-Desearía que dejara de hacerlo públicamente.

La profesora comenzó a repartir los exámenes restantes.

-Boruto, Ren, deberían practicar más.

Ambos respondieron al unísono:

-Sí, profesora.

El agua formó una pequeña pancarta:

NO QUEREMOS.

El fuego añadió:

PERO LO HAREMOS.

La clase estalló en carcajadas. Ren cerró los ojos.

-Algún día voy a conseguir que mi fuego se calle.

Boruto acarició a la pequeña serpiente acuática que dormía sobre su hombro.

-Espero que no.

-Claro. Porque no es tu privacidad.

La serpiente levantó la cabecita y asintió.

-¡¿AHORA ELLA TAMBIÉN OPINA?!

Boruto sonrió.

-Es muy inteligente.

-Es una serpiente.

Los ojos celestes de Boruto se entrecerraron.

-Dragón.

-No voy a discutir otra vez.

La guerra de Troya según el fuego más chismoso de Konoha

La profesora de Historia ya estaba fascinada con el don de Ren. Al principio había considerado aquellas figuritas de fuego una distracción.
Después descubrió que tenían una peculiaridad extraordinaria. El fuego parecía comprender conceptos. No se limitaba a reproducir emociones.

Interpretaba recuerdos, pensamientos e ideas de Ren y los convertía en imágenes. Por eso, cuando llegó el momento de las exposiciones sobre Grecia antigua, la profesora tuvo una idea.

-Ren.

El muchacho levantó la cabeza.

-¿Sí?

-Al frente.

Ren palideció. El fuego que rodeaba discretamente sus dedos produjo una diminuta lápida. Boruto soltó una carcajada.

-¡Ya te enterró!

-Cállate.

-Ren - insistió la profesora - Guerra de Troya.

-Profesora...

- Adelante.

Treinta estudiantes giraron hacia él.
Ren tragó saliva. Odiaba aquello. No Historia. Exponer. Treinta pares de ojos. Treinta personas esperando.
Treinta posibilidades diferentes de equivocarse. Hanabi le sonrió desde su asiento. Aquello ayudó. Un poco.
Ren llegó frente al pizarrón. Se volvió hacia todos. Respiró.

-Bueno...

Silencio.

-Troya...

Y nada más. La profesora esperó. Ren abrió la boca. Pero antes de que pudiera continuar...

Ffffsssshhhh.

Una llama apareció sobre su hombro.

Ren cerró los ojos.

-No.

Boruto se incorporó.

-¡Sí!

-Boruto.

-Déjalo trabajar.

-¡NO ESTÁ TRABAJANDO! ¡ME ESTÁ TRAICIONANDO!

La llama descendió. Tocó el suelo. Y se dividió. Una. Dos. Diez. Veinte pequeñas llamas. Los alumnos dejaron de reír. Porque las llamas comenzaron a transformarse. Primero apareció un diminuto palacio. Sus murallas crecieron sobre el escritorio de la profesora como una maqueta ardiente de extraordinario detalle. Troya. Después apareció un barco. Otro.
Otro más.

Decenas de embarcaciones diminutas hechas de fuego avanzaron flotando sobre un océano inexistente. La luz anaranjada se reflejó en los ojos fascinados de toda la clase.

-Guau... -murmuró alguien.

Ren permanecía inmóvil.

-Yo no...

Apareció Helena. Una diminuta figura femenina de llamas doradas.
Después Paris. Menelao. Agamenón.
Aquiles. Héctor. Las figuras no permanecían quietas. Vivían. Paris extendió una mano hacia Helena. Ella lo siguió. Menelao apareció después, descubrió lo ocurrido y levantó los brazos indignado. Una pequeña nubecita de fuego surgió sobre su cabeza. Dentro había una Helena diminuta escapándose con Paris. Boruto soltó una carcajada.

-¡Está pensando en ellos!

La profesora levantó una mano.

-Boruto, silencio.

-Pero...

-Quiero ver.

Boruto se calló inmediatamente.
Ahora aparecía el ejército griego.
Miles de puntitos incandescentes avanzaban. Las murallas de Troya se alzaban frente a ellos. Ren estaba completamente rojo.

-Profesora, juro que estudié una exposición normal.

-No interrumpas tu propia exposición, Ren.

La clase rio. Ren quedó boquiabierto.

-¡Pero si no estoy haciendo nada!

Su fuego continuó. Aquiles apareció avanzando como una pequeña estrella ardiente. Héctor salió a enfrentarlo. Las dos figuritas chocaron.

¡Tin!

Un diminuto destello. La clase contuvo la respiración. El fuego representó la batalla sin crudeza, como una obra teatral fantástica hecha de luz: ejércitos moviéndose, héroes enfrentándose, ciudades resistiendo. Después el caballo. Surgió lentamente. Un enorme caballo de fuego, enorme para aquellas figuras, aunque apenas alcanzaba medio metro, quedó delante de Troya. Un alumno señaló.

-¡El caballo de Troya!

La pequeña serpiente de agua de Boruto levantó la cabeza fascinada.
Los troyanos diminutos celebraron.
Arrastraron el caballo hacia la ciudad. La profesora sonrió porque ya sabía qué ocurriría. Boruto murmuró:




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