El Legado De Las Almas

La familia que Hanabi ya no reconocía

La estrategia del padre de Hanabi comenzó de una manera casi imperceptible. Al principio fue una frase. Una sola. Dicha con aparente despreocupación mientras revisaba unos documentos en el salón principal. Hanabi bajaba las escaleras con la mochila al hombro, dispuesta a marcharse a la academia, cuando escuchó:

-Muchísimos gastos genera Hanabi para esta casa. Me sería bastante más económico enviarla al convento para siempre.

Ella se detuvo. Solo un segundo. Su padre ni siquiera levantó los ojos de los papeles. Neji, sentado al otro extremo de la mesa, sí lo hizo. Hanabi continuó caminando.

-Buenos días -murmuró.

-Buenos días -respondió su padre tranquilamente.

Hanabi se marchó. Neji esperó hasta escuchar cerrarse la puerta.
Entonces dejó lentamente la taza.

-¿Qué fue eso?

-Nada.

-Papá.

-Una observación.

-No parecía una observación.

Su padre pasó una hoja.

-Entonces interpretaste mal.

Neji lo miró durante varios segundos. No le gustaba. Pero todavía no comprendía hasta dónde pensaba llegar su padre.
Al día siguiente ocurrió nuevamente. Hanabi entró en la cocina para buscar agua. Su padre conversaba con uno de los administradores de la casa.

-Sí, naturalmente. Educación, academia, ropa, seguridad, entrenamiento... - comentó con naturalidad - Muchísimos gastos genera Hanabi para esta casa. Me sería mucho más económico enviarla nomás al convento para siempre. Ahorraría bastante.

Hanabi cerró los ojos. Tomó agua. No respondió.

-Buenos días, papá.

-Buenos días.

Y se marchó. El tercer día fue durante la cena. El cuarto, cuando ella atravesaba el jardín. El quinto, mientras subía las escaleras.
Siempre suficientemente alto.
Siempre cuando sabía que ella estaba cerca. Siempre como si la frase no estuviese destinada a ella.
Y Hanabi dejó de contestar. No discutía. No gritaba. No reclamaba.
Eso era precisamente lo que empezó a preocupar a Neji.

Porque la antigua Hanabi habría explotado. La actual simplemente agachaba la cabeza y continuaba caminando. Su padre interpretaba aquel silencio como resistencia. Neji empezaba a comprender que era otra cosa. Era distancia. Lo que Hanabi ignoraba era que su padre tenía un plan. Uno pésimo. Uno que él, sin embargo, consideraba necesario.

Estaba convencido de que sus hijos se amaban profundamente y que ambos eran demasiado orgullosos para reconstruir definitivamente su vínculo. Había visto a Neji sufrir por la distancia de su hermana. Había visto a Hanabi recurrir a Ren, Boruto e incluso Itachi antes que a Neji. Y había decidido presionarla.

Obligarla a comprender que su familia debía ser el primer lugar al cual recurrir. Después, cuando todo estuviese solucionado, pensaba compensarla. Cada palabra. Cada amenaza. Cada lágrima. Pensaba darle libertad, apoyar sus estudios, aceptar a Ren y recibirlo formalmente en el clan.

Porque, aunque jamás se lo había dicho a Hanabi, había investigado al muchacho. Ren le gustaba.
Muchísimo. Inteligente. Respetuoso. Valiente. Y, sobre todo, absolutamente enamorado de su hija. El muchacho había arriesgado la vida por ella. Su fuego la había elegido incluso antes de que él fuese capaz de declararle sus sentimientos.

Para el padre de Hanabi, Ren era probablemente el mejor muchacho que su hija podía haber elegido.
Pero continuaría con su estrategia.
Estaba convencido de que después podría reparar el daño. No comprendía todavía que la confianza no funcionaba así. Hanabi comenzó a pasar cada vez menos tiempo fuera de su habitación.

Allí estaba Matatabi.

La pequeña gata de fuego de dos colas dormía sobre sus apuntes mientras Hanabi estudiaba.

-Matatabi.

La gata levantó una oreja.

-Estás encima de Historia.

Nada.

-Tengo examen mañana.

Matatabi bostezó.

-Necesito esos apuntes.

La gata cerró los ojos. Hanabi intentó sacar una hoja.

Mrrr.

-¿Me estás gruñendo?

Matatabi abrió un ojo dorado.

-Esta es mi habitación.

La segunda cola ardiente se movió perezosamente. Hanabi suspiró.

-Perfecto. Voy a reprobar Historia porque una bestia legendaria decidió dormir sobre la Revolución francesa.

Matatabi ronroneó. El teléfono vibró. Ren. La expresión de Hanabi cambió inmediatamente.

> ¿Estás bien?

Hanabi escribió:

> Sí.

Tres segundos.

> Mentira.

Hanabi sonrió.

> ¿Cómo sabes?

La respuesta llegó enseguida.

> Mi fuego hizo una Hanabi triste.

Ella dejó caer la frente sobre el escritorio.

> Tu fuego necesita aprender privacidad.

> YO TAMBIÉN PIENSO ESO.

Después apareció una fotografía.
Una diminuta figura de fuego con los cabellos de Ren sostenía un enorme corazón mientras otra figura intentaba esconderla debajo de una caja. Hanabi soltó una carcajada. Matatabi levantó la cabeza.

-Tu creador es idiota.

La gata maulló.

-Sí. Lo quiero muchísimo.

Matatabi volvió a dormir. Con Neji hablaba..Pero poco.

-¿Vas al gimnasio? -preguntaba él.

-Sí.

-¿Quieres que vaya contigo?

-No hace falta.

-Puedo ayudarte con...

-Estoy bien.

-Hanabi...

-Nos vemos después.

No había agresividad. Eso era precisamente lo que más dolía..Neji habría preferido que le gritara. Que discutiera. Que lo acusara. Pero Hanabi era educada. Correcta.
Distante Con su padre era peor.

-Hanabi.

-¿Sí?

-La cena estará lista a las ocho.

-Está bien.

-¿Cómo estuvo la academia?

-Bien.

-¿Tus exámenes?

-Bien.

-¿Ren?

Una pausa.

-Bien.

Y nada más. Su padre todavía creía que aquello cambiaría.

La reunión Hyuuga

Llegó finalmente el sábado. La residencia principal del clan estaba irreconocible. Luces cálidas iluminaban los jardines. Las enormes puertas permanecían abiertas. Mesas elegantes ocupaban parte del salón y las terrazas. Habían llegado tíos, tías, primos, abuelos, parientes lejanos y miembros importantes de diferentes ramas familiares. Hanabi llevaba casi una hora allí. Y estaba cumpliendo perfectamente. Sonreía. Saludaba. Respondía.




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