Boruto no regresó a la academia al día siguiente. Tampoco al siguiente.
Ni al tercero. La primera mañana, Naruto había pensado que necesitaba descansar. Después de haber permanecido consciente mientras otra voluntad utilizaba su cuerpo, después de ver cómo sus propias manos atacaban a personas inocentes y después de luchar desde el interior para recuperar el control, nadie esperaba que se levantara como si nada hubiera sucedido.
La segunda mañana, Naruto empezó a preocuparse. La tercera comprendió que aquello no era cansancio. Era miedo. Y vergüenza.
Una vergüenza tan profunda que Boruto había convertido su habitación en una fortaleza. No quería ver a nadie.
-Boruto.
Sasuke golpeó suavemente la puerta. Silencio.
-Soy yo.
Desde el otro lado llegó una respuesta inmediata:
-Lo sé.
Sasuke permaneció quieto.
-¿Puedo entrar?
Otra pausa.
-No.
Sasuke bajó ligeramente la mirada.
Naruto estaba apoyado contra la pared del corredor, con los brazos cruzados. Mía permanecía junto a él. Ninguno habló. Sasuke volvió a intentarlo.
-No tienes que hablar conmigo.
-Ya sé.
-Puedo simplemente sentarme.
-No.
Esta vez la respuesta fue más débil.
-Boruto...
-Por favor, tío.
Aquello terminó con cualquier insistencia. Sasuke cerró los ojos durante un segundo.
-Está bien.
No había enojo en su voz. Solo una tristeza cuidadosamente controlada.
-Cuando quieras verme, voy a estar.
Desde la habitación no hubo respuesta. Sasuke se apartó de la puerta. Naruto le tocó el hombro.
-No es contigo.
-Lo sé.
Sasuke miró la madera cerrada.
-Eso no hace que duela menos.
Porque Boruto había vuelto a aquella vida llamándolo tío casi instintivamente. Habían compartido hamburguesas. Espadas. Entrenamientos. Bromas.
Boruto había despertado en Sasuke recuerdos que ni siquiera sabía que poseía. Y ahora no podía atravesar una puerta. Mía murmuró:
-Solo nos deja entrar a Naruto, a Mitsuki y a mí.
Sasuke asintió.
-Entonces entren ustedes.
No reclamó. No exigió.
-Lo importante ahora no es que Boruto nos permita ayudarlo a todos. Es que permita que alguien lo ayude.
Se marchó. Naruto lo vio alejarse. Y sintió todavía más rabia hacia quien había hecho aquello. No porque hubiese controlado a uno de los seres más poderosos de Konoha.
Sino porque había conseguido que su hijo tuviera miedo de sí mismo.
Una puerta cerrada
Boruto estaba sentado en el suelo junto a la cama. Rodillas contra el pecho. Cabello rubio desordenado.
Pijama negro. Había cerrado las cortinas. El Jōgan permanecía desactivado. No había viento. No había rayos. No flotaba absolutamente nada.
Y, por primera vez desde que su don acuático había comenzado a comportarse como una extensión indiscreta de su alma, no había figuritas. Boruto estaba haciendo un esfuerzo brutal para mantenerse tranquilo. Porque no quería verlas.
No quería que el agua representara nuevamente aquella prisión. No quería contemplar una miniatura suya golpeando paredes invisibles.
No quería recordar. La puerta se abrió. Boruto levantó la cabeza. Naruto.
-Traje comida.
-No tengo hambre.
Naruto entró igualmente.
-Perfecto.
Boruto frunció el ceño.
-¿Perfecto?
-Sí. Yo sí.
Naruto dejó una bandeja sobre el escritorio. Había dos hamburguesas. Boruto las miró.
-Eso es manipulación emocional.
-Soy padre. Estamos descubriendo nuestros talentos.
Boruto estuvo a punto de sonreír.
Apenas. Naruto lo vio. Y decidió no celebrarlo. Se sentó en el suelo junto a él. No demasiado cerca.
Boruto fue quien terminó inclinándose lentamente hasta apoyar la cabeza sobre su hombro.
Naruto entonces rodeó a su hijo con un brazo.
-Papá...
-¿Sí?
-No quiero volver.
Naruto no fingió no entender.
-A la academia.
-Nunca.
Naruto guardó silencio.
-Todos me vieron.
-Sí.
-Vieron lo que hice.
-Vieron lo que te hicieron.
Boruto levantó bruscamente la cabeza.
-¡Eran mis manos!
-Pero no tus decisiones.
-¡Los golpeé!
-Boruto...
-¡Pude matarlos!
La telequinesis reaccionó. Un libro se levantó del escritorio. Boruto lo vio. Su rostro perdió el color.
-No.
El libro cayó. Boruto se apretó contra Naruto.
-No, no, no...
-Tranquilo.
-¡No quiero usar nada!
-No tienes que hacerlo.
-¡No quiero tener poderes!
Naruto lo abrazó.
-Entonces hoy no los usamos.
Boruto enterró el rostro contra su pecho.
-¿Y mañana?
Naruto le acarició el cabello.
-Mañana decidimos qué hacemos mañana.
No le prometió que todo desaparecería. No le dijo que tenía que ser fuerte. No le exigió volver.
Solo permaneció allí.
Los únicos autorizados
Mía entraba. Naruto entraba.
Mitsuki entraba. Kurama también.
Nadie más. Fénix intentó acercarse una tarde. Boruto lo vio desde la puerta y retrocedió.
-No.
Neji, que llevaba al pequeño fénix sobre el hombro, se detuvo inmediatamente.
-Está bien.
Fénix bajó las alas. No entendía. Pero respetó. El dragón de Sasuke tampoco entró. Matatabi permaneció con Hanabi. La bestia de Ren no se acercó. Boruto no quería sentir tantas presencias.
Tantos poderes. Tantas miradas.
Kurama era diferente. Kurama pertenecía a Naruto. Y algo mucho más profundo dentro de Boruto reconocía al Kyuubi como una presencia segura.
A veces Kurama recuperaba un tamaño intermedio y se acostaba junto a la cama. Boruto apoyaba la espalda contra su enorme costado.
No hablaban. Hasta que una tarde Boruto preguntó:
-Tú sabes.
Kurama abrió un ojo.
-¿Qué?
-Qué me pasa.
Silencio. Boruto lo miró.
-Lo sabes.
Kurama no contestó. Eso fue suficiente.