La mañana en que Deidara recuperó las artes ninja de una vida que no recordaba comenzó con Itachi diciendo una frase extremadamente sencilla:
-No puedo más.
Deidara dejó de sonreír. No porque fuera la primera vez que Itachi se quejaba. Durante las últimas semanas, el nuevo director de la Academia Élite había amenazado con renunciar, esconderse en la dimensión privada de Kawaki, romper teléfonos, prohibir periodistas y declarar a Deidara legalmente insoportable.
Pero aquello era diferente. No había ironía. No había irritación. No había un dragón haciendo apuestas sobre cuánto tardaría en perder la paciencia. Itachi estaba sentado detrás de su escritorio, rodeado de documentos. Tenía una mano sobre los ojos. Y respiraba demasiado rápido. Deidara dejó inmediatamente el café.
-Itachi.
-Estoy bien.
-No.
-Deidara...
-Mírame.
Itachi bajó lentamente la mano. Deidara vio el agotamiento. Aquello bastó para borrar todo rastro de humor de su rostro.
-¿Qué pasó?
Itachi señaló el teléfono.
-Tres ministerios.
Después otro documento.
-Dos organismos extranjeros.
Otro.
-Una universidad quiere acceso permanente a Sakura y Mía para estudiar ninjutsu médico.
Otro.
-Otro país pide muestras biológicas de Naruto y Boruto.
La expresión de Deidara cambió.
-No.
-Ya respondí que no.
-Bien.
-Una organización internacional quiere estudiar el Byakugan de Neji y Hanabi.
-No.
-Ya respondí.
-Bien.
Itachi tomó aire.
-Y aparentemente un comité gubernamental interpreta que la aparición de técnicas ninja constituye una cuestión de seguridad nacional.
Deidara se quedó completamente inmóvil.
-¿Y qué quieren?
Itachi levantó la mirada.
-Acceso.
Una sola palabra. Deidara sonrió.
Pero no había absolutamente nada divertido en aquella sonrisa.
-No.
Itachi lo conocía demasiado bien.
-Deidara.
-¿Sí?
-No hagas nada.
-Estoy sentado.
-Eso no me tranquiliza.
El dragón de Itachi levantó la cabeza desde el sofá.
Debería.
Itachi lo miró.
-Tú tampoco lo animes.
Deidara se levantó. Caminó alrededor del escritorio. Se agachó frente a Itachi.
-Mírame.
Itachi obedeció. Deidara tomó sus manos.
-No van a llevárselos.
-Lo sé.
-No van a entrar aquí y decidir que porque estos chicos recuerdan técnicas de hace mil años pertenecen al Estado.
-Lo sé.
-Y tú no tienes que detenerlos solo.
Itachi apretó sus dedos.
-Soy el director.
-Y yo soy tu pareja.
Silencio.
- Shikamaru es tu amigo. Tu padre representa a los Uchiha. El padre de Neji representa a los Hyuuga. Tienes a Naruto, Sasuke, Neji, Kawaki y medio zoológico mitológico dispuesto a destruir una puerta si alguien entra sin permiso.
Itachi soltó una pequeña risa. Deidara sonrió.
-Ahí estás.
Pero entonces escucharon gritos afuera. Y todo cambió.
I. Habían vuelto a cruzar el límite
El patio delantero estaba repleto.
Periodistas. Investigadores. Representantes universitarios.
Funcionarios. Equipos científicos extranjeros. La Seguridad de la Academia intentaba mantenerlos detrás de las vallas. Pero alguien había abierto uno de los accesos laterales durante la entrada de una delegación autorizada.
Y la multitud se había desplazado.
Boruto acababa de salir del edificio junto a Mitsuki.
-¡BORUTO!
El rubio se detuvo. Error. Micrófonos. Cámaras. Preguntas.
-¿Puedes demostrar nuevamente el Rasengan Uzuhiko?
-No.
-¿Tu Jōgan interviene en el ninjutsu?
-No voy a hablar de eso.
-¿Puedes producir agua?
-No.
-¿Podemos estudiar la serpiente?
Mitsuki sonrió.
- No.
Aquella respuesta había sonado peor. Muchísimo peor. Boruto agarró suavemente su mano.
-Mi rey.
Mitsuki lo miró.
- Estoy tranquilo.
- Perfecto.
- Muchísimo.
La pequeña serpiente azul alrededor de su cuello levantó la cabeza.
Está mintiendo.
- Gracias - murmuró Mitsuki.
Boruto comenzó a retroceder.
- Nos vamos.
Pero alguien lo sujetó del brazo. Boruto giró.
- Suélteme.
- Solo necesitamos...
- He dicho que me suelte.
Otro periodista intentó acercarle un micrófono. Una investigadora quiso detenerlo. Boruto retrocedió. Alguien lo empujó desde atrás. Perdió el equilibrio. Cayó. Mitsuki dejó de sonreír. Completamente.
- Boruto.
El chico intentó levantarse. Dos personas lo sujetaron. Una del brazo..Otra intentó ayudarlo o retenerlo; en el caos resultaba imposible distinguirlo. Boruto sintió demasiadas manos. Demasiadas voces. Demasiados cuerpos. La respiración se le cortó.
- Suéltenme.
Nadie pareció escucharlo.
- He dicho...
Su pecho se cerró.
- Suéltenme.
Mitsuki vio el miedo. Y algo dentro de él se apagó.
II. El agua dejó de ser hermosa
La pequeña serpiente saltó del cuello de Boruto. Creció. Dos metros. Tres. Su cuerpo acuático se elevó detrás de Mitsuki. Los periodistas retrocedieron. Demasiado tarde. El agua salió disparada. No cortó. No hirió. No golpeó. Inmovilizó. Brazos acuáticos rodearon muñecas. Piernas. Cinturas. Cámaras. Micrófonos.
En segundos, quienes estaban alrededor de Boruto quedaron atrapados contra el suelo o suspendidos apenas por encima de él. Mitsuki caminó hacia su novio.
- Quítenle las manos de encima.
Nadie respondió. Los ojos dorados se volvieron terriblemente fríos.
- Ahora.
El agua apretó. No para herir. Para advertir. Las manos soltaron a Boruto. Mitsuki se agachó.
- Mi sol.
Boruto estaba respirando demasiado rápido.
- No...
- Estoy aquí.
Pero Boruto no conseguía responder. Mitsuki levantó lentamente la mirada hacia los intrusos. Y la serpiente mostró los colmillos.