Dos días después de que la entrada de la Academia Élite de Konoha se hubiera convertido en un campo de batalla, la institución hizo algo extraordinario. Abrió normalmente.
O, al menos, tan normalmente como podía abrir una academia que tenía ventanas recién cambiadas, sectores acordonados, tres equipos de abogados circulando por los pasillos, periodistas acampando al otro lado del perímetro y estudiantes que discutían sobre BlackSun y WhiteSun hasta durante el desayuno.
A las siete y veinte de la mañana, Itachi contempló desde la ventana de su despacho el ingreso de los alumnos.
-Parece tranquilo.
Shikamaru, sentado en el sofá, levantó la mirada de su café.
-No digas eso.
-¿Por qué?
-Porque cada vez que alguien dice eso ocurre algo.
Deidara entró con una caja de medialunas.
-¡Buenos días! ¡Qué hermosa mañana tranquila!
Itachi y Shikamaru giraron lentamente.
-¿Qué?
Itachi señaló la puerta.
-Sal.
-¡Acabo de llegar!
-Sal, entra nuevamente y di otra cosa.
-¿Hablas en serio?
-Completamente.
Deidara salió. Esperó tres segundos.
Volvió a entrar.
-¡Buenos días! ¡Qué mañana potencialmente catastrófica!
Itachi asintió.
-Mucho mejor.
Shikamaru bebió café.
-Ahora tenemos posibilidades de sobrevivir.
Ninguno de los tres sabía que, en aquel mismo instante, un automóvil acababa de detenerse frente a la Academia. Y de él había descendido Gaara Sabaku.
I. El heredero Sabaku
Gaara no había llegado solo a Konoha. Dos días antes había aparecido en medio de una batalla como si detener enfrentamientos entre fuerzas gubernamentales y tres de las familias más poderosas del país fuera una actividad perfectamente normal para un estudiante de intercambio.
Pero la verdad era mucho más compleja. Los Sabaku constituían una de las familias más antiguas e influyentes de su país. Su fortuna atravesaba generaciones. Empresas.
Fundaciones. Instituciones educativas. Inversiones internacionales. Relaciones diplomáticas. Contactos políticos.
Y una influencia considerable que no terminaba en sus propias fronteras. También alcanzaba al País del Fuego. Los padres de Gaara conocían desde hacía años al líder del clan Uchiha, al líder Hyuuga y a los padres de Ren. Gaara, en cambio, apenas conocía a aquellos adultos. Porque la verdadera conexión entre ambas familias había surgido de otro lugar. Ren.
Gaara y Ren se conocían desde pequeños. Vacaciones familiares.
Viajes. Reuniones. Veranos interminables. Llamadas nocturnas.
Confesiones que ninguno habría hecho delante de otros. Ren era, para Gaara, lo más parecido a un hermano que había elegido por sí mismo. Y había sido precisamente Ren quien insistió:
Ven a Konoha. Ven a mi Academia.
Aquí no vas a ser el raro.
Ren no había exagerado. Gaara había despertado su telepatía aproximadamente un año y medio atrás. Potente. Extraordinariamente potente. Su alcance podía compararse incluso con el de Naruto en el terreno puramente telepático, aunque el conjunto de capacidades de Naruto lo superaba ampliamente.
Y diez meses atrás había sucedido algo todavía más extraño. Su cuerpo había recordado. Posturas.
Movimientos. Sellos. Equilibrio.
Control de chakra. Combate. Y arena. Sobre todo arena. Gaara no había aprendido a ser ninja. Su cuerpo simplemente había despertado una mañana sabiendo que alguna vez lo había sido. Por eso Ren le había dicho:
Aquí hay otros.
Y Gaara había aceptado. Ahora ya no llegaba como visitante. Sus padres acababan de instalarse definitivamente en Konoha..Y Gaara acababa de convertirse oficialmente en alumno de la Academia Élite.
II. Ren lo vio
El patio central estaba lleno. Naruto hablaba con Sakura. Sasuke e Ino discutían sobre algo. Neji sostenía el café de Mía mientras ella revisaba su mochila. Hanabi estaba junto a Ren. Boruto y Mitsuki compartían auriculares. Kawaki permanecía ligeramente apartado, Yoru sobre el hombro. Entonces Ren dejó de escuchar. Hanabi lo notó.
-¿Qué pasa?
Ren miraba hacia la entrada. Gaara acababa de cruzarla. Cabellos rojos y alborotados hasta el cuello. Ojos turquesas. Ropa juvenil roja con detalles negros. Mochila sobre un hombro. Expresión habitualmente tranquila. Gaara vio a Ren. Se detuvo. Ren sonrió. Y ahí comenzó el problema.
Porque todos conocían aquella sonrisa. Hanabi la conocía mejor que nadie. Boruto abrió lentamente la boca. Mitsuki levantó una ceja. Mía dejó de buscar dentro de su mochila. Neji miró primero a Ren.
Después a Gaara. Después a Hanabi.
Naruto susurró:
-Oh.
Sasuke:
-Sí.
Ino:
-Definitivamente.
Hanabi entrecerró los ojos. Porque Ren estaba mirando a Gaara exactamente como miraba a Hanabi. No igual en intención. Pero sí en intensidad. Con esa expresión abierta que Ren reservaba para muy pocas personas. Reconocimiento.
Confianza absoluta. Cariño. La felicidad brutal de encontrar a alguien que formaba parte de su vida desde antes de que todo se volviera complicado. Gaara caminó hacia él. Ren dio un paso.
-Gaara.
Gaara no respondió. Lo abrazó. Y no fue un saludo distante. Lo rodeó completamente con ambos brazos.
Ren quedó sorprendido apenas un segundo. Después lo abrazó también. Fuerte. Íntimo. Gaara cerró los ojos y apoyó el rostro contra su hombro. Ren sonrió.
-Me alegra muchísimo que al fin hayas venido.
Gaara se apartó apenas. Lo suficiente para mirarlo directamente a los ojos.
-Por ti haría cualquier cosa.
Silencio. Un silencio monumental.
Boruto se quitó lentamente un auricular. Mitsuki se quitó el otro.
Naruto abrió la boca. Sakura le puso una mano encima.
-No.
-¡No dije nada!
-Lo estabas por decir.
-¡Pero mira!
Sasuke murmuró:
-Interesante.
Ino giró.