El Legado De Las Almas

La guerra de las diez colas

El silencio duró exactamente tres segundos. Tres segundos durante los cuales el líder de Eclipse contempló lo que quedaba de su fortaleza. Los prisioneros habían desaparecido. La mitad de sus fuerzas estaba bajo custodia.

Los sistemas de seguridad habían dejado de obedecerle porque Deidara había convertido prácticamente cada objeto del complejo en una criatura con voluntad prestada. Mía y Naruto dominaban los corredores mediante telequinesis.

Gaara había cerrado las mentes del grupo tras las barreras que su Sharingan no había logrado atravesar. Incluso Deidara había resultado poseer una fuerza mental que nadie conocía. Cualquier otra persona habría comprendido que estaba perdiendo. Él comenzó a reír. Primero suavemente. Después con verdadera felicidad. Itachi sintió al dragón agitarse dentro de él.

-¿Qué te causa tanta gracia?

Su primo levantó lentamente la mirada.

-Que todavía creen que han visto mi ejército.

Sasuke endureció el rostro. Kawaki activó su ojo izquierdo. Naruto no se movió.

-Terminó.

-No, Naruto.

La sonrisa del hombre se ensanchó.

-Recién empieza.

Juntó las manos. Un sello. Sasuke palideció.

-¡ATRÁS!

El piso explotó.

I. Diez colas

No fue una explosión de fuego. Fue algo peor. La montaña rugió. Una grieta atravesó el suelo desde los pies del enemigo hasta el extremo opuesto de la cámara. Las paredes vibraron. Las luces estallaron. Las tuberías se retorcieron. Deidara levantó ambas manos.

-¡QUIETAS!

Las estructuras que había despertado obedecieron y se aferraron unas a otras, evitando que el techo cediera. Entonces algo ascendió desde las profundidades.
Fuego. Blanco en el centro. Dorado en los bordes. Rojo. Naranja. Azul en algunas zonas tan calientes que parecían cortar la oscuridad.

Naruto levantó la mirada. Kurama quedó inmóvil. Por primera vez desde que habían entrado, el zorro no hizo ningún comentario. La criatura emergió. Era gigantesca. Pero no monstruosa. Era hermosa.
Terriblemente hermosa.

Su cuerpo parecía construido completamente con fuego vivo. Tenía cuatro patas largas y poderosas, un torso felino y lupino a la vez, un cuello elegante cubierto por una melena de llamas y un rostro majestuoso que no pertenecía a ninguna especie conocida. Detrás de ella se desplegaron las colas. Una. Dos. Tres. Hasta diez. Cada una era un río de fuego independiente.

El techo de la enorme cámara desaparecía detrás de aquella figura. Sus ojos se abrieron. Negros.
Con un círculo rojo en el centro.
Kurama descendió del hombro de Naruto. Comenzó a crecer.

-Juuby -murmuró.

La serpiente azul levantó la cabeza desde los hombros de Boruto. Nemea rugió. Yoru enseñó los dientes. Matatabi apareció junto a Hanabi. Los dragones gemelos de Itachi y Sasuke se materializaron.
El Fénix de Neji extendió las alas.
Todas las bestias habían comprendido. Una de las suyas estaba enfrente. Pero no era libre.

Naruto miró al Juuby. Sintió su mente. Intentó entrar. Dolor.
Órdenes. Capas y capas de control.
Y algo más. Odio implantado durante años. Naruto cerró los ojos.

-También lo esclavizaste.

El enemigo sonrió.

-Lo perfeccioné.

Kurama rugió. El sonido sacudió la montaña.

- Eso fue una respuesta bastante clara -murmuró Deidara.

Naruto miró a Kurama.

-¿Puedes liberarlo?

Kurama permaneció en silencio.

No lo sé.

Era la primera vez que Naruto escuchaba aquellas palabras en su voz.

Pero sé algo.

-¿Qué?

Los ojos de Kurama se clavaron en Juuby.

Si no podemos... sabemos cómo detenerlo.

Naruto entendió. No le gustó. Pero no discutió.

- Organízalos.

Kurama lo miró. Naruto sostuvo sus ojos.

-Ustedes son bestias legendarias. Nadie conoce mejor que ustedes lo que tienen enfrente.

Kurama enseñó los dientes.

¿Me estás dando el mando?

Naruto sonrió.

- Te estoy pidiendo que traigas a todos de regreso.

Kurama lo entendió. No ganar.
Regresar. Giró. Y rugió. Las bestias respondieron.

II. El clan Uchiha

Entonces llegaron los pasos. Muchos. Desde corredores laterales.
Desde niveles superiores. Desde puertas ocultas. Itachi giró. Y dejó de respirar.

-No...

Sasuke se quedó completamente inmóvil. Akio palideció. Izan sintió que las piernas dejaban de responderle. Personas. Decenas.
Hombres. Mujeres. Jóvenes. Adultos. Miembros del clan Uchiha.
Los conocían. Itachi reconoció familiares. Personas con quienes había cenado. Hombres que habían trabajado con su padre.

Mujeres que lo habían felicitado cuando asumió la dirección de Konoha Élite. Jóvenes que habían preguntado a Sasuke por su Sharingan. Todos tenían los ojos rojos. Sharingan. Uno tras otro. Pero las expresiones estaban vacías.
Sasuke susurró:

-¿Qué les hiciste?

Su primo sonrió.

-Lo necesario.

Itachi comenzó a temblar.

-¿Cuántos?

-Exactamente la mitad del clan.

Silencio. Aquello fue peor que cualquier golpe.

-Los que despertaron el Sharingan resultaron especialmente útiles.

Akio retrocedió. El enemigo lo miró.

-Tú tuviste suerte.

Akio endureció los puños.

-¿Suerte?

-Te salvaste porque ellos jamás se alejaron de ti.

Miró a Sasuke. Después a Itachi.

-Siempre vigilado. Siempre acompañado. Siempre entrenando con alguno de ellos.

Su mirada encontró a Izan. Y sonrió.

-En cuanto a ti...

Izan sintió frío.

-No sabía de tu existencia. Una lástima.

El Sharingan brilló.

-Habrías sido un gran muñeco bajo mi control.

Izan activó instantáneamente sus ojos. Sharingan izquierdo.
Byakugan derecho.

-Vuelve a llamarme muñeco.

Naruto extendió un brazo delante de él. No para frenarlo. Para recordarle que no estaba solo.
Sasuke dio un paso.




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