El Legado De Las Almas

El hijo de la arena negra

El Juuby era libre. Por primera vez en años, quizás décadas, ninguna voz ajena atravesaba su mente.
Ningún Sharingan le ordenaba atacar. Ninguna cadena mental convertía sus diez colas en armas. Nadie decidía hacia dónde debía mirar. A quién debía odiar. A quién debía destruir.

Y aquello parecía haberlo dejado desconcertado. La gigantesca criatura permanecía en medio de la fortaleza con sus diez colas de fuego desplegadas como un abanico solar. Las llamas doradas y blancas iluminaban los restos de metal, las paredes destrozadas y los rostros de quienes todavía intentaban comprender que aquella bestia que minutos atrás había estado intentando matarlos, ahora permanecía tranquilamente junto a Kurama, Matatabi, Nemea, los dragones, el Fénix y la serpiente azul. Kurama levantó la cabeza.

Eres libre.

El Juuby lo miró.

Sí.

Entonces puedes marcharte.

La bestia permaneció inmóvil.
Kurama inclinó la cabeza.

¿No quieres?

El Juuby miró alrededor. Naruto lo sintió antes de comprenderlo. No buscaba una salida. Buscaba a alguien.

-Oh, no -murmuró Naruto.

Mía giró.

-¿Qué?

-Creo que está buscando un humano.

Deidara abrió muchísimo los ojos.

-¿AHORA?

Itachi lo miró.

-¿Existe un momento apropiado?

-No sé. Quizás después de derrotar al psicópata.

El líder de Eclipse los contemplaba desde el otro extremo de la cámara.
Su rostro se había endurecido. Había perdido el control del Juuby.
Había perdido la mitad de su ejército. Sus Uchiha estaban siendo liberados uno tras otro.

Y ahora contemplaba cómo aquello que había considerado su arma más poderosa decidía qué hacer con su propia existencia. El Juuby caminó.
Una pisada. La fortaleza tembló.
Otra. Todos retrocedieron instintivamente.

-Tranquilos -dijo Naruto.

La criatura pasó junto a él.
Naruto parpadeó.

-Bueno.

Mía sonrió.

-No eres tú.

-No dije que fuera yo.

-Tu cara sí.

-Mi cara no dijo nada.

El Juuby pasó junto a Boruto. La sombra del Kyūbi humano todavía se alzaba detrás del adolescente.
Ambos se miraron. Boruto levantó lentamente una mano.

-Hola.

Juuby continuó caminando. Boruto quedó con la mano levantada. Mitsuki le palmeó el hombro.

-Lo intentaste.

-Gracias.

Pasó junto a Gaara. Se detuvo. Gaara abrió los ojos. Durante un instante pareció que...

No.

La bestia continuó. Y entonces se detuvo delante de Izan. Silencio.
Izan levantó lentamente la cabeza.
Sharingan en el ojo izquierdo.
Byakugan en el derecho. Cabellos negros alborotados hasta los hombros. Y una expresión que pasó de firmeza absoluta a desconcierto infantil en aproximadamente medio segundo.

-¿Qué?

El Juuby bajó la cabeza. Izan retrocedió.

-No.

La bestia acercó el hocico. Izan retrocedió otra vez.

-No, no, no.

Deidara empezó a sonreír.

-Creo que sí.

-¡¿QUÉ QUIERE?!

Boruto se encogió de hombros.

-Probablemente tú.

-¡¿POR QUÉ?!

Mitsuki respondió con absoluta serenidad:

-Las bestias te aman.

Izan lo miró horrorizado.

-¡ESO NO ES UNA EXPLICACIÓN!

La serpiente azul emitió mentalmente:

Es suficiente explicación.

Izan señaló a la serpiente.

-¡TÚ NO AYUDAS!

Juuby inclinó todavía más la cabeza.
Su frente quedó delante de Izan. El adolescente se quedó quieto. Y entonces sintió algo. No palabras.
Una emoción. Soledad. Siglos de ella. Control. Violencia. La imposibilidad de elegir. Y después,
una pregunta. Izan dejó de tener miedo.

-¿Me estás preguntando?

El Juuby cerró los ojos. Izan comprendió. No estaba reclamándolo. Estaba pidiendo permiso. El muchacho levantó lentamente una mano. La apoyó contra el hocico ardiente. Las llamas no lo quemaron. Eran cálidas.

-Puedes quedarte conmigo.

Los ojos dorados del Juuby se abrieron. Y la fortaleza se llenó de luz.

I. El humano del diez colas

La transformación fue inmediata. La bestia comenzó a encogerse.

-¿Qué está haciendo? -preguntó Sakura.

Kurama sonrió.

Eligiendo.

Diez metros. Cinco. Dos. Uno. Cincuenta centímetros. Treinta.
Finalmente una diminuta criatura de fuego quedó sentada en el suelo.
Tenía el tamaño aproximado de un gato pequeño. Diez colitas de fuego se agitaban detrás de ella. Izan la contempló.

-No puede ser.

Juuby saltó.

-¡AH!

Cayó directamente sobre su hombro. Izan quedó rígido. La pequeña criatura acomodó sus patas. Restregó la cabecita contra su mejilla. Una vez. Dos. Después las diez colitas comenzaron a acomodarse alrededor de sus hombros y cuello como una bufanda viviente. Izan no se movía.

-Está...

Hanabi sonrió.

-Sí.

-¿Está abrazándome?

Boruto:

-Sí.

Izan miró a Naruto.

-¿Qué hago?

-¿Por qué me preguntas a mí?

-¡TÚ TIENES UNO!

Kurama se ofendió.

"Uno".

Naruto levantó las manos.

-¡No quiso decirlo así!

Kurama:

Dieciséis años juntos para terminar reducido a "uno".

Mía:

-Problemas familiares después.

Izan intentó acariciar la cabeza del Juuby. La criatura cerró los ojos.
Feliz. Izan sonrió. Y algo extraño ocurrió. Todas las demás bestias legendarias se acercaron. La serpiente azul. Matatabi. Nemea. Los dragones. Fénix. Kurama. Incluso Yoru, aunque permaneció parcialmente envolviendo a Gaara.
Deidara observó aquello.

-Es oficial.

Kakashi:

-¿Qué?

-Izan colecciona bestias legendarias.

-No las colecciona.

-Entonces ellas coleccionan a Izan.

Boruto señaló.

-Eso tiene más sentido.

Izan:

-¡NO TIENE NINGÚN SENTIDO!

La serpiente azul intentó subir al otro hombro.

-¡NO HAY ESPACIO!

Juuby abrió un ojo. Miró a la serpiente. La serpiente miró al Juuby. Izan tragó saliva.




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