Neji Hyuuga había enfrentado ejércitos. Había abierto portales entre dimensiones. Había contemplado enemigos capaces de destruir mentes. Había visto despertar recuerdos de vidas que habían terminado hacía más de mil años. Había protegido a Mía. Había estado a punto de perderla.
Había aprendido a dominar el Byakugan, su telequinesis, sus recuerdos corporales y una cantidad absurda de técnicas que, meses atrás, ni siquiera sabía que existían.
Nada de aquello se comparaba con el terror de encontrarse frente a un espejo a las siete y cuarenta y tres de la noche intentando decidir si la camisa negra era demasiado formal.
-Esto es ridículo.
Fénix, sentado sobre la cama, inclinó la cabeza. Neji levantó otra camisa.
Blanca.
-¿Esta?
Fénix lo miró.
-¿Eso significa sí?
Silencio.
-Eres completamente inútil.
Fénix abrió las alas.
-No te ofendas.
Neji volvió a mirar el espejo. Pantalón negro elegante. Camisa blanca. Chaqueta negra. Nada exagerado. Nada aristocrático. Nada que pareciera preparado para una recepción del clan Hyuuga.
Simplemente él. Aunque llevaba veintisiete minutos acomodándose el cabello. Fénix volvió a mirarlo.
-Ni una palabra.
El ave emitió un pequeño sonido.
-Sé lo que estás pensando.
Fénix no estaba pensando nada parecido. Pero Neji necesitaba discutir con alguien. Miró el reloj.
19:46.
La reserva era para las 20:30. La mesa estaba confirmada. Junto a la ventana. El restaurante sabía que necesitaba privacidad. El menú estaba preparado. El postre, Neji se quedó quieto. El postre. Tomó inmediatamente el teléfono. Fénix ladeó la cabeza.
-Solo voy a confirmar.
Marcó. Lo atendieron.
-Buenas noches. Habla Neji Hyuuga. Tengo una reserva para las veinte treinta.
Escuchó.
-Sí.
Otra pausa.
-La mesa junto a la ventana.
Confirmada.
-¿Y el postre?
Confirmado.
-Perfecto.
Colgó. Fénix lo observaba. Neji frunció el ceño.
-¿Qué?
El ave continuó mirándolo.
-No estoy obsesionado.
Fénix pestañeó.
-Quiero que salga bien.
Silencio. Entonces Neji bajó lentamente la mirada.
-Esta vez tiene que salir bien.
Aquello ya no era gracioso. Fénix abandonó la cama. Voló hasta él. Y apoyó suavemente la cabeza contra su hombro. Neji cerró los ojos.
-Lo sé.
Acarició sus plumas.
-Lo sé.
Respiró profundamente. Después miró hacia el pequeño cajón de su escritorio. Y el mundo pareció detenerse. No por ningún don. No por Mía..No por Naruto.
Simplemente porque dentro de aquel cajón había permanecido durante demasiado tiempo una parte de la historia que ninguno de los dos había podido terminar. Neji caminó hasta allí. Abrió.
La pequeña caja seguía exactamente donde la había guardado. La tomó. No necesitó abrirla. Sabía perfectamente qué había dentro. Oro..Una piedra celeste..Del color de los ojos de Mía. El mismo anillo. No otro. Ese. El que había comprado antes de la montaña. El que debía haber terminado en la mano de Mía aquella primera vez. El que había permanecido escondido mientras Neji aprendía a perdonarse sin olvidar. Fénix lo miró.
-No voy a cambiarlo - El ave permaneció quieta -Tiene que ser este.
Neji sostuvo la caja entre los dedos.
-Porque esta vez quiero terminar lo que empecé.
La guardó en el bolsillo interior de la chaqueta. Y respiró.
-Vamos.
La segunda primera cita
Mía no sabía dónde iban. Eso ya era sospechoso.
-Neji.
-¿Sí?
-¿Adónde vamos?
-A cenar.
-Eso ya lo dijiste.
-Entonces ya conoces la respuesta.
Mía entrecerró los ojos. Neji siguió caminando. Ella llevaba pantalones negros elegantes, una blusa naranja delicada y una chaqueta negra. Su cabello rubio caía libremente por su espalda. Neji la había mirado cuando apareció. Durante aproximadamente diez segundos.
Sin decir nada. Hasta que Mía preguntó:
-¿Vas a hablar?
Neji había respondido:
-Estoy intentándolo.
Ella había reído. Ahora caminaban por las calles iluminadas de Konoha.
Sin escoltas. Sin compañeros. Sin amenazas. Sin enemigos. Sin periodistas. Sin científicos. Sin historiadores persiguiendo reencarnaciones. Sin ninjutsu. Sin dones. Mía no detenía el tiempo.
Neji no abría portales. Ninguno necesitaba hacerlo. Fénix volaba tranquilamente algunos metros detrás.
Mía volvió a mirar a Neji. Había algo raro. No malo. Solo...
-Estás nervioso.
-No.
-Neji.
-Estoy perfectamente tranquilo.
-Te acomodaste la manga siete veces.
Neji dejó inmediatamente de tocarla. Mía sonrió.
-Ocho.
-Cállate.
Ella rio. Y entonces doblaron una esquina. Mía se detuvo. Neji continuó dos pasos antes de darse cuenta. Volvió la cabeza. Ella no estaba mirando al chico. Miraba el edificio. El restaurante. Lujoso.
Elegante. Iluminado con una calidez dorada. Enormes ventanales. Mesas delicadamente preparadas.
Y una entrada que Mía reconoció haberla atravesado tan solo una vez, sintiéndose vacía debido a una cita que jamás existió. Porque había oído hablar de aquel lugar. Mucho. Demasiado. Su sonrisa desapareció. Neji quedó inmóvil. Mía lo miró.
-Neji...
Él tragó saliva.
-Sí.
Los ojos celestes bajaron hacia la entrada. Después volvieron hacia él.
-¿Es...?
-Sí.
Silencio.
-¿El mismo?
Neji asintió.
-El mismo restaurante.
Mía dejó escapar lentamente el aire.
Y de repente todo lo ocurrido durante aquellos meses pareció regresar. La montaña. El rostro pétreo del Cuarto Hokage. Las palabras. El ramen despreciado. El apellido. La orfandad utilizada como arma. El dolor. Pero también todo lo que había sucedido después.
Neji, destrozado al descubrir la mentira. Naruto enfrentándolo.
Hanabi confesando. La culpa. La recuperación. Las conversaciones. Las lágrimas. Las peleas. Los momentos absurdos. Los enemigos. Las reconciliaciones. La vida. Mía miró otra vez el restaurante.