Capítulo 2: La Danza de la Serpiente
El salón de actos del hotel más exclusivo de la ciudad estaba abarrotado. El olor a perfume caro y tabaco puro impregnaba el aire. Marco caminaba entre los asistentes como si fuera el dueño del mundo, saludando con una arrogancia que me daba náuseas. Dante y yo entramos juntos, vestidos para la ocasión: él con un traje negro impecable que marcaba su figura atlética, y yo con un vestido de seda que ocultaba, bajo su elegante caída, la frialdad de una mujer que ya no temía a nada.
Al vernos, la sonrisa de Marco se ensanchó. Se acercó a nosotros, rodeándonos con sus brazos como si fuéramos sus aliados más preciados.
—¡Dante! ¡Andrielys! Me alegra ver que finalmente han decidido unirse al lado correcto de la historia —dijo Marco en voz alta, para que todos los presentes pudieran oírlo—. El viejo Valerio está perdiendo el toque. Es hora de una nueva era, una donde los jóvenes tomemos las riendas.
Dante mantuvo su máscara de frialdad, asintiendo con la cabeza. —El mundo cambia, Marco. Y nosotros no somos de los que se quedan atrás.
Yo le dediqué una sonrisa encantadora, la clase de sonrisa que desarma a cualquier hombre. —Estamos aquí para apoyarte, Marco. Sabemos lo que has estado planeando, y tenemos que admitir que es impresionante.
La mirada de Marco brilló con codicia. Nos llevó a una mesa apartada, lejos de los oídos indiscretos. Durante horas, nos desglosó su plan con una confianza que rozaba la estupidez. Nos contó sobre sus contactos en la policía, sobre los cargamentos que interceptaría esa misma noche y sobre cómo planeaba dejar a nuestro padre fuera de juego permanentemente. Cada palabra que decía era una confesión que lo hundía más en el abismo que nosotros habíamos cavado para él.
Mientras él hablaba, yo notaba cómo la tensión en Dante iba en aumento. No era solo por la traición de su hermano; era por la forma en que Marco se atrevía a hablar de nosotros, de nuestro futuro, como si fuera algo que él pudiera controlar. Pero seguimos el juego. Asentimos, brindamos con champán y alimentamos su ego hasta que estuvo completamente convencido de que éramos sus cómplices más leales.
Cuando la reunión terminó, Marco se despidió de nosotros con un apretón de manos firme, convencido de que tenía el control absoluto. Mientras salíamos del hotel, el aire frío de la noche nos golpeó la cara. Dante se detuvo y me miró, sus ojos oscuros reflejando la determinación de quien sabe que no hay vuelta atrás.
—Mañana, cuando el sol salga, Marco entenderá que nunca tuvo el control —dijo Dante en un susurro—. Todo lo que ha hecho hoy, cada palabra que ha dicho, será la soga que lo ahorque.
Yo asentí, sintiendo cómo el poder se asentaba en mis manos. Nuestra verdadera historia apenas comenzaba, y el juego de los mil movimientos estaba lejos de terminar.