Capítulo 4: La Sombra de la Duda
La mansión se sentía diferente después de la purga. El silencio ya no era de luto, era de vigilancia. Dante y yo habíamos pasado las últimas cuarenta y ocho horas revisando los registros de seguridad, y lo que encontramos nos heló la sangre: alguien había desactivado las alarmas internas la noche en que nuestro padre murió.
—No fue un accidente, Andrielys —dijo Dante, arrojando una tablet sobre la mesa de caoba. Su rostro estaba tenso, una máscara de piedra—. Fue un trabajo interno. Alguien que conocía los códigos, alguien en quien confiamos.
Sentí un vacío en el estómago, pero lo convertí en rabia pura. Nuestro jefe de seguridad, Marco, había estado con nosotros desde que éramos niños. Era casi un hermano.
—No lo mates todavía —le dije, mi voz sonando más fría de lo que esperaba—. Si lo eliminamos ahora, perderemos el rastro de quién le pagó. Necesitamos saber quién más está involucrado. Él es solo el peón, Dante. Hay alguien moviendo los hilos desde las sombras, alguien que cree que somos lo suficientemente ingenuos para no mirar hacia adentro.
Dante me miró, y por un segundo, vi el reflejo de mi propia determinación en sus ojos. —Bien. Lo mantendremos vivo... por ahora. Pero si descubro que él tocó algo más, no habrá piedad.