Lucía regresó a la conciencia con el sabor del vino todavía en la boca.
Durante unos segundos no supo dónde estaba. El suelo parecía inclinado y las voces llegaban desde muy lejos, deformadas por una corriente de agua.
—¡Aparta la mesa!
—¡Que alguien llame a una ambulancia!
—¡No hay señal!
—¡Elizabeth!
Lucía intentó incorporarse. Sus manos resbalaron sobre el mantel húmedo. El vino derramado se había extendido hasta el borde de la mesa y goteaba sobre el suelo.
Elizabeth estaba tendida junto a su silla.
Tenía los ojos cerrados y una mano contra el pecho. Su cabello se había soltado parcialmente y cubría una parte de su rostro. La otra mano permanecía extendida hacia la jarra de cristal.
La jarra.
Lucía la miró.
Estaba casi llena. El agua temblaba en su interior por las vibraciones del trueno.
—No la muevan —dijo alguien.
—¿Qué?
—No toquen nada.
La voz pertenecía a Aitana. Sonaba firme, demasiado firme para alguien que acababa de presenciar una muerte.
Raúl rodeó la mesa y se arrodilló junto a Elizabeth.
—¿Respira?
Jorge se agachó a su lado.
—No lo sé.
—Compruébalo.
—No soy médico.
—¡Pues haz algo!
Raúl acercó los dedos al cuello de Elizabeth. Su mano temblaba. El tic de su ojo apareció durante un instante y desapareció después.
Lucía se puso de pie con dificultad.
El comedor se balanceó.
Esteban la sujetó por la cintura antes de que volviera a caer.
—Despacio.
—Estoy bien.
—No lo estás.
—Elizabeth…
—Quédate aquí.
—Tengo que ayudar.
—Ya hay demasiada gente alrededor.
Lucía intentó apartarse, pero la fuerza abandonó sus piernas. Esteban la condujo hasta una silla cercana y la sentó.
—Respira.
—No puedo.
—Sí puedes. Mírame.
Lucía levantó los ojos hacia él.
Su rostro volvía a dividirse en los bordes. La luz de las velas dibujaba sombras profundas bajo sus pómulos. Durante un segundo, creyó que estaba sentado junto a ella en otra habitación, muchos años atrás. Una habitación blanca. Una ventana cerrada. La voz de su madre repitiendo que alguien había cambiado las cerraduras.
Parpadeó.
Esteban seguía allí.
—¿Qué has tomado? —preguntó.
—Nada.
—¿Has bebido?
—Una copa.
—¿Solo una?
Lucía frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque estás desorientada.
—Estoy asustada.
—No es lo mismo.
La frase fue pronunciada con suavidad, pero le provocó un escalofrío.
Al otro lado del comedor, Raúl se levantó.
—No tiene pulso.
Jorge retrocedió.
—No puede ser.
—Hay que intentar reanimarla.
—¿Con qué? —preguntó Aitana—. No tenemos equipo.
—Podemos llevarla al coche.
—¿Con esta tormenta?
Raúl miró hacia las ventanas.
El viento golpeó los cristales con tanta fuerza que uno de los marcos vibró. Afuera, la lluvia caía en diagonal. El jardín había desaparecido detrás de una cortina gris.
—Hay que llamar a emergencias —dijo Luis.
Sacó el teléfono y levantó el brazo.
—No hay señal.
Julián hizo lo mismo. Después caminó hasta una de las ventanas, la abrió y extendió el dispositivo hacia la oscuridad.
—Nada.
—Prueba en el vestíbulo —dijo Raúl.
—Ya lo hice.
—Entonces sube.
—¿Crees que la señal va a mejorar por estar en el piso de arriba?
—¡Hazlo!
Julián lo miró con desprecio, pero obedeció.
Raúl se inclinó de nuevo sobre Elizabeth. Durante unos instantes trató de presionar su pecho. Sus movimientos eran torpes y desesperados.
—Vamos —murmuró—. Vamos, Elizabeth.
Lucía observaba la escena sin lograr apartar la mirada.
No entendía qué había ocurrido.
Elizabeth estaba hablando hacía menos de un minuto. Había mencionado la jarra. Había mirado a Esteban. Después se había llevado una mano al cuello y había caído.
El recuerdo se interrumpía ahí.
O quizá no.
Había algo más.
Un instante entre el momento en que Elizabeth se levantó y su caída. Algo que Lucía no lograba atrapar. Una figura junto a la mesa. Una mano. El sonido de una copa.
Cerró los ojos.
La imagen desapareció.
—¿Lucía?
Abrió los ojos.
Aitana estaba frente a ella.
—¿Qué?
—Te pregunté si viste lo que ocurrió.
Lucía la miró.
—Elizabeth se cayó.
—Eso ya lo sabemos.
—No sé qué más quieres que diga.
—Quiero saber si alguien se acercó a ella.
—Todos estábamos aquí.
—No te he preguntado eso.
Esteban se interpuso entre ambas.
—Ahora no.
Aitana no apartó los ojos de Lucía.
—Es importante.
—Lo importante es que Elizabeth está muerta —dijo Esteban.
La palabra quedó suspendida en el aire.
Muerta.
Lucía miró de nuevo hacia el cuerpo.
El rostro de Elizabeth había adquirido una palidez cerosa. El cuello mostraba una marca rojiza, quizá causada por el borde del vestido. La mano seguía extendida hacia la jarra.
—Ella dijo algo —murmuró Lucía.
—¿Qué dijo? —preguntó Raúl.
Todos la miraron.
Lucía sintió que el comedor se encogía.
—Dijo… la jarra.
—¿Eso fue todo? —preguntó Aitana.
—Creo que sí.
—¿Crees?
—No lo sé.
Raúl miró la jarra. Después miró la copa volcada de Elizabeth.
—Nadie toque el agua.
—¿Por qué? —preguntó Luis.
—No lo sé.
—Acabas de decir que no la tocáramos.
—Porque tampoco sabemos qué ha pasado.
Aitana avanzó un paso hacia la mesa.
—Alguien debe apartarla.
—He dicho que no.
—Si hay algo dentro, quizá podamos saberlo.
—No somos investigadores.
—Precisamente por eso no deberíamos destruir las pruebas.
La palabra pruebas provocó un cambio casi imperceptible en los presentes.
Jorge se volvió hacia ella.
—¿Estás diciendo que esto no fue un accidente?
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Editado: 18.10.2026