El Legado de Vidrio

El primer vacío

La campana dejó de sonar.

Durante unos segundos, nadie se movió.

Lucía permaneció junto a la puerta del comedor, con la espalda pegada a la pared y el dedo índice todavía manchado de sangre. El silencio que siguió al tañido parecía más profundo que el de antes. Incluso la tormenta se había apartado, como si la casa contuviera el aliento.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó Jorge.

—Una campana —respondió Julián.

—Eso ya lo sabemos.

—Entonces no preguntes.

Raúl levantó el teléfono para iluminar el pasillo.

—¿Quién la ha tocado?

—Nadie ha salido del comedor —dijo Luis.

—Esteban y Aitana sí salieron.

Todos miraron hacia la puerta.

Lucía sintió que algo se movía dentro de su cabeza. Una presión detrás de los ojos. Un zumbido que crecía y se apagaba por momentos.

—Esteban fue a buscar una linterna —dijo.

—¿Y Aitana? —preguntó Raúl.

—Lo acompañó.

—¿Hace cuánto?

Lucía abrió la boca, pero no pudo contestar.

No sabía cuánto tiempo había pasado.

Un minuto. Cinco. Una hora.

La oscuridad alteraba el tamaño de los instantes.

—Voy a buscarlos —dijo Raúl.

—No —respondió Lucía.

Todos volvieron a mirarla.

No entendía por qué había hablado.

Raúl frunció el ceño.

—¿Por qué no?

Lucía miró hacia el pasillo. La silueta que había visto seguía presente en su memoria, aunque no estaba segura de haberla visto realmente. Alta. Delgada. Inmóvil.

—Porque… quizá ya regresen.

—¿Estás defendiendo a Esteban?

—No.

—Entonces, ¿qué estás haciendo?

—No lo sé.

La respuesta dejó a Raúl sin palabras.

Jorge se levantó despacio.

—No podemos seguir aquí sentados. Elizabeth está muerta y no sabemos si hay alguien más en la casa.

—Todos estamos aquí —dijo Luis.

—Eso creemos.

Aitana apareció en la puerta antes de que nadie pudiera contestar.

Llevaba una linterna en la mano. La luz le cortaba el rostro en dos: un lado iluminado, el otro hundido en la sombra.

—El generador está inundado —dijo—. No se puede encender.

—¿Y Esteban? —preguntó Raúl.

—Viene detrás de mí.

—¿Dónde estaba?

—En el corredor de servicio.

—¿Los dos?

Aitana lo miró con indiferencia.

—¿Insinúas algo?

—Estoy intentando entender lo que ocurre.

—Entonces empieza por aceptar que una tormenta puede apagar una casa.

—La tormenta no mató a Elizabeth.

Aitana dirigió la luz hacia el cuerpo.

—Eso todavía no lo sabemos.

La frase provocó un murmullo incómodo.

Esteban entró detrás de ella. Traía dos linternas más y una manta doblada sobre el brazo.

—Hay que trasladarla —dijo.

—¿Trasladarla adónde? —preguntó Jorge.

—A una habitación. No podemos dejarla aquí, en medio de la mesa.

—No deberíamos moverla —repuso Raúl.

—Tampoco podemos mantenerla en el comedor toda la noche.

—Precisamente porque no sabemos de qué murió.

—Está muerta, Raúl.

Esteban pronunció la frase con cansancio, como si llevara horas intentando mantener la calma.

Lucía lo observó.

Había algo extraño en su rostro. No parecía afectado de la misma forma que los demás. Raúl estaba pálido. Jorge respiraba con dificultad. Luis no dejaba de mirar hacia las ventanas.

Esteban, en cambio, parecía concentrado.

Demasiado concentrado.

—Podemos llevarla al ala este —dijo Aitana—. Hay una habitación vacía.

Raúl se volvió hacia ella.

—¿Por qué sabes eso?

—Porque me enseñaron la casa al llegar.

—¿Quién?

—Elizabeth.

Aitana sostuvo la mirada de Raúl.

—¿Algún otro interrogatorio?

Raúl no respondió.

Entre Esteban y Jorge levantaron el cuerpo. Lucía apartó la mirada cuando la cabeza de Elizabeth cayó hacia un lado. Un mechón de cabello le cubrió la cara y dejó al descubierto la marca rojiza de su cuello.

La mano derecha quedó colgando.

El broche de cinco pétalos brilló bajo la luz de la linterna.

Lucía sintió un latido agudo en las sienes.

Había visto ese broche antes.

No esa noche.

Mucho antes.

Una habitación blanca. Una caja de madera. La voz de su madre diciendo que las flores podían esconder semillas venenosas.

La imagen se quebró.

Lucía se llevó una mano a la frente.

—¿Te duele la cabeza? —preguntó Esteban.

—No.

—Te has puesto blanca.

—Estoy bien.

—Deja que te ayude.

—No necesito que me ayudes.

La respuesta salió con más brusquedad de la que pretendía.

Esteban se detuvo.

Durante un instante, su expresión amable desapareció. Después volvió a ocupar su lugar.

—Como quieras.

El grupo salió del comedor en silencio.

Lucía permaneció unos pasos detrás. Al pasar junto a la mesa, miró la jarra. El agua seguía dentro, transparente y quieta. Una gota se deslizaba por el cristal hasta perderse sobre el mantel.

La copa de Elizabeth estaba rota en el suelo.

Lucía se agachó.

Entre los fragmentos había un reflejo oscuro.

No era vino.

Parecía una pequeña mancha aceitosa, casi imperceptible, pegada al borde del cristal.

Lucía extendió la mano.

—No toques eso.

La voz de Aitana sonó detrás de ella.

Lucía se incorporó.

—¿Por qué?

—Porque no sabes qué es.

—Tú tampoco.

—Por eso mismo.

Aitana le quitó la linterna de la mano y enfocó los fragmentos.

—Si alguien pregunta, no has visto nada.

—¿Eso es una orden?

—Es un consejo.

—No necesito tus consejos.

—Eso parece.

Aitana se alejó hacia el pasillo.

Lucía miró de nuevo la mancha. El brillo había desaparecido. Solo quedaban los trozos de cristal y una fina línea de vino sobre la madera.

Se preguntó si realmente había visto algo.

El ala este estaba más fría que el resto de la casa. Las ventanas no cerraban bien y el viento se filtraba por las rendijas. La habitación que Aitana había mencionado tenía paredes revestidas de madera oscura, una cama estrecha y una chimenea apagada.




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