Lucía despertó con el cuello rígido y la boca seca.
Durante unos segundos no reconoció el lugar. Sobre su cabeza, las vigas del salón se cruzaban como líneas negras. El fuego de la chimenea se había reducido a un resplandor rojizo y, más allá de los ventanales, la tormenta seguía golpeando la hacienda.
Se incorporó despacio.
No recordaba haberse quedado dormida.
La última imagen que conservaba era la de Esteban sentado frente a ella, con una taza entre las manos. Le había dicho que bebiera algo caliente. Después, nada.
Miró la mesa baja.
Había una taza vacía junto a un plato con dos galletas intactas. En el fondo de la taza quedaba una película pálida, casi transparente.
Lucía la tomó.
El olor era dulce. Apenas perceptible.
—¿Qué haces?
La voz de Aitana la sobresaltó.
Estaba de pie junto a la puerta del salón, con los brazos cruzados y el cabello recogido de cualquier manera. No parecía haber dormido.
Lucía dejó la taza sobre la mesa.
—Nada.
—Llevas un rato mirándola.
—¿Cuánto tiempo?
Aitana observó el reloj de pared.
—Casi las nueve.
Lucía volvió la mirada hacia el ventanal. La luz gris del amanecer se filtraba por las cortinas. Le pareció imposible que hubieran pasado tantas horas.
—¿He dormido?
—Eso deberías saberlo tú.
—No lo sé.
Aitana esbozó una sonrisa breve.
—Ese parece ser el problema.
Lucía se puso de pie. La habitación se inclinó ligeramente hacia un lado. Apoyó una mano sobre el respaldo del sillón.
Aitana no se movió para ayudarla.
—¿Dónde están los demás?
—Raúl está en el despacho intentando conseguir señal. Julián y Luis revisan el generador. Jorge no se ha separado de la habitación de Elizabeth.
—¿Y Esteban?
—No lo sé.
La respuesta fue inmediata, pero la mirada de Aitana se desvió hacia el pasillo.
Lucía lo notó.
—¿No lo sabes o no quieres decírmelo?
—¿Crees que estoy ocultándote algo?
—Creo que todos ocultan algo.
—Por fin dices algo sensato.
Aitana entró en el salón y tomó la taza.
—¿Esto me lo ha preparado Esteban?
—¿No lo recuerdas?
Lucía observó el líquido seco en el fondo.
—Me dijo que necesitaba descansar.
—Y tú obedeciste.
—No soy una niña.
—No he dicho que lo seas.
—Todo el mundo me habla así.
—Quizá porque te comportas como si fueras a romperte.
Lucía sintió una punzada detrás de los ojos.
—No sabes nada de mí.
—Sé lo suficiente.
—¿Qué significa eso?
Aitana dejó la taza sobre la mesa.
—Que Elizabeth te conocía mejor de lo que crees.
El nombre de su prima alteró el aire de la habitación.
Lucía miró hacia el pasillo. La puerta del ala este estaba al fondo, cerrada. Una franja de luz se filtraba por debajo.
—¿Puedo verla?
—¿Para qué?
—Para asegurarme de que está muerta.
Aitana la estudió con atención.
—Ya la viste caer.
—No recuerdo todo.
—Eso también lo has dicho.
Lucía sintió que la irritación crecía dentro de ella.
—¿Qué ocurrió después de que me desmayara?
—No te desmayaste.
—¿Entonces qué hice?
—Te quedaste sentada, mirando a Elizabeth. Estabas temblando. Esteban te llevó al salón.
—¿Y después?
—Después bebiste lo que te preparó y dormiste.
Lucía miró de nuevo la taza.
—¿Cuánto tiempo?
—Unas horas.
—¿Unas horas?
—¿Por qué te sorprende tanto?
Lucía no respondió.
Porque no recordaba haber cerrado los ojos. Porque la taza no le resultaba familiar. Porque había una parte de la noche que parecía haber sido arrancada de su cabeza.
Aitana se acercó a la chimenea.
—No deberías entrar en la habitación de Elizabeth.
—¿Por qué?
—Porque no sabes qué podrías encontrar.
—¿Eso es una advertencia?
—Es una descripción.
Antes de que Lucía pudiera responder, se oyó un ruido en el pasillo. Pasos firmes, seguidos por el roce de una puerta.
Esteban apareció junto a la entrada.
Llevaba la camisa arrugada y el rostro cansado, aunque sus ojos estaban demasiado despiertos.
—Ya estás levantada —dijo.
—¿Dónde estabas?
—Con Raúl.
—¿En el despacho?
—Sí.
—¿Qué hacías?
—Intentábamos comunicarnos con la ciudad.
—¿Lo consiguieron?
—No.
Esteban se acercó a ella.
—¿Cómo te encuentras?
—No lo sé.
—¿Te duele la cabeza?
—Un poco.
—¿Náuseas?
Lucía lo miró con suspicacia.
—¿Por qué me haces tantas preguntas?
—Porque ayer casi te caes dos veces.
—Ayer murió Elizabeth.
—Lo sé.
—Y tú estás preocupado por mi dolor de cabeza.
—Estoy preocupado por las dos cosas.
Esteban bajó la voz.
—Necesitas comer algo.
—Necesito hablar con los demás.
—Primero come.
—No me des órdenes.
—No te las estoy dando.
—Suena exactamente así.
Él respiró hondo y miró a Aitana.
Durante un instante se produjo entre ambos un silencio extraño. No fue una mirada larga ni evidente. Apenas un intercambio fugaz, demasiado rápido para poder interpretarlo.
Pero Lucía lo percibió.
Aitana apartó los ojos.
—Raúl quiere que nos reunamos en el comedor —dijo—. Todos.
—¿Por qué? —preguntó Lucía.
—Para reconstruir lo ocurrido.
Esteban se tensó.
—No hace falta presionarla.
—No podemos seguir fingiendo que nada pasó —replicó Aitana—. Elizabeth está muerta y cualquiera de nosotros pudo haber tenido acceso a la jarra.
Lucía miró a Esteban.
—¿La jarra sigue en el comedor?
—Sí.
—¿Y la copa?
—También.
—¿Quién la ha tocado?
—Nadie —respondió Esteban.
Aitana lo observó.
—¿Estás seguro?
—Sí.
—Ayer dijiste que no debíamos tocarla. Esta mañana encontré los fragmentos de la copa apartados junto a la pared.
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Editado: 18.10.2026