El Legado de Vidrio

Murmullos en la oscuridad

El reloj de la habitación no hacía ruido, pero Lucía sentía el tictac en la base del cráneo, un martilleo sordo que sincronizaba con su pulso. Llevaba veinte minutos sentada al borde de la cama, mirando la puerta, esperando que alguien entrara. O esperando que la puerta se abriera sola.

El olor a alcanfor había vuelto. No venía del armario, sino de sus propios poros, o eso le parecía. Se frotó los brazos, notando la piel de gallina bajo la tela de la blusa. Necesitaba agua. Necesitaba aspirinas. Necesitaba saber que no estaba sola en esa casa, aunque la soledad acompañada de Luis, Jorge y Julián fuera probablemente peor que la soledad real.

Se levantó. El suelo crujió bajo sus pies como una queja. Al abrir la puerta, el pasillo estaba sumido en una penumbra azulada, iluminado solo por los relámpagos que morían en los ventanales del fondo.

No bajó las escaleras principales. Algo le dijo que no lo hiciera. Bajó por la escalera de servicio, esa que usaban los criados de la casa hace un siglo, con los peldaños de madera gastados en el centro.

Al llegar al nivel de la cocina, oyó las voces.

No eran susurros. Eran risas. Risas secas, nerviosas, que rebotaban contra las baldosas hidráulicas y el acero inoxidable de los fogones.

Lucía se detuvo en el umbral, oculta por la sombra del marco.

La cocina estaba iluminada por la luz amarilla de la campana extractora. Sobre la isla central, rodeada de taburetes altos, había una botella de vino tinto abierta. No era cualquiera. Lucía reconoció la etiqueta: un reserva de 1995, una de las joyas de la bodega que Raúl había prometido abrir "solo si el proyecto ganaba el premio nacional".

Luis estaba de pie, con la copa en la mano, pero no bebía. Removía el líquido mirando hacia el pasillo que conducía al salón, con los ojos entrecerrados, calculadores.

Jorge estaba sentado en un taburete, con la cabeza entre las manos. Lloraba. No era un llanto silencioso; eran sollozos húmedos, vergonzosos, que le sacudían los hombros. Tenía la camisa desabrochada hasta el pecho y una mancha de vino en el cuello, como si se le hubiera caído la copa encima y no le hubiera importado limpiarla.

Julián estaba en el fregadero, de espaldas a ellos. Fumaba. El humo azul se elevaba hacia el techo, mezclándose con el olor a corcho y a miedo.

—...digo que es ahora o nunca —estaba diciendo Luis. Su voz tenía un tono que Lucía no le conocía. No era la voz del compañero que le prestaba apuntes. Era la voz de un tiburón que huele sangre en el agua—. Raúl está en el salón con Aitana y el marido. Están distraídos. Si hay papeles, están en la chaqueta de Raúl o en su maletín.

—Estás loco —murmuró Jorge, sin levantar la cabeza—. Hay un cadáver en la casa, Luis. Un puto cadáver.

—Y mañana habrá una auditoría —replicó Luis, dando un sorbo al vino y haciendo una mueca de satisfacción—. Elizabeth murió justo cuando iba a abrir la boca. Si esos papeles desaparecen, el proyecto sigue. Y alguien tiene que liderarlo.

Lucía sintió que el estómago se le cerraba. *Alguien tiene que liderarlo.* No "quién la mató". No "cómo vamos a salir de esta". Sino "quién se queda con el puesto". Luis llevaba tres años sonriéndole en los pasillos, tres años diciendo "somos un equipo, tía", y ahora estaba planeando saquear el cadáver de su jefa antes de que el forense llegara.

—Yo no voy a tocar nada —dijo Jorge, levantando por fin la cara. Tenía los ojos rojos, hinchados, y la nariz goteando—. Yo no estuve allí. Yo no le di nada.

Julián se giró desde el fregadero. Tiró la ceniza al suelo de baldosa, un gesto de desprecio absoluto hacia la limpieza impecable de Elizabeth.

—Tú no le diste nada, Jorge —dijo Julián, con esa voz rasposa que usaba cuando quería parecer duro—. Pero sí te acostaste con ella.

El silencio que siguió fue tan denso que Lucía pudo oír el zumbido de la nevera.

Jorge palideció. El color se le retiró de la cara como si le hubieran desconectado un tubo.

—¿De qué... de qué hablas?

—No te hagas el tonto. —Julián apagó el cigarrillo en la encimera de mármol, dejando una mancha negra y grasienta—. Te vi. El mes pasado, en la obra. Salisteis juntos del contenedor de materiales. Y ella llevaba la blusa arrugada.

—Eso es mentira —susurró Jorge, pero su voz temblaba.

—¿Mentira? —Julián soltó una risa corta, cruel—. Tío, si la policía registra los móviles, estás jodido. "Cariño, no puedo dejar a Esteban, pero esta noche...". Eso pusiste en el WhatsApp. ¿O crees que lo borraste?

Jorge se llevó las manos a la cabeza y empezó a mecerse en el taburete.

—Me va a matar —gimió—. Esteban me va a matar. O la policía. O Raúl.

—Si Raúl encuentra los papeles primero, te culpará a ti —dijo Luis, imperturbable, como si estuviera comentando el parte meteorológico—. Tú tenías motivo. La amante despechada porque ella se casó con el jefe. O el empleado al que ella iba a despedir por acoso. Es un móvil perfecto, Jorge.

—¡Yo no la acosé! —gritó Jorge, rompiendo a llorar de nuevo.

—Da igual —dijo Julián, encendiendo otro cigarrillo con manos firmes—. Lo que importa es que si Raúl cae por el fraude, y Jorge cae por el affair... el camino queda libre.

Lucía se quedó helada. *El camino queda libre.*

Entendió entonces la mirada que se cruzaron Luis y Julián. No eran amigos. No eran compañeros. Eran dos depredadores que acababan de darse cuenta de que compartían la misma presa y estaban decidiendo quién se quedaba con el hueso más grande. Jorge no era un aliado; era el sacrificio necesario. El chivo expiatorio perfecto.

Y ella, Lucía, era la testigo incómoda.

Retrocedió un paso, intentando no hacer ruido, pero la madera del suelo traicionó. Un crujido seco, como un hueso al romperse.

Las tres cabezas se giraron hacia la puerta al unísono.

Luis dejó la copa sobre la mesa. Jorge se quedó paralizado, con la boca abierta. Julián sonrió.




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