El cuchillo brillaba bajo la luz mortecina que se filtraba por la ventana. No era un cuchillo grande. Era uno de los de la cocina, el del pan, con la hoja ancha y corta y el mango de madera oscurecida por el uso. Aitana lo sostenía con una naturalidad que helaba la sangre: no como quien amenaza, sino como quien sostiene una herramienta que sabe usar.
Lucía apretó el frasco contra su pecho. El vidrio estaba frío a través de la tela de la chaqueta. Podía oler las almendras amargas incluso con el corcho puesto, un olor dulzón y metálico que se le pegaba al fondo de la garganta.
—Yo no te voy a ayudar —dijo Lucía. Su voz salió más firme de lo que sentía.
Aitana ladeó la cabeza. El gesto era casi infantil, pero el cuchillo no se movió ni un milímetro.
—No te estoy pidiendo que me ayudes, cielo. Te estoy dando una opción.
—¿Una opción?
—Puedes gritar. Puedo cortarte antes de que lleguen. O puedes sentarte, cerrar la boca, y dejar que yo me encargue del resto. —Aitana dio un paso hacia ella. La punta del cuchillo bajó un centímetro, solo lo suficiente para que Lucía viera el reflejo de la vela en el acero—. Tú ya tienes lagunas de memoria. Nadie te va a creer. Y Raúl está tan asustado que dirá lo que yo le diga.
Lucía sintió que el suelo se inclinaba bajo sus pies. Aitana no estaba faroleando. Lo había planeado todo. Las lagunas mentales, el aislamiento, el fraude de Raúl, la acusación perfecta contra Lucía. Todo encajaba con una precisión que a Lucía le revolvió el estómago.
—¿Por qué? —preguntó.
Aitana se detuvo a dos metros. El cuchillo seguía apuntando al suelo, pero Lucía sabía que podía subir en una fracción de segundo.
—¿Por qué qué?
—¿Por qué Elizabeth? ¿Por qué ahora?
Aitana sonrió. Esta vez la sonrisa le llegó a los dos lados de la boca, pero no había calidez en ella. Había algo más antiguo, más oscuro. Algo que Lucía no había visto nunca en su rostro.
—¿Tú qué crees?
—El fraude. Raúl iba a ir a la cárcel. Tú ibas a perder tu puesto.
Aitana soltó una risa corta. Seca. Sin humor.
—El fraude es una excusa. Una cortina de humo. Raúl es un estafador mediocre. Si Elizabeth lo denunciaba, él iba a la cárcel y yo buscaba otro jefe. No vale la pena matar por eso.
—Entonces ¿qué?
Aitana no respondió de inmediato. Se acercó a la mesilla de noche y dejó el cuchillo sobre la madera, con un cuidado que a Lucía le pareció obsceno. Luego se sentó en el borde de la cama, con las manos cruzadas sobre el regazo, como si estuviera en una entrevista de trabajo.
—¿Recuerdas la facultad, Lucía?
La pregunta la pilló desprevenida. Lucía parpadeó. El frasco seguía apretado contra su pecho, pero el corazón le latía con fuerza en las sienes.
—Claro que lo recuerdo.
—¿Recuerdas las prácticas de tercer curso? El estudio de arquitectura de Bilbao. El que tenía el proyecto más prestigioso del año.
Lucía sintió que algo se aflojaba en su pecho. Un recuerdo que no había convocado llegó por su cuenta: el tablón de anuncios de la facultad, las listas de admitidos, las caras de decepción de los que no habían entrado.
—Elizabeth entró —dijo Lucía.
—Elizabeth entró —repitió Aitana. Su voz era plana, sin emoción—. Yo no.
Lucía la miró. Aitana seguía sentada en la cama, con las manos quietas, pero algo en su postura había cambiado. Ya no era la mujer del cuchillo. Era otra cosa. Algo más frágil, más antiguo.
—Yo envié mi solicitud —continuó Aitana—. La mejor de mi promoción. Mejor expediente, mejor portfolio, mejor carta de motivación. Elizabeth también la envió. Su expediente era bueno, pero no el mejor. Su portfolio era correcto, pero no brillante. Y sin embargo, ella entró. Yo no.
—No lo sabía —dijo Lucía.
—Claro que no. Elizabeth nunca lo mencionó. ¿Para qué iba a hacerlo? Ella tenía lo que quería. Siempre tuvo lo que quería. —Aitana se pasó una mano por el pelo, un gesto que Lucía no le había visto hacer nunca. No era ensayado. Era humano—. Pero yo sí lo supe. Supe que ella había entrado y yo no. Y supe por qué.
—¿Por qué?
Aitana levantó la vista. Sus ojos brillaban con algo que no era odio. Era otra cosa. Algo más denso, más pegajoso.
—Porque su padre conocía al dueño del estudio. Un simple café. Una recomendación casual. Nada ilegal. Nada sucio. Solo… contactos. Solo que ella los tenía y yo no.
Lucía sintió que el aire se espesaba. No era el olor a alcanfor. Era el peso de un rencor que llevaba años creciendo en silencio, alimentándose de pequeñas humillaciones cotidianas, hasta convertirse en algo irreconocible.
—Eso fue hace quince años —dijo Lucía.
—Lo sé.
—¿Y mataste a Elizabeth por eso?
Aitana no respondió de inmediato. Se puso de pie y caminó hacia la ventana. La luz de la tormenta entraba por el cristal, iluminando su rostro con destellos azulados que la hacían parecer más joven, más vulnerable.
—No la maté por eso —dijo por fin—. La maté por todo lo que vino después. Por cada vez que ella entraba en una sala y la gente la miraba. Por cada vez que Raúl le pedía opinión antes que a mí. Por cada vez que ella me sonreía con esa condescendencia educada, como si yo fuera una niña que necesita que la tranquilicen. —Aitana se volvió hacia Lucía—. ¿Sabes lo que es pasarte la vida entera viendo cómo alguien consigue todo sin esfuerzo? ¿Sabiendo que tú te matas trabajando y no es suficiente?
Lucía no respondió. Porque lo sabía. Lo había sentido ella misma durante años, mirando a Elizabeth desde la sombra, alimentando un rencor que ahora le parecía absurdo y pequeño comparado con lo que Aitana acababa de confesar.
—Tú también la odiabas —dijo Aitana. No era una pregunta.
—No la maté.
—No. Pero quisiste hacerlo. —Aitana dio un paso hacia ella—. Lo llevas escrito en la cara, Lucía. Yo solo te di el empujón que necesitabas para admitirlo.
Lucía sintió que el suelo se hundía bajo sus pies. Aitana estaba haciendo lo que siempre hacía: desviar la atención, convertir a Lucía en la culpable, usar su propio rencor contra ella. Pero esta vez Lucía no iba a morder el anzuelo.
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Editado: 18.10.2026