Esteban la miró con esos ojos cansados, enrojecidos, que no expresaban nada que Lucía pudiera descifrar. Detrás de ella, Aitana seguía de pie en el pasillo, con el cuchillo escondido ahora detrás de la espalda, pero con la sonrisa intacta. Esa sonrisa de un solo lado que helaba la sangre.
—Esteban —dijo Aitana, con esa voz suya que era miel y cuchilla a la vez—. Lucía me ha atacado. Está loca. Ha roto un frasco de veneno.
Lucía sintió que el suelo se inclinaba bajo sus pies. Esteban no dijo nada. Se limitó a mirarla, con esa expresión que no era dolor ni rabia, sino algo más complejo. Algo que parecía una mezcla de cansancio y desconfianza.
—¿Es verdad? —preguntó Esteban.
Lucía abrió la boca para responder, pero las palabras no salieron. Porque detrás de ella, Aitana dio un paso adelante, y Lucía vio el brillo del cuchillo en su mano. Y supo, con la certeza con la que se sabe que una tormenta no va a amainar, que si decía la verdad, Aitana la atacaría antes de que Esteban pudiera reaccionar.
—No fui yo —dijo Lucía por fin—. Fue Aitana. Ella envenenó la jarra de agua. Yo la vi.
Esteban la miró en silencio. Y Lucía vio en sus ojos algo que la heló: duda. No certeza. Solo duda. Pero era suficiente.
—Lucía —dijo Esteban, con esa voz baja y breve que siempre usaba, como si cada palabra le costara un esfuerzo—. Llevas dos días sin dormir. Estás agotada.
—No estoy agotada. —Lucía dio un paso hacia él—. Aitana vertió cianuro en la jarra. Lo encontré en su bolso. Un frasco de vidrio oscuro que olía a almendras amargas.
Aitana soltó una risa corta. Seca. Sin humor.
—Cielo, estás delirando. —Se acercó a Esteban, con el cuchillo todavía escondido detrás de la espalda—. Lleva horas diciendo cosas sin sentido. Primero vio a Elizabeth de pie junto a la chimenea. Ahora dice que yo la envenené. Mañana dirá que los muertos caminan.
Lucía sintió que el aire se espesaba. Aitana estaba haciendo lo que siempre hacía: desviar la atención, convertir a Lucía en la loca, usar su agotamiento contra ella. Y lo peor era que funcionaba. Porque Esteban la miraba con esa expresión de duda, y Raúl estaba en el salón con los documentos del fraude, y nadie iba a creerle.
—Tengo el frasco —dijo Lucía—. Lo tiré por la ventana. Se rompió. Pero el olor... el olor a almendras amargas sigue en la habitación.
Esteban miró hacia la ventana del pasillo. Estaba cerrada. No había ningún frasco roto en el alféizar. No había ningún olor.
—No hay nada ahí —dijo Esteban.
Lucía sintió que el suelo se hundía bajo sus pies. ¿Cómo podía ser? Ella lo había tirado. Lo había oído romperse contra el cristal. Había olido las almendras amargas. Pero ahora... ahora no había nada.
—Está en la habitación —dijo Lucía, señalando la puerta de Aitana—. El olor. El frasco.
Esteban miró a Aitana. Aitana sonrió. Solo la comisura izquierda. Solo ese milímetro exacto que a Lucía le revolvía el estómago desde hacía años.
—Puedes registrar mi habitación —dijo Aitana, con esa voz suya que era miel y cuchilla a la vez—. No tengo nada que ocultar.
Esteban no respondió. Se limitó a mirar a Lucía, con esa expresión que no era dolor ni rabia, sino algo más complejo. Algo que parecía una mezcla de cansancio y desconfianza.
—Lucía —dijo por fin—. Ve a tu habitación. Descansa.
—No puedo descansar. —Lucía dio un paso hacia él—. Aitana la mató. Tú lo sabes.
—Yo no sé nada. —Esteban se pasó una mano por el pelo mojado. El gesto fue lento, como si cada movimiento le costara un esfuerzo—. Solo sé que Elizabeth está muerta. Y que tú estás agotada.
Lucía sintió que algo se rompía en su pecho. No era dolor. Era otra cosa. Algo más antiguo. El rencor que había alimentado durante años, la envidia que había guardado como un secreto, el amor no correspondido que nunca había confesado. Todo eso se mezcló con la certeza de que Esteban no iba a creerle. Nunca iba a creerle.
—De acuerdo —dijo Lucía. Su voz sonó más débil de lo que esperaba—. Voy a mi habitación.
Se dio la vuelta y caminó por el pasillo, sintiendo las miradas de Esteban y Aitana en su espalda. No miró atrás. No podía. Porque si miraba atrás, si veía la duda en los ojos de Esteban, si veía la sonrisa de Aitana, iba a gritar. Y gritar no iba a servir de nada.
Cerró la puerta de su habitación detrás de ella. El clic del cerrojo sonó como un disparo en el silencio del pasillo.
Se apoyó contra la madera. La cabeza le daba vueltas. El corazón le latía con fuerza en las sienes. Y el olor a almendras amargas... el olor seguía allí. Lo olía en la habitación. Lo olía en su propia piel.
Pero no había ningún frasco. No había ninguna prueba. Solo su palabra contra la de Aitana. Y la palabra de Aitana siempre sonaba más razonable, más calmada, más cuerda.
Se sentó en el borde de la cama. Las manos le temblaban. Las apretó contra los muslos para detener el temblor, pero no sirvió de nada. El temblor venía de dentro, de algún lugar profundo donde el miedo y el agotamiento se mezclaban hasta volverse indistinguibles.
Cerró los ojos. Intentó recordar. Intentó reconstruir los minutos anteriores a la muerte de Elizabeth. La cena. Las copas. La conversación. Elizabeth de pie, hablando con Raúl. Los papeles en la mano. Y luego…
Nada.
Un vacío. Un espacio en blanco donde debería haber imágenes y solo había estática.
Abrió los ojos. La habitación estaba en penumbra, iluminada solo por el resplandor intermitente de los relámpagos que se filtraba por la ventana. Las sombras se movían en las paredes, alargándose y encogiéndose como si respiraran.
Y entonces la vio.
Elizabeth estaba de pie junto a la chimenea.
Lucía parpadeó. Elizabeth seguía allí. Llevaba el mismo vestido azul oscuro de la cena. El pelo recogido en el moño bajo. La piel cenicienta, pero los ojos vivos. Miraban directamente a Lucía. Sin pestañear. Sin moverse.
Lucía abrió la boca. No salió ningún sonido.
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Editado: 18.10.2026