El Legado de Vidrio

La confrontación

Las escaleras de piedra parecían más empinadas de lo que recordaba. Lucía subió con la carpeta del fraude apretada contra el pecho, el corazón latiendo con fuerza en las sienes. La vela que había encontrado en el pasillo iluminaba apenas dos peldaños por delante, y las sombras se alargaban contra las paredes como dedos que intentaran agarrarla.

Al llegar al rellano, se detuvo. El pasillo de la hacienda estaba en silencio, pero no era el silencio de la soledad. Era el silencio de la expectativa. Como si alguien estuviera esperando al otro lado de la puerta.

Empujó con el hombro. La madera cedió sin ruido.

El pasillo estaba vacío. Pero el olor a alcanfor seguía allí, más intenso que antes, mezclándose con el olor a tierra mojada que traía de la bodega. Lucía avanzó hacia el salón principal, con la carpeta bajo el brazo y la vela en la mano.

La puerta del salón estaba entreabierta. De dentro llegaba el murmullo de voces. No eran gritos. Eran tonos bajos, calculados, de esos que se usan cuando alguien está midiendo hasta dónde puede llegar.

Lucía empujó la puerta con el pie.

Raúl estaba de pie junto a la chimenea, con los brazos cruzados y la espalda apoyada en el marco de piedra. Su ojo izquierdo tenía el tic acelerado, un parpadeo rápido y frenético que le recorría toda la mejilla. Aitana estaba sentada en el sofá, con las piernas cruzadas y las manos sobre el regazo. Su sonrisa era la de siempre: fácil, ensayada, perfecta para las cenas de empresa. Pero Lucía, que llevaba tres años leyendo los silencios de su colega, notó la falsedad en el modo en que sus dedos tamborileaban sobre la tela del vestido.

Esteban no estaba.

—¿Dónde estabas? —preguntó Raúl. Su voz sonó demasiado alta, como si hablara en una iglesia vacía.

Lucía cerró la puerta detrás de ella. El clic del pestillo resonó en el salón como un disparo.

—En la bodega —dijo. Levantó la carpeta—. Encontré esto.

Raúl se apartó de la chimenea. El tic del ojo se le aceleró aún más.

—¿Qué es eso?

—Las carpetas de Elizabeth. Las del fraude. —Lucía caminó hacia la mesa auxiliar y dejó la carpeta sobre los planos—. Estaban en un arcón oculto tras una puerta secreta en el fondo de la bodega.

Aitana se incorporó en el sofá. Su sonrisa se ensanchó un milímetro.

—Qué interesante —dijo, con esa voz suya que era miel y cuchilla a la vez—. ¿Y cómo sabías dónde buscar?

Lucía la miró. Los ojos de Aitana brillaban con algo que no era curiosidad. Era evaluación. Como si estuviera tomando notas mentales.

—Elizabeth mencionó la bodega durante la cena —dijo Lucía—. Habló de la acústica de las salas de almacenamiento. Y luego, cuando bajé, encontré la puerta.

—Sola —dijo Aitana. No era una pregunta.

—Sola.

—En plena noche. Con una vela. —Aitana ladeó la cabeza—. Qué valiente. O qué temeraria.

Raúl se acercó a la mesa. Abrió la carpeta con dedos temblorosos. Sacó la primera factura y la sostuvo cerca de la luz de la chimenea. Lucía vio cómo sus ojos recorrían las cifras, cómo se detenían en las anotaciones en rojo de Elizabeth.

—Esto es… —empezó, y se interrumpió. Se pasó la mano por la nuca, el mismo gesto que hacía en las reuniones cuando quería ganar tiempo—. Esto es confidencial.

—Elizabeth está muerta —dijo Lucía—. La confidencialidad ya no le importa.

—Me importa a mí. Y le importa a la empresa.

—¿Qué escondes, Raúl? —Lucía dio un paso hacia él—. Elizabeth documentó los sobreprecios. Identificó a los responsables. Y tú guardaste los papeles en el bolsillo de la chaqueta y te negaste a mostrarlos.

Raúl apretó los labios. El tic del ojo se le había extendido a la comisura de la boca, un pequeño temblor que le subía y le bajaba por la mejilla izquierda.

—No estoy escondiendo nada —dijo por fin—. Elizabeth exageraba. Llevaba semanas trabajando demasiado, sin dormir bien. Se obsesionaba con cualquier detalle.

—¿Exageraba? —Lucía señaló la carpeta—. Hay docenas de facturas. Cifras en rojo. Nombres de proveedores. Esto no es una obsesión. Es una investigación.

—Elizabeth siempre necesitaba tener razón —dijo Aitana, con esa voz suya que era terciopelo y veneno a la vez—. Prefería inventar una conspiración antes que admitir que se había equivocado.

Lucía se volvió hacia ella. Aitana seguía sentada en el sofá, con las piernas cruzadas y las manos sobre el regazo. Su sonrisa no se había movido. Pero Lucía vio algo en sus ojos. Algo que no había visto antes.

Miedo.

—Tú sabías que Elizabeth había encontrado el fraude —dijo Lucía—. Hablaste con alguien en el pasillo anoche. Sobre los documentos. Sobre lo que Elizabeth había descubierto.

Aitana no respondió de inmediato. Se alisó el vestido con las palmas, un gesto distraído, casi maternal.

—No sé de qué hablas —dijo por fin.

—Te oí. Hablabas con alguien. Sobre los documentos. Sobre el fraude.

—¿Con quién hablas? —Raúl se volvió hacia Aitana. El tic del ojo se le había detenido por completo, y eso era peor que el parpadeo nervioso. Era la calma de alguien que está calculando.

—No hablé con nadie —dijo Aitana—. Estaba dando un paseo por el pasillo. No podía dormir.

—Mentira —dijo Lucía—. Había alguien contigo. Un hombre. No era Raúl. No era Esteban. Era alguien que no debería estar en la hacienda.

Aitana se puso de pie. El movimiento fue lento, estudiado, como si cada articulación respondiera a una coreografía ensayada.

—Lucía —dijo, con esa voz suya que era miel y cuchilla a la vez—. Llevas dos días sin dormir. Has estado viendo cosas que no existen. Sombras que se mueven. Voces que no están. Lagunas de memoria que no puedes explicar. —Aitana dio un paso hacia ella—. ¿No te parece que quizá deberías descansar?

Lucía sintió que el suelo se inclinaba bajo sus pies. Aitana estaba haciendo lo que siempre hacía: desviar la atención, convertir a Lucía en la loca, usar su agotamiento contra ella. Y lo peor era que funcionaba. Porque Raúl la miraba con esa expresión de duda, y Aitana seguía sonriendo, y nadie iba a creerle.




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