Lucía subió las escaleras de la bodega con la caja metálica apretada contra el pecho y la fotografía de las dos niñas en el bolsillo. El corazón le latía con fuerza en las sienes, pero no era el agotamiento de dos días sin dormir lo que la impulsaba. Era la certeza. La certeza de que Elizabeth la había traído a esa hacienda a propósito. La certeza de que Esteban sabía quién era ella. La certeza de que Aitana había estado manipulándola desde el principio.
Al llegar al pasillo, se detuvo. El olor a alcanfor seguía allí, más intenso que antes, mezclándose con el olor a tierra mojada que traía de la bodega. Lucía avanzó hacia el salón principal, con la caja bajo el brazo y la fotografía en el bolsillo.
La puerta del salón estaba entreabierta. De dentro llegaba el murmullo de voces. No eran gritos. Eran tonos bajos, calculados, de esos que se usan cuando alguien está midiendo hasta dónde puede llegar.
Lucía empujó la puerta con el pie.
Esteban estaba de pie junto a la chimenea, con los brazos cruzados y la espalda apoyada en el marco de piedra. Su ojo izquierdo tenía el tic acelerado, un parpadeo rápido y frenético que le recorría toda la mejilla. Aitana estaba sentada en el sofá, con las piernas cruzadas y las manos sobre el regazo. Su sonrisa era la de siempre: fácil, ensayada, perfecta para las cenas de empresa. Pero Lucía, que llevaba tres años leyendo los silencios de su colega, notó la falsedad en el modo en que sus dedos tamborileaban sobre la tela del vestido.
Raúl no estaba.
—¿Dónde está Raúl? —preguntó Lucía.
Esteban la miró. Sus ojos estaban enrojecidos, hinchados, como si hubiera estado llorando. O como si llevara horas sin dormir.
—Ha salido a revisar el puente —dijo Esteban. Su voz era baja, breve, como si cada palabra le costara un esfuerzo que prefería ahorrarse.
Lucía entró en el salón. Cerró la puerta detrás de ella. El clic del pestillo resonó en el salón como un disparo.
—Necesito hablar contigo —dijo, mirando a Esteban.
Esteban no respondió. Se limitó a mirarla con esa expresión que no era dolor ni rabia, sino algo más complejo. Algo que parecía una mezcla de cansancio y desconfianza.
—Ahora —dijo Lucía.
Esteban se apartó de la chimenea. El tic del ojo se le aceleró aún más.
—¿Qué pasa?
Lucía caminó hacia la mesa auxiliar y dejó la caja metálica sobre los planos. El golpe fue más seco de lo que pretendía. Los papeles de Elizabeth se deslizaron unos centímetros y Esteban los detuvo con la palma abierta antes de que cayeran al suelo.
—Encontré esto —dijo Lucía. Sacó la fotografía del bolsillo y la colocó sobre la mesa, junto a la caja—. En la bodega. En una caja metálica oculta tras una puerta secreta.
Esteban miró la fotografía. Su mandíbula se tensó. Lucía vio cómo sus dedos recorrían las líneas del texto, cómo se detenían en los apellidos. Velasco. Aguirre. Las dos palabras que llevaban sesenta años enfrentadas en los juzgados del País Vasco.
—Esto no tiene nada que ver con lo que ha pasado esta noche —dijo Esteban. Devolvió la fotografía a la mesa con un gesto brusco, como si quemara—. Elizabeth está muerta. Hay un fraude que alguien tiene que explicar. Y tú apareces con una historia de rencillas familiares del siglo pasado.
—No es una historia. Son hechos. —Lucía señaló la caja—. Las familias Velasco y Aguirre llevan litigando por estas tierras desde hace más de sesenta años. Elizabeth lo sabía. Lo investigó. Su apellido de soltera era Aguirre. Y yo soy Velasco.
Aitana se incorporó en el sofá. Su sonrisa se ensanchó un milímetro.
—Qué interesante —dijo, con esa voz suya que era miel y cuchilla a la vez—. ¿Y cómo sabías dónde buscar?
Lucía la miró. Los ojos de Aitana brillaban con algo que no era curiosidad. Era evaluación. Como si estuviera tomando notas mentales.
—Elizabeth mencionó la bodega durante la cena —dijo Lucía—. Habló de la acústica de las salas de almacenamiento. Y luego, cuando bajé, encontré la puerta.
—Sola —dijo Aitana. No era una pregunta.
—Sola.
—En plena noche. Con una vela. —Aitana ladeó la cabeza—. Qué valiente. O qué temeraria.
Esteban se pasó la mano por el pelo. El gesto fue lento, como si cada movimiento le costara un esfuerzo.
—Lucía —dijo por fin—. Llevas dos días sin dormir. Has estado viendo cosas que no existen. Sombras que se mueven. Voces que no están. Lagunas de memoria que no puedes explicar. —Esteban dio un paso hacia ella—. ¿No te parece que quizá deberías descansar?
Lucía sintió que el suelo se inclinaba bajo sus pies. Esteban estaba haciendo lo que siempre hacía: desviar la atención, convertir a Lucía en la loca, usar su agotamiento contra ella. Y lo peor era que funcionaba. Porque Aitana la miraba con esa expresión de duda, y Esteban seguía sonriendo, y nadie iba a creerle.
—No estoy viendo cosas —dijo Lucía—. Encontré las carpetas. Están ahí. Sobre la mesa.
—Las carpetas no prueban nada —dijo Esteban—. Elizabeth podía haberlas inventado. Podía haberlas manipulado.
—¿Para qué? —Lucía señaló la caja—. ¿Para incriminarte? ¿Para chantajearte? Elizabeth estaba a punto de denunciar el fraude. No tenía nada que ganar inventándolo.
—No lo sabemos —dijo Aitana—. Quizá Elizabeth quería llamar la atención. Quizá estaba celosa de tu puesto, Esteban. Quizá quería un ascenso.
La frase cayó en el centro del salón y se quedó allí, flotando. Lucía miró a Aitana y vio algo que no había visto antes en su rostro. No era preocupación. No era curiosidad. Era cálculo. Como si estuviera tomando notas mentales. Como si acabara de descubrir una grieta en la armadura de Esteban y estuviera calculando cómo ensancharla.
—Elizabeth no era así —dijo Lucía.
—¿No? —Aitana ladeó la cabeza—. Entonces ¿por qué corrigió tus planos sin consultarte? ¿Por qué te señaló los errores en público? ¿Por qué te hizo sentir pequeña durante años?
Lucía sintió que el aire se espesaba. Aitana acababa de hacer lo que siempre hacía: soltar un comentario que no afirmaba nada y lo insinuaba todo, y luego quedarse quieta mientras los demás rellenaban los huecos con sus propios miedos.
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Editado: 18.10.2026