La jeringuilla brillaba bajo la luz de la vela como un insecto de cristal y acero. Esteban la sostenía con la mano derecha, a la altura de la cadera, sin apuntar a ningún sitio concreto. No hacía falta. La habitación era pequeña y la puerta estaba cerrada con cerrojo. No había adónde ir.
Lucía retrocedió un paso. Su espalda golpeó contra el borde de la mesilla de noche y la vela osciló, proyectando sombras que se estiraron y contrajeron sobre las paredes como pulmones respirando.
—No te acerques —dijo Lucía.
Esteban no se detuvo. Dio otro paso. Su rostro estaba iluminado desde abajo por el resplandor de la vela que Lucía había dejado sobre la mesilla, y las sombras invertidas le convertían las cuencas de los ojos en dos huecos negros. Ya no parecía el hombre de las frases cortas y la mirada cansada. Parecía otra persona. O quizá la misma persona sin la máscara.
—Siempre fuiste demasiado curiosa —repitió Esteban, con esa voz plana que Lucía no le conocía—. Elizabeth decía lo mismo de ti. «Lucía no puede dejar las cosas en paz». Era un cumplido, ¿sabes? O eso creía ella.
Lucía apretó el frasco de cianuro contra su pecho con la mano izquierda. Con la derecha buscó a tientas algo sobre la mesilla. Sus dedos rozaron la base de la vela, el borde de la caja de cerillas, y algo más: el vaso vacío que había guardado desde la cena. El vaso del que Elizabeth había bebido.
—¿Qué hay en la jeringuilla? —preguntó Lucía.
Esteban se detuvo a dos metros. Ladeó la cabeza, un gesto que Lucía había visto hacer a Aitana tantas veces que le revolvió el estómago reconocerlo en él.
—Escopolamina —dijo, como si respondiera a una pregunta de obra—. Se extrae de plantas que crecen en las bodegas húmedas. Belladona, beleño, estramonio. Los antiguos las llamaban «hierbas de las brujas». Causan delirios, sugestión, amnesia anterógrada. La persona parece consciente, pero no forma recuerdos.
Lucía sintió que el suelo se inclinaba bajo sus pies. No por el mareo. Por la comprensión.
—Tú me drogaste —susurró.
—En la cena. En el vino. —Esteban giró la jeringuilla entre los dedos, observando el líquido transparente que contenía—. Solo una dosis pequeña. Lo suficiente para que tuvieras lagunas. Para que no recordaras qué hiciste en los minutos antes de que Elizabeth cayera. Para que empezaras a dudar de ti misma.
—Las lagunas…
—No eran producto del agotamiento. Ni del shock. Ni de tu supuesta inestabilidad emocional. —Esteban dio otro paso. Ahora estaba a un metro y medio—. Eras tú, Lucía. Caminando por el salón, hablando con la gente, moviéndote. Pero tu cerebro no estaba grabando. Como una cámara con la cinta rota.
Lucía sintió que algo se le desgarraba en el pecho. No era dolor físico. Era la sensación de que el suelo que había pisado durante toda la noche —cada recuerdo, cada certeza, cada duda— acababa de desaparecer bajo sus pies.
—¿Por qué? —preguntó. Su voz sonó rota, apenas un hilo.
Esteban se detuvo. Por primera vez en toda la noche, algo parecido a una emoción cruzó su rostro. No era culpa. Era cansancio. El cansancio de alguien que lleva mucho tiempo cargando un peso y sabe que va a tener que soltarlo.
—Porque Elizabeth iba a destruirlo todo —dijo—. El fraude. Las tierras. A nosotros.
—¿A nosotros?
—A mí. A Aitana. —Esteban pronunció el nombre sin énfasis, como quien lee una línea de un informe—. Llevábamos dos años trabajando juntos. Ella desviaba fondos del proyecto a través de proveedores falsos. Yo firmaba las autorizaciones. Raúl no miraba los números porque nunca miraba los números. Elizabeth sí. Elizabeth miraba todo.
Lucía sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Aitana y Esteban. Juntos. No como amantes —aunque quizá también—, sino como socios. Dos depredadores que habían encontrado en el proyecto el ecosistema perfecto para alimentarse.
—Elizabeth descubrió el fraude —continuó Esteban—. Y no solo el fraude. Encontró los documentos de las tierras. La disputa entre los Velasco y los Aguirre. Supo que tú eras una Velasco. Y supo que si denunciaba todo, tú tendrías un motivo para matarla.
—Así que me usasteis como coartada.
—Como chivo expiatorio —corrigió Esteban, con la misma precisión clínica con la que habría corregido una cota en un plano—. Si tú eras la asesina, la familia Velasco perdía cualquier derecho sobre las tierras. El caso se cerraba. El fraude quedaba enterrado. Y Aitana y yo salíamos limpios.
Lucía apretó el frasco con tanta fuerza que sintió el vidrio ceder bajo sus dedos. No se rompió, pero el corcho se desplazó un milímetro y el olor a almendras amargas se filtró en el aire de la habitación.
—¿Y Elizabeth? —preguntó Lucía—. ¿Quién la mató?
Esteban no respondió de inmediato. Se pasó la lengua por los labios. Estaban secos, agrietados.
—Aitana puso el cianuro en la jarra de agua —dijo por fin—. Elizabeth siempre bebía agua antes de comer. Era un ritual. Aitana lo sabía.
—¿Y tú?
—Yo me encargué de ti. De que no recordaras. De que parecieras culpable. —Esteban levantó la jeringuilla—. Y ahora tengo que encargarme de que sigas sin recordar. Una dosis más grande de escopolamina y tu mente se va a fragmentar como un espejo. No vas a saber qué es real y qué no. Y cuando la policía llegue, vas a confesar cosas que no hiciste porque tu cerebro no va a distinguir entre un recuerdo y una alucinación.
Lucía sintió que el miedo le subía por la garganta como bilis. No era el miedo a morir. Era el miedo a perderse. A que su mente, que ya había fallado tantas veces esa noche, se rompiera del todo y la dejara atrapada en un laberinto de imágenes falsas del que nunca pudiera salir.
—No vas a hacer eso —dijo Lucía.
—No tengo opción.
—Sí la tienes. —Lucía levantó el frasco de cianuro a la altura de sus ojos—. Si das un paso más, rompo el frasco. El cianuro se volatiliza. En una habitación cerrada, con las ventanas selladas por la tormenta, moriremos los dos.
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Editado: 18.10.2026