El Legado de Vidrio

Luces azules en el viñedo

El grito de Esteban se cortó de golpe.

Lucía se detuvo en medio del viñedo, con los pies descalzos hundidos en el barro, la denuncia de Elizabeth apretada contra el pecho y la sangre de sus propios cortes mezclándose con la lluvia que seguía cayendo, ahora más débil, más cansada. El silencio que siguió al grito fue peor que el grito mismo. Un silencio que no era ausencia de sonido, sino la contención del aliento de alguien que acaba de darse cuenta de que ha perdido.

Detrás de ella, la abertura del túnel por donde había salido seguía oscura. Un agujero negro entre las cepas, como una boca que se hubiera cerrado sin hacer ruido.

Lucía no esperó. Echó a correr hacia las luces azules.

La grava del camino se le clavaba en las plantas de los pies. Cada paso era una puñalada pequeña, pero la adrenalina la mantenía en movimiento, la impulsaba hacia delante como si el cuerpo supiera, antes que la mente, que detenerse ahora sería morir. La chaqueta se le había abierto con la carrera y el aire frío de la madrugada le golpeaba el pecho, pero no sintió el frío. Solo sintió la necesidad de llegar.

Las luces azules giraban sobre los troncos mojados de los árboles, pintando el viñedo con destellos intermitentes que hacían que las cepas parecieran figuras humanas agazapadas entre las sombras. Tres coches patrulla. Al menos seis agentes. Y una ambulancia, con las puertas traseras abiertas y una camilla desplegada bajo la lona.

—¡Alto! ¡Identifíquese!

La voz llegó desde la izquierda, fuerte, autoritaria. Un agente la apuntaba con una linterna que le cegó los ojos durante un segundo. Lucía levantó las manos. Las tenía manchadas de barro, de sangre, de cera derretida.

—Soy Lucía Velasco. Arquitecta del proyecto. —La voz le salió ronca, rota, como si no fuera suya—. Hay un cadáver en la casa. Hay un asesino. Tengo pruebas.

El agente bajó la linterna un palmo, lo justo para verla sin deslumbrarla. Era un hombre joven, con el chaleco reflectante empapado y la cara pálida de quien acaba de conducir una hora bajo la tormenta.

—¿Dónde están los demás?

—Dentro. Tres personas. Raúl, el jefe del proyecto. Y Aitana, la diseñadora de interiores. Y Esteban, el marido de la víctima. —Lucía tragó saliva. La garganta le ardía—. Esteban es el que me ha drogado toda la noche. Con escopolamina. Por eso tengo lagunas de memoria.

El agente la miró con una expresión que Lucía no supo leer. ¿Duda? ¿Evaluación? ¿La misma mezcla de cansancio y cálculo que había visto en los ojos de Esteban tantas veces esa noche?

—Espere aquí —dijo el agente, y se giró para hablar con un compañero por la radio.

Lucía no esperó. No podía. Se acercó a la ambulancia, donde un sanitario la miró con una expresión que oscilaba entre la preocupación y la incredulidad.

—Necesito que me vean. Tengo un corte en el brazo. Y creo que me han drogado.

El sanitario le hizo señas para que se sentara en el bordillo de la camilla. Le limpió el corte con una gasa húmeda y Lucía sintió el escozor como algo lejano, casi abstracto, como si el dolor perteneciera a otra persona.

—¿Qué le han dado? —preguntó el sanitario.

—Escopolamina. En el vino. O en el agua. No lo sé. —Lucía miró hacia la hacienda. Las luces azules seguían girando, pero ahora se movían. Los agentes estaban entrando—. Tengo que darles la denuncia. La que dejó Elizabeth.

—Primero usted. Luego los papeles.

Lucía asintió, pero sus ojos seguían fijos en la puerta principal de la hacienda. De dentro salían voces. Órdenes. El sonido de botas sobre la madera. Y luego, algo que la hizo incorporarse de un salto, ignorando la protesta del sanitario: un forcejeo. Un grito ahogado. Y el sonido inconfundible de un cuerpo que cae contra el suelo.

—¡Tengo que ir ahí! —Lucía echó a correr antes de que el sanitario pudiera detenerla.

—¡Señorita! ¡Espere!

Pero Lucía ya estaba en el camino de grava, corriendo hacia la hacienda con la chaqueta abierta y la denuncia apretada contra el pecho. Los pies le sangraban. El corte del brazo le latía. Pero no sentía nada. Solo la certeza de que algo estaba pasando dentro. Algo que no podía dejar que terminara sin ella.

Cruzó el umbral de la puerta principal. El salón estaba lleno de agentes. Dos sujetaban a Raúl, que tenía las manos en la nuca y la cara hundida entre los hombros. Otros dos registraban la chimenea. Y en el centro del salón, de rodillas, con las manos atadas a la espalda, estaba Aitana.

Su vestido impecable estaba manchado de barro en el dobladillo. El pelo, suelto, le caía sobre los hombros en mechones oscuros. Ya no sonreía. Ya no había sonrisa de un solo lado, ni gesto ensayado, ni cálculo. Solo una mujer de rodillas en el suelo de piedra, mirando hacia la puerta de la bodega con una expresión que Lucía no supo nombrar.

No era miedo.

Era decepción.

Como si el final, cuando por fin había llegado, fuera menos de lo que había imaginado.

—¿Dónde está Esteban? —preguntó Lucía.

El agente principal, un hombre de unos cincuenta años con el rostro curtido, se volvió hacia ella.

—¿Usted es Lucía Velasco?

—Sí.

—Soy el subinspector Urbieta. —Le tendió la mano, pero Lucía no se la estrechó. Tenía las manos demasiado sucias, demasiado llenas de cosas—. Hemos encontrado el cuerpo de Elizabeth Aguirre en la habitación del ala este. Confirmamos el fallecimiento.

Lucía cerró los ojos un segundo. Solo un segundo. Porque sabía que estaba muerta. Lo sabía desde que la vio caer. Pero oírlo dicho por otra persona, con esa voz neutra y profesional, fue como recibir un golpe que llevaba horas esperando.

—¿Y Esteban? —repitió.

Urbieta frunció el ceño.

—¿Su marido?

—No. El marido de Elizabeth. Esteban Aguirre. —Lucía miró a su alrededor. El salón estaba lleno de agentes, de luces, de voces. Pero Esteban no estaba—. Estaba aquí hace cinco minutos. Me persiguió desde la bodega. Tenía una jeringuilla con escopolamina.




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