La oscuridad del salón era absoluta. Lucía tenía la espalda apoyada contra el marco de la puerta y el fragmento de papel ardiéndole en el bolsillo interior de la chaqueta. Cuarenta y siete mil trescientos euros. La letra de Elizabeth. La única prueba que le quedaba.
El viento seguía golpeando los postigos con una furia que hacía vibrar los cristales. En algún lugar de la casa, una puerta golpeaba contra su marco con un ritmo irregular. Y el murmullo que Lucía había oído antes —ese susurro que venía de las paredes, del pasillo, de ningún sitio— había desaparecido.
O eso quería creer.
—Lucía.
La voz de Aitana llegó desde la oscuridad, a su izquierda, cerca de la mesa auxiliar. Lucía no se movió. Mantuvo las manos a los costados, los puños cerrados, el fragmento de papel presionando contra su cadera.
—¿Qué?
—Necesitamos luz. Raúl tiene las cerillas.
—Raúl no va a dártelas a ti.
Silencio. Luego el sonido de los pasos de Aitana, lentos, medidos, acercándose. Lucía contuvo el aliento. Calculó la distancia por el volumen del roce de la tela contra la madera del suelo: tres metros, dos metros y medio, dos.
—Tú también tienes miedo —dijo Aitana en voz baja, casi un susurro—. Se te nota en la respiración.
—Tú no pareces tenerlo.
—Porque no he hecho nada malo.
—Elizabeth tampoco. Y está muerta.
Otro paso. Lucía percibió el olor del perfume de Aitana, ese aroma floral y empalagoso que se le pegaba a la garganta, mezclándose con el alcanfor y la ceniza fría. Estaba a un metro. Tal vez menos.
—¿Qué escondes en el bolsillo, Lucía?
La pregunta cayó en el centro del salón como una piedra en un estanque. Lucía no respondió. Apretó el fragmento de papel con más fuerza, sintiendo el borde afilado clavársele en la yema del dedo.
—Lo sé —continuó Aitana—. Encontraste algo en la bodega. Antes del derrumbe. Algo que no nos has enseñado.
—No te debo nada.
—Claro que no. Pero sí le debes algo a Elizabeth. Y ella está muerta.
La frase se quedó flotando en el aire. Lucía sintió que algo se tensaba en su pecho, no dolor, sino una presión sorda, como si una mano invisible apretara un tornillo desde dentro. Aitana estaba haciendo lo que siempre hacía: desviar la atención, convertir a Lucía en la culpable, usar su propio rencor contra ella.
Pero esta vez Lucía no iba a morder el anzuelo.
—Tú la mataste —dijo Lucía.
Silencio. Luego una risa corta, seca, sin humor.
—Qué historia tan bonita.
—No es una historia. Es la verdad.
—¿Y cómo lo sabes? —Aitana dio otro paso. Lucía la sintió a menos de medio metro—. Llevas dos días sin dormir. Tienes lagunas de memoria. Ves cosas que no existen. ¿Cómo sabes que no fuiste tú?
La pregunta se le clavó en el pecho como una astilla. Lucía abrió la boca para responder y no encontró aire. Porque Aitana tenía razón en una cosa: Lucía no recordaba qué había hecho en los minutos anteriores a la muerte de Elizabeth. Había un agujero negro en su memoria, un espacio en blanco donde debería haber imágenes y solo había estática.
Pero entonces, sin avisar, el recuerdo llegó.
No fue una imagen completa. Fue un fragmento, una sensación, un olor. El olor a tierra mojada y a hierba recién cortada. El sonido del agua corriendo sobre las piedras. Y una voz. La voz de su abuela.
«Lucía, ven aquí, niña. Tengo que enseñarte algo.»
Lucía abrió los ojos. El recuerdo era tan vívido que casi pudo sentir la mano de su abuela en la suya, tirando de ella hacia el porche de la casa. Casi pudo oler el aceite de oliva que su abuela usaba para cocinar, casi pudo ver el delantal a rayas que siempre llevaba puesto.
Pero no era eso. No era un recuerdo de la infancia. Era algo más reciente. Algo que había ocurrido esa misma noche.
La cocina. Antes de la cena. Ella estaba allí. Buscando aspirinas. El dolor de cabeza le latía en las sienes, un golpeteo sordo que no la dejaba pensar. Había abierto el cajón de la mesilla de la cocina, buscando el bote de ibuprofeno. Y entonces la había visto.
Aitana.
Aitana estaba junto a la jarra de agua. La jarra de vidrio grueso con burbujas de aire atrapadas en la base, la misma que ahora estaba sobre la mesa del salón con un dedo de líquido en el fondo. Aitana tenía un frasco pequeño en la mano. Un frasco de vidrio oscuro, del tamaño de un dedal, con un corcho viejo.
Lo había destapado. Había vertido el contenido en la jarra. El líquido era transparente, sin olor, sin color. Pero Aitana había arrugado la nariz, como si hubiera olido algo que no le gustaba. Y luego había sonreído. Esa sonrisa de un solo lado que helaba la sangre.
Lucía se había quedado inmóvil en el umbral de la cocina, con la mano todavía en el cajón, el corazón latiendo con fuerza en las sienes. No había dicho nada. No se había movido. Solo había observado.
Y luego Aitana se había girado. Y la había visto.
—¿Qué haces aquí? —había preguntado Aitana, con esa voz suya que era miel y cuchilla a la vez.
Lucía no había respondido. No había podido. El miedo le había cerrado la garganta, le había clavado los pies al suelo, le había borrado las palabras de la mente.
—Busco aspirinas —había dicho por fin, con la voz más débil de lo que esperaba.
Aitana había sonreído. Solo la comisura izquierda. Solo ese milímetro exacto.
—Pues toma. —Había cogido un bote del estante y se lo había tendido—. Están aquí.
Lucía había cogido el bote. Sus dedos habían rozado los de Aitana, y el contacto le había quemado la piel como una chispa. Se había dado la vuelta y había salido de la cocina sin mirar atrás.
Y luego... nada.
Un vacío. Un espacio en blanco donde debería haber imágenes y solo había estática. No recordaba haber vuelto al salón. No recordaba haber visto a Elizabeth caer. No recordaba nada.
Hasta ahora.
Lucía abrió los ojos. La oscuridad del salón seguía siendo absoluta, pero su mente estaba clara. Más clara de lo que había estado en toda la noche.
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Editado: 18.10.2026