El Legado de Vidrio

La tercera cámara

Las luces azules de los coches patrulla seguían girando sobre los muros de piedra de la hacienda cuando el subinspector Urbieta se acercó a Lucía. Llevaba una linterna en la mano y una expresión que no era de urgencia, sino de cálculo.

—Necesito que me acompañe —dijo—. Vamos a bajar a la bodega.

Lucía asintió. Las piernas le temblaban, pero no por el agotamiento de dos días sin dormir. Era otra cosa. La certeza de que lo que iba a encontrar en la tercera cámara iba a cambiar todo lo que creía saber sobre esa noche.

—Aitana dijo que Esteban está ahí dentro —dijo Lucía—. Que lo drogó con su propia escopolamina.

—Lo sé —dijo Urbieta—. Pero necesito que usted esté presente. Usted es la única que ha estado en esas cámaras. La única que sabe lo que hay ahí abajo.

Lucía lo siguió hacia la puerta que conducía a la bodega subterránea. Detrás de ellos, dos agentes más bajaban con linternas y bolsas de pruebas. El aire que subía desde la escalera de piedra era frío y olía a tierra mojada, a vino viejo, y a algo más. Algo que Lucía reconoció con un escalofrío: alcanfor. El mismo olor que había impregnado la casa desde su llegada.

Bajaron los peldaños de uno en uno. La llama de las linternas iluminaba las paredes de piedra y el suelo de tierra compacta donde las huellas se superponían en direcciones contradictorias. Al llegar al pasillo principal de la bodega, Urbieta se detuvo.

—¿Cuál es el camino? —preguntó.

Lucía señaló hacia la derecha.

—Por ahí. Primero la sala del arcón. Luego la segunda cámara, detrás de la losa de piedra. Y al fondo del túnel, la tercera cámara.

Urbieta asintió y dio instrucciones a los agentes. Avanzaron en silencio, con las linternas proyectando sombras alargadas sobre las paredes de roca viva. El pasillo era más estrecho de lo que Lucía recordaba, y el techo descendía en un arco irregular que la obligaba a inclinar la cabeza.

Al llegar a la sala del arcón, Lucía se detuvo. El arcón seguía allí, con las carpetas de Elizabeth extendidas sobre el suelo. Las facturas, las anotaciones en rojo, los nombres de los proveedores. Todo seguía igual que cuando lo había encontrado horas antes.

—Esto es lo que Elizabeth escondió —dijo Lucía, señalando las carpetas—. El fraude. Los sobreprecios. Los tres proveedores.

Urbieta se agachó y recogió una de las facturas. La examinó a la luz de la linterna.

—Cuarenta y siete mil trescientos euros —dijo—. Raúl lo admitió.

—Pero no fue solo Raúl —dijo Lucía—. Elizabeth creía que había otra persona implicada. Alguien que movía los hilos desde fuera de la empresa.

Urbieta no respondió. Se limitó a guardar la factura en una bolsa de pruebas y siguió avanzando.

Llegaron a la segunda cámara. La losa de piedra estaba desplazada hacia un lado, dejando un hueco negro del tamaño de un cuerpo agachado. Del interior salía un resplandor anaranjado que oscilaba como la luz de una vela.

—Hay una vela encendida ahí dentro —dijo uno de los agentes.

Urbieta se agachó y cruzó el hueco. Lucía lo siguió, con el corazón latiendo con fuerza en las sienes.

Dentro, la segunda cámara estaba iluminada por una vela colocada sobre la mesa de piedra. El banco de piedra adosado a la pared seguía allí, con la caja de metal oxidada abierta junto a él. Los documentos que Lucía había encontrado antes —la carta de Martín Velasco, el documento notarial de 1923, el plano con las anotaciones de Elizabeth— seguían extendidos sobre el banco.

Pero algo había cambiado.

En el suelo, junto a la pata del banco, había algo que brillaba bajo la luz de la vela.

Lucía se acercó. Lo recogió con dedos temblorosos.

Era una fotografía.

Pequeña, en blanco y negro, con los bordes amarillentos por el tiempo. La sostuvo cerca de la vela y la luz arrancó destellos de la superficie gastada.

La fotografía mostraba a dos niñas de pie junto a la regata, con la hacienda al fondo. Una era Elizabeth, con su vestido pulcro y su sonrisa contenida. La otra era ella. Lucía. Con el cabello revuelto y los ojos entrecerrados por el sol.

No recordaba esa foto. No recordaba ese día. No recordaba haber estado nunca en la hacienda antes de este viaje.

Pero allí estaban las dos. Juntas. Mucho antes de la facultad, de Esteban, del proyecto, del fraude. Antes de todo.

Lucía le dio la vuelta a la fotografía. En el reverso, con una letra que no era la de Elizabeth, alguien había escrito una sola línea:

«Para que no olvides quién eres.»

La tormenta rugió sobre el tejado de la hacienda. Y Lucía, con la fotografía apretada en el puño, comprendió que acababa de encontrar la primera pieza de un rompecabezas que ni siquiera sabía que estaba armando.

—¿Qué es eso? —preguntó Urbieta.

—Una fotografía —dijo Lucía—. De Elizabeth y yo. De pequeñas. En esta hacienda.

—¿Y eso qué importa?

Lucía no respondió de inmediato. Se sentó en el banco de piedra, con la fotografía en una mano y la vela en la otra. La llama oscilaba, proyectando sombras que se movían solas sobre las paredes de roca. Cerró los ojos e intentó recordar. Intentó visualizar ese día. El sol. La regata. La hacienda al fondo. Elizabeth sonriendo. Ella misma sonriendo.

Y entonces, sin avisar, el recuerdo llegó.

No fue una imagen completa. Fue un fragmento, una sensación, un olor. El olor a tierra mojada y a hierba recién cortada. El sonido del agua corriendo sobre las piedras. Y una voz. La voz de su abuela.

«Lucía, ven aquí, niña. Tengo que enseñarte algo.»

Lucía abrió los ojos. El recuerdo era tan vívido que casi pudo sentir la mano de su abuela en la suya, tirando de ella hacia el porche de la casa. Casi pudo oler el aceite de oliva que su abuela usaba para cocinar, casi pudo ver el delantal a rayas que siempre llevaba puesto.

Pero la casa. ¿Qué casa?

No era la casa de sus padres en Bilbao. No era el apartamento donde había crecido. Era otra casa. Una casa con paredes de piedra y un tejado de pizarra. Una casa con un viñedo al fondo y una regata que corría entre las piedras.




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