El Legado Perdido

Prólogo | La Heredera Perdida

La biblioteca del pueblo estaba sumida en una penumbra acogedora. Afuera, la noche se cernía sobre las calles silenciosas, y el viento golpeaba suavemente las ventanas, como si quisiera colarse y escuchar lo que ocurría dentro. El fuego de la chimenea crepitaba con un resplandor cálido, proyectando sombras alargadas en las estanterías repletas de libros antiguos.

Los niños, reunidos en círculo sobre una alfombra gastada, miraban con ojos expectantes a la anciana que estaba sentada en un viejo sillón de cuero. La mujer, de cabello gris y manos huesudas, sostenía un libro de tapas desgastadas que parecía a punto de deshacerse entre sus dedos. Su voz, profunda y llena de historia, llenó la sala en un susurro.

—Hace siglos, cuando este pueblo aún no tenía nombre y sus tierras eran vastas e indomables, existía un linaje de guardianes —comenzó, dejando que las palabras se deslizaran lentamente, envolviendo a su audiencia—. Una familia con un don más antiguo que el mismo tiempo. Se decía que podía controlar la luz en su forma más pura, usarla para proteger y sanar, pero también para encerrar a lo que nunca debía ser liberado.

Los niños se miraron entre ellos con los ojos muy abiertos. La anciana prosiguió con una sonrisa apenas perceptible.

—Sin embargo, no todo el mundo confiaba en su poder. Algunos los veneraban, otros los temían, y hubo quienes codiciaron su don con ansias oscuras. Se dice que una traición dentro de su propia sangre los llevó a la desaparición. Algunos creen que fueron asesinados en una noche de caos y fuego, otros susurran que ellos mismos sellaron su destino para evitar que la oscuridad se apodere de su legado. Lo único cierto es que su linaje desapareció sin dejar rastro... o eso quisieron hacernos creer.

Uno de los niños tragó saliva con dificultad. La anciana bajó la voz, como si estuviera compartiendo un secreto prohibido.

—Los años pasaron, el pueblo floreció y sus nombres se borraron de la memoria de la gente. Pero en ciertas noches, cuando la niebla cubre las calles y la luna menguante ilumina los campos, algunos aseguran haber visto sombras moverse entre los árboles. Son los restos de aquello que los guardianes intentaron contener. Algo que nunca debió quedar libre.

Las llamas de la chimenea chisporrotearon, haciendo que las sombras danzaran en las paredes. La anciana cerró el libro con un leve susurro de sus páginas y miró a los niños, que ahora se aferraban unos a otros, atrapados por el miedo y la fascinación.

—Se dice que la única forma de evitar su regreso es asegurarse de que la última heredera jamás reclame su legado.

Hubo un silencio sepulcral. Luego, una niña de rizos dorados levantó la mano con timidez.

—Pero... si esa heredera existe, ¿qué pasaría si un día descubre la verdad?

La anciana dejó escapar una risa baja, cargada de un significado que los niños no alcanzaron a comprender.

—Entonces, pequeña, el equilibrio se rompería... y las sombras vendrían a por ella.

El viento aulló de repente en el exterior, como si la noche misma respondiera a sus palabras. En la chimenea, el fuego parpadeó violentamente, proyectando figuras oscuras contra los muros.

Los niños se estremecieron. Y en algún rincón de la biblioteca, un libro que nadie había tocado en años se deslizó levemente en el estante, como si alguien lo hubiera movido.

Como si algo hubiera despertado.

Publicación el: 05/03/2025



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En el texto hay: fantasia, misterio, misterio amor aventura

Editado: 28.02.2025

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