No sé cuánto tiempo nos quedamos mirando.
Podían ser solo segundos, minutos, no sé.
Lo había soltado en el mismo instante en que ví sus ojos, y también me había alejado en shock; tenía el corazón latiendo desenfrenado, golpeándome las costillas, mientras Luke permanecía unos metros más allá con la respiración agitada.
No había rastro de los otros hombres, y el que estaba tirado en el suelo estaba claramente muerto.
Solo quedamos nosotros.
Y sus ojos…
Amarillos.
Como los del licántropo que nos había atacado en el claro durante la práctica, como en mi sueño…
Luke parpadeó, como si acabara de darse cuenta de lo que pasaba, de lo que yo había visto.
—Oriana… —susurró mientras retrocedía un paso, temeroso, me puse de pie de golpe—. Puedo explicarlo.
—No —espeté, con la voz fuerte, escondiendo el temblor que tenía.
—Ori, espera, déjame explicarte.
—No te acerques —dije, extendiendo mis manos frente a mí—. Mantente dónde estás.
Mi corazón latía tan fuerte que sentía náuseas.
—Pero déjame hablar, explicarte…
Luke bajó la vista un segundo, mientras yo soltaba un risita nerviosa.
—¿Explicarlo? —asintió y quiso volver a hablar, pero lo interrumpí— ¡¿Explicar qué exactamente?! ¡Eres un maldito hombre lobo!
El silencio fue suficiente respuesta.
Mi pecho se hundió, una parte de mí aún esperaba estar equivocada.
Que hubiera sido la oscuridad, la adrenalina, la confusión…
Pero no, todo era real, y dolía.
—Todo este tiempo… —susurré—Todo este maldito tiempo. ¿Desde cuándo?
Lo miré como si estuviera viendo a un desconocido.
—Desde siempre —apretó la mandíbula—. Yo… nací así.
Una parte de mí quería gritar, otra quería llorar, y otra quería golpearlo por haberme mentido.
—Yo confiaba en tí, y tú me mentiste —susurré, mi vista fija en mis pies, sin querer verlo a la cara—. ¿Te estuviste riendo de mí?
—¿Pero qué mierda estás diciendo? ¿Esperabas que llegara un día y te dijera que soy un hombre lobo?
—¡Eso era algo lógico, eras mi amigo?
—¡¿Y por qué me reclamas tanto por ocultarte mi naturaleza si tú hiciste lo mismo?! ¿O no? ¡Eres una bruja! ¡Lanzaste a ese tipo a metros de ti sin ejercer nada de fuerza!
Parpadeé sorprendida.
Carajo, tenía razón.
—¡Pero estás en mi territorio! ¡Territorio de brujas! ¿También esperabas que te contara eso habiendo tantas vidas en peligro? ¡Ustedes nos cazan!
—¡También es mi territorio, mi manada lleva años viviendo aquí y no hemos tenido problemas con nadie!
—¡Eso no cambia nada! —grité con la voz quebrada—. ¡Ustedes nos persiguen y masacran! ¡Son unos monstruos que nos destruyen!
El aire frío de la noche se sentía denso y pesado, impregnado del olor a hierro de la sangre del hombre moribundo que yacía a unos paso de nosotros. Mis manos, que aún estaban extendidas entre nosotros, temblaban incontrolablemente con una chispa salvaje de magia que las rodeaba, luchando por salir e intentar defenderme de cualquier ataque.
Retrocedí un paso, apretando los puños contra mi pecho.
El dolor de su engaño calaba hondo, mucho más que cualquier herida física que pudiera tener; sentía como si hubiera arrancado mi corazón y lo hubiese pisoteado sin parar, él era uno de mis mejores amigos, mi apoyo incondicional, y se atrevió a hacerme esto…
—¡Apártate de mí! —exclamé, sintiendo las lágrimas calientes resbalar por mis mejillas—. Si das un solo paso más, te juro por mis ancestros que te voy a reducir a cenizas, no quedará nada de ti.
Luke se detuvo en seco, vi cómo sus nudillos se volvían blancos por la fuerza con la que apretaba los puños. Por un segundo, la penumbra de los árboles ocultó su rostro, pero la furia y la desesperación que emanaban de él eran palpables.
Dió un paso al frente, ignorando por completo mi amenaza.
—¡¿Crees que quiero hacerte daño?! —rugió, y su voz resonó en todo el bosque, haciendo retumbar el suelo bajo mis pies. Sus ojos volvieron a destellar en un amarillo violento y rabioso mientras me miraba con una intensidad que me dejó sin aliento—. ¡Mírame, Oriana! ¡¿CÓMO QUIERES QUE TE HAGA DAÑO SI ERES MI MATE?!
Las palabras se congelaron en el aire.
El bosque pareció quedarse en absoluto silencio tras el peso de su confesión.
Sentí como el aire dejó de soplar, la magia en mis manos se apagó y los latidos de mi corazón parecieron detenerse en mi garganta.
—¿Qué...? —susurré, apenas capaz de articular el aire.
—Soy tu compañero de vida, Oriana, tu alma gemela —dijo él, dando otro paso hacia mí, esta vez sin ira, pero con una vulnerabilidad desgarradora que me destruyó por dentro—. La luna te eligió a ti. Para mí. ¿Crees que me importaba que eras humana? ¡Claro que no! ¡Mucho menos me importa que seas bruja! ¡Te voy a amar igual!
Mi mente se negó a procesarlo. Mate. La palabra resonaba como un eco lejano, maldito. Las criaturas que mi gente me habían enseñado a odiar, la fuerza de la naturaleza que se suponía debía ser mi verdugo... ¿Ese era el destino que según Luke se me había asignado?
Salí corriendo de allí.
No lo pensé. No medí las consecuencias, ni miré hacia atrás. Simplemente di media vuelta y eché a correr como si los mismísimos demonios me estuvieran pisando los talones, abriéndome paso entre las ramas secas y la maleza del bosque. El frío de la noche me azotaba el rostro, mezclándose con las lágrimas amargas que no dejaban de brotar de mis ojos, pero nada de eso dolía tanto como el eco de su voz retumbando en mi cabeza.
Soy tu compañero de vida, Oriana, tu alma gemela.
Apreté los dientes, ahogando un sollozo. No, no, no. Era imposible. Era una locura.
Tropecé con las raíces, me raspé los brazos con los arbustos, pero no me detuve hasta que la silueta de mi casa emergió entre las sombras. Crucé el jardín a toda prisa y empujé la puerta principal, cerrándola de golpe a mis espaldas y pasándole todos los cerrojos. Apoyé la espalda contra la madera, hiperventilando, con la mano sobre el pecho tratando de contener el frenético golpeteo de mi corazón.
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Editado: 12.10.2026