Pasaron cuatro días. Cuatro días eternos en los que me convertí en una experta en esconderme.
No había podido decirle a nadie, no sé si Maddie y Josh sabían algo, pero estaba segura de que no. Les estaban mintiendo en la cara, como a mi.
Michael no se comunicó con nosotros hasta después de una semana de haberse ido, y sin embargo luego de eso desapareció, me daba cuenta que las cosas entre él y mi hermana estaban cada vez peor.
El caso es que…
Cambié mis rutas para ir al instituto, me senté en las esquinas más alejadas de las aulas y me aseguré de jamás estar sola. Joshua y Maddie se convirtieron en mi escudo sin siquiera saberlo, Maddie pensaba que mi repentino apego se debía al estrés de los exámenes finales, y Joshua simplemente estaba feliz de tener a alguien que le compartiera sus papas fritas en el almuerzo.
—De verdad, Oriana, pareces una espía rusa —me dijo Maddie esa misma tarde en la cafetería, mientras hojeaba sus apuntes de clase—. Cada tres segundos miras hacia la puerta. ¿A quién le debes dinero? ¿O es por Luke? Por cierto, no los he visto juntos en toda la semana. ¿Se pelearon?
—Cosas nuestras —respondí rápido, manteniendo los ojos fijos en mi vaso de soda para evitar su mirada inquisitiva—. Solo... necesitamos espacio.
—Pues él no se ve muy feliz con tu "espacio" —comentó Joshua, señalando sutilmente con la cabeza hacia la entrada del comedor.
Se me congeló la sangre. Levanté la vista solo un milímetro y allí estaba él.
Luke vestía una sudadera oscura, despeinado, con sombras marcadas bajo los ojos y una mandíbula tan apretada que parecía a punto de romperse.
Cuando me miró, la intensidad en sus ojos casi me hace tirar la bebida.
—Oigan, creo que se me olvidó un cuaderno en el casillero —mentí, poniéndome de pie de golpe—. Los veo en la entrada.
—¿Oriana? ¡Oye, aún no terminas de comer! —alcanzó a gritar Maddie, pero ya era tarde.
Salí a toda prisa del comedor, pero no fui al pasillo principal; me desvié bruscamente hacia la zona trasera del edificio, hacia los pasillos de servicio por los que casi nadie transitaba a esa hora. El pecho me subía y bajaba aceleradamente, el pulso me retumbaba en los oídos y esa maldita punzada en la nuca me advertía que él venía justo detrás de mí.
—¡Oriana, detente! —el eco de su voz retumbó en las paredes de concreto.
Apreté el paso, pero en un parpadeo, una sombra rápida se cruzó en mi camino.
Luke apareció de la nada frente a mí, bloqueando el pasillo por completo, tenía la respiración agitada y emanaba un calor sofocante.
Por la adrenalina y el instinto de defensa, mi magia reaccionó antes de que pudiera procesarlo: levanté las manos y una onda de choque invisible lo empujó hacia atrás, haciendo que su espalda chocara contra los casilleros de metal con un estruendo ensordecedor.
El sonido metálico vibró en todo el corredor.
Luke ni siquiera se inmutó, se irguió despacio, mirándome con una mezcla de dolor puro y desesperación.
—¿Vas a atacarme cada vez que intente hablar contigo? —preguntó, con la voz rasposa—. Me estás volviendo loco, Oriana. Siento que me estoy arrancando la piel a tiras porque me evitas.
—¡No te acerques! —exclamé, sintiendo que las lágrimas de rabia me quemaban los ojos mientras las chispas de mi magia aún danzaban en mis dedos—. ¡No me toques!
—¡Es que no entiendes! —dio un paso al frente, ignorando lo que le decía—. ¡Tengo a mi lobo arañándome por dentro desde hace cuatro días porque estás aterrorizada de mí! Solo... déjame explicarte. Por favor.
—¡Aquí no! —solté un sollozo ahogado, mirando hacia los lados por miedo a que alguien nos escuchara—. ¡Estamos en la escuela, Luke! ¡Cualquiera puede vernos!
Él apretó los puños, tragándose la frustración, pero dio un medio paso atrás.
—Está bien. Aquí no —murmuró, sosteniéndome la mirada con una fijeza aterradora—. Pero hoy no te vas a escapar. Voy a ir a tu casa esta noche, Oriana con o sin tu permiso, y me vas a escuchar.
Antes de que pudiera responderle me dio la espalda y desapareció por la esquina del pasillo, dejándome sola, temblando e hiperventilando contra la pared.
Horas más tarde, la noche cayó sobre el pueblo acompañada por una tormenta feroz. Los truenos retumbaban a lo lejos y el viento hacía chocar las ramas contra las ventanas de mi casa.
Mis padres y Nathalie habían salido a casa de unos miembros del aquelarre para una sesión de canalización y pensaban quedarse a dormir, lo que significaba que estaba completamente sola.
El temor de la amenaza de Luke me mantuvo en vela todo el inicio de la noche. Me serví un té caliente, tratando de calmar la incomodidad que sentía, y entonces las luces de la cocina parpadearon y se apagaron por completo.
La casa quedó sumida en una penumbra azulada, iluminada únicamente por los relámpagos que cruzaban el cielo.
Mi corazón dio un vuelco.
Solté la taza sobre el mesón y retrocedí, dejando que la chispa de mi magia encendiera una pequeña llama flotante sobre la palma de mi mano.
—Nathalie... ¿eres tú? —pregunté, aunque sabía de sobra la respuesta.
El crujido de una madera en el pasillo me hizo girar bruscamente.
Ahí estaba él, cumplió su promesa.
Emergió de las sombras del pasillo con la lentitud de un depredador, no llevaba zapatos, sus pasos eran completamente silenciosos y la luz de los relámpagos hacía que sus ojos resaltaran con ese matiz dorado que nada tenía de humano.
—Te dije que hoy no te ibas a escapar —dijo con una voz grave, baja, que hizo vibrar las paredes.
—¡Atrás! —grité, haciendo crecer la llama en mi mano y alzando la otra para levantar una barrera invisible entre los dos—. ¡Entraste a mi casa! ¡Estás invadiendo territorio de brujas, Luke!
En un parpadeo, un movimiento tan ridículamente rápido que mis ojos apenas pudieron procesarlo, Luke acortó la distancia.
Rompió mi barrera de un manotazo cargado de fuerza simia y me acorraló contra el mesón de la cocina, colocando ambos brazos a los lados de mi cuerpo, y dejándome atrapada entre la madera fría y su pecho ardiente.
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Editado: 12.10.2026