El Lobo Y La Tormenta

CAPITULO 66

ADQUISICIÓN DE ACTIVOS INMOBILIARIOS

HANNAH

El olor a café recalentado en cafetera de filtro y a humedad vieja era lo único que le daba sentido a los treinta metros cuadrados de mi departamento en el norte de Boston, tras mi huida cinematográfica del piso veinticinco de D'Santoro Enterprises, me había encerrado en mi trinchera humana con el cerrojo echado, tres mantas de lana barata y la firme resolución de no volver a mirar una pantalla que tuviera el apellido del lobo impreso en los créditos. Había dormido doce horas seguidas, un sueño pesado y libre de sueros volcánicos, intentando convencer a mi propio sistema nervioso de que el camión sin frenos había recuperado sus aduanas normales.

A las siete y media de la mañana, vestida con unos pantalones de franela viejos, una sudadera tres tallas más grande que decía Harvard Economics y mis botas de gamuza vieja tomé mi bolso dispuesta a ir al súper a comprar mis víveres. Era hora de volver al mundo real, mi itinerario era el supermercado para luego dedicarme a buscar una consultora mediana que no estuviera en la lista negra de Franco y empezar a facturar para pagar la luz.

Abrí la puerta de madera astillada lista para enfrentar el pasillo gris del edificio.

Pero el puente cerebro-boca se me congeló en el primer microsegundo. El aire del distribuidor del cuarto piso no olía a la fritura de la vecina ni al desinfectante barato del conserje. Olía a madera de cedro, a cuero italiano de tres mil dólares y a una tormenta eléctrica tan densa, caliente y territorial que el pasillo entero parecía haber sufrido una alteración en la presión barométrica.

Franco D'Santoro estaba apoyado contra la pared de yeso descascarado, justo enfrente de mi umbral.

No llevaba el abrigo de lana, solo el traje gris de tres piezas impecable, las manos metidas en los bolsillos del pantalón y esa calma gélida, depredadora y pesada que reducía las dimensiones de mi pasillo provincial a un simple callejón de su propiedad. Detrás de él, Marcus se mantenía de pie junto a la barandilla de la escalera, con su postura de beta robusto y una carpeta de cuero negro entre los brazos.

Sostuve la respiración de golpe, apretando mi bolsa de compra contra mi pecho, sintiendo que la ráfaga ardiente de mi orgullo se encendía instantáneamente en las mejillas ante la absoluta e imperturbable arrogancia de su presencia.

  • Mire, señor D'Santoro, su alarmante incapacidad para respetar el concepto de propiedad privada y límites geográficos humanos ya cruzó la línea del hostigamiento ejecutivo y entró en el terreno del acoso inmobiliario de alta frecuencia - solté, arrastrando las palabras con una ironía letal que pretendía camuflar el vuelco desbocado que mi carótida acababa de dar por su cercanía - Ayer fui bastante clara en su oficina esmerilada de millones de dólares, mi balance de productividad cubrió con creces sus gastos de sastre y su hospitalidad térmica. Así que vaya retirando su radar de National Geographic de este pasillo gris antes de que llame a la policía local y les recuerde que los alfas de Wall Street también tienen que respetar las leyes de allanamiento de Massachusetts. No voy a regresar a su piso veinticinco y mucho menos voy a ser el activo en cuarentena de su suite presidencial. ¿Le quedó claro el balance neto de mi renuncia o necesita que mi madre le active la red de espionaje vecinal otra vez para que lo procese?

FRANCO

Un ronroneo sordo, una vibración de pura, indómita y posesiva satisfacción territorial cruzó mis costillas, haciendo que el aire rancio del pasillo se saturara instantáneamente con mi ozono. Mi lobo dio un vuelco salvaje dentro de mi pecho, irguiéndose en su sitio al ver que el camión sin frenos salía de su madriguera con una sudadera vieja de Harvard, unas botas arruinadas de gamuza y esa boca sin filtros disparando ráfagas de ironía destructiva a escasos centímetros de mis colmillos.

El aroma de Hannah volvió a su estado biológico más puro, una mezcla deliciosa de café caliente, orgullo ardiente y esa agitación dulce que delataba la absoluta traición de su pulso en cuanto sus ojos avellana se toparon con mi imponente estatura pensaba que sus barricadas de madera astillada y sus contratos de renuncia humana iban a funcionar en mi ciudad.

Me separé de la pared con una lentitud deliberada, recortando la distancia en un par de zancadas fluidas hasta que obligué a su figura menuda a encajarse contra el marco de su propia puerta. Me incliné hacia adelante, reduciendo el espacio a la distancia mínima de un centímetro de estática peligrosa, sintiendo el calor biológico de su cuerpo respondiendo al contacto de mi naturaleza de alfa.

  • Tus manuales de allanamiento y tus amenazas de la policía local acaban de registrar un desfase de inventario imperdonable, Directora SanMiguel - dije, bajando la voz a un susurro denso, áspero y rudo que rozó sus labios - Las leyes de Massachusetts protegen la propiedad privada, sí pero la titularidad de este edificio cambiaron de dueño hace exactamente cuatro horas.

Extendí la mano hacia atrás sin apartar mis ojos encendidos en un oro absoluto de sus pupilas avellana, Marcus avanzó un paso con precisión milimétrica y depositó el documento de escrituras notariales sobre mi palma. Deslicé el papel de alta seguridad frente a sus ojos, rozando el cachemira de su bolso con el borde del folio.

  • Compré todo el edificio, Hannah - sentencié, y una sonrisa ladina, afilada y cargada de una oscura diversión posesiva se dibujó por completo en mis labios bien perfilados - Compré los treinta metros cuadrados de tu trinchera humana, el departamento de la vecina del cuarto piso que tanto cotillea con tu madre, el radiador viejo que secó tus botas y hasta la red de fibra óptica que suministra la luz a este distribuidor gris. A partir de las tres de la mañana de hoy, D'Santoro Enterprises es el único titular de los activos de tu vida privada, lo que significa que ya no tienes que preocuparte por pagar la renta de este mes... porque el único arrendatario legal de tu respiración soy yo.




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