EL VALOR DE MERCADO
HANNAH
El puente cerebro-boca experimentó una fusión nuclear generalizados, mis ojos avellana pasaron de las escrituras notariales con el membrete oficial del registro de la ciudad al rostro imperturbable de Franco D'Santoro, buscando desesperadamente un margen de error, una laguna legal o una coma mal puesta que me indicara que todo esto era un farol corporativo de alta gama.
No había nada, las firmas eran reales, los sellos eran reales. El lobo de Wall Street acababa de transformar mi trinchera de treinta metros cuadrados en una subsidiaria de su imperio inmobiliario en lo que duraba una noche de insomnio.
Intenté empujarlo para cerrarle la puerta en la cara pero Franco ni siquiera se movió. Su estructura masiva bloqueó el umbral con la firmeza de un bloque de concreto y antes de que mi cerebro pudiera calcular un vector de escape alternativo, su mano me tomó firmemente por el brazo, arrastrándome de forma fluida hacia el pasillo gris mientras Marcus se adelantaba para abrir el acceso de las escaleras.
El trayecto desde mi puerta hasta el sótano donde esperaba el coche fue una lección de humildad pública y auditoría a viva voz. No me callé ni un solo segundo. Mis botas de gamuza daban pisotones furiosos contra los peldaños de cemento mientras yo le vaciaba un arsenal completo de mi ironía más destructiva directo en su traje gris de tres piezas.
Franco no me respondió en las escaleras. Se limitó a guiarme con esa tracción trasera insaciable, manteniendo esa sonrisa ladina y afilada grabada en sus labios bien perfilados, disfrutando del torrente de mi falta de filtros con una parsimonia que me ponía los nervios de punta.
FRANCO
El aroma a indignación ardiente y orgullo humano saturó el coche en cuanto empujé a Hannah al interior del habitáculo de seis toneladas, metiéndome de inmediato detrás de ella y cerrando la hoja de acero con un golpe seco que selló el aislamiento acústico de la cabina.
El vehículo arrancó de golpe, devorando el tráfico de la mañana de Boston con una fluidez quirúrgica controlada por Brandon. Pero la barricada de palabras de Hannah no se detuvo con el cierre de la puerta. Se pegó contra la ventanilla, cruzándose de brazos sobre su sudadera vieja mirándome con unas pupilas avellana encendidas en pura insurgencia destructiva.
Apoyé la espalda sutilmente en el respaldo de piel del asiento, cruzando una pierna sobre la otra, dejando que una risa baja, barítona y franca cortara la estática densa que su agitación estaba liberando en el habitáculo. Mi lobo dio un vuelco de absoluta demencia posesiva en mi consciencia. El camión sin frenos llevaba todo el camino intentando auditar mi chequera con manuales de etiqueta urbana, pero su pulso ese tambor desbocado que mi oído lobuno registraba con total claridad me confirmaba que su cuerpo seguía operando bajo mis estrictos términos biológicos.
Deslicé mi mano de forma deliberada por el asiento de cuero, atrapando su barbilla con mis dedos, obligando a su rostro pálido a clavar la mirada en el oro absoluto de mis pupilas oscuras.
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jefe y empleada, enemigos a amantes, control estricto e irreverencia caótica
Editado: 28.09.2026