El Lobo Y La Tormenta

CAPITULO 67

EL VALOR DE MERCADO

HANNAH

El puente cerebro-boca experimentó una fusión nuclear generalizados, mis ojos avellana pasaron de las escrituras notariales con el membrete oficial del registro de la ciudad al rostro imperturbable de Franco D'Santoro, buscando desesperadamente un margen de error, una laguna legal o una coma mal puesta que me indicara que todo esto era un farol corporativo de alta gama.

No había nada, las firmas eran reales, los sellos eran reales. El lobo de Wall Street acababa de transformar mi trinchera de treinta metros cuadrados en una subsidiaria de su imperio inmobiliario en lo que duraba una noche de insomnio.

  • Usted... usted de verdad necesita terapia psiquiátrica de nivel alfa, señor D'Santoro - solté al fin, con la voz ahogada por una oleada de pura y cortante indignación - ¿Compró mi edificio? ¿Compró el radiador, las escaleras y el chisme del cuarto piso? ¡Eso no es una adquisición de activos, es un despliegue de demencia posesiva que roza el feudalismo psicópata interbancario!

Intenté empujarlo para cerrarle la puerta en la cara pero Franco ni siquiera se movió. Su estructura masiva bloqueó el umbral con la firmeza de un bloque de concreto y antes de que mi cerebro pudiera calcular un vector de escape alternativo, su mano me tomó firmemente por el brazo, arrastrándome de forma fluida hacia el pasillo gris mientras Marcus se adelantaba para abrir el acceso de las escaleras.

El trayecto desde mi puerta hasta el sótano donde esperaba el coche fue una lección de humildad pública y auditoría a viva voz. No me callé ni un solo segundo. Mis botas de gamuza daban pisotones furiosos contra los peldaños de cemento mientras yo le vaciaba un arsenal completo de mi ironía más destructiva directo en su traje gris de tres piezas.

  • ¿Se puede saber qué demonios pasa por su cabeza multimillonaria? - le grité en un susurro histérico mientras bajábamos el segundo piso, ignorando olímpicamente la mirada de sumisión forzada que el conserje del edificio nos lanzaba desde su cubículo - ¡Decidí volver! ¡Eso fue lo que hice! Decidí regresar a mi departamento para poner distancia profesional, para recuperar mi espacio personal y para no terminar siendo el pasivo de su suite presidencial. ¡Y su brillante respuesta ejecutiva es sacar la chequera corporativa para comprarme los ladrillos! ¿Qué sigue, señor D'Santoro? ¿Va a comprar la empresa de agua de Boston para cerrarme el grifo si no reviso los balances de Caimán antes del almuerzo? ¿Va a adquirir la cadena de supermercados de la esquina para racionarme el pan francés si decido no verlo? ¡Es una soberana estupidez y un peligro para la salud mental del trimestre!

Franco no me respondió en las escaleras. Se limitó a guiarme con esa tracción trasera insaciable, manteniendo esa sonrisa ladina y afilada grabada en sus labios bien perfilados, disfrutando del torrente de mi falta de filtros con una parsimonia que me ponía los nervios de punta.

FRANCO

El aroma a indignación ardiente y orgullo humano saturó el coche en cuanto empujé a Hannah al interior del habitáculo de seis toneladas, metiéndome de inmediato detrás de ella y cerrando la hoja de acero con un golpe seco que selló el aislamiento acústico de la cabina.

El vehículo arrancó de golpe, devorando el tráfico de la mañana de Boston con una fluidez quirúrgica controlada por Brandon. Pero la barricada de palabras de Hannah no se detuvo con el cierre de la puerta. Se pegó contra la ventanilla, cruzándose de brazos sobre su sudadera vieja mirándome con unas pupilas avellana encendidas en pura insurgencia destructiva.

  • ¡Es que no tiene límites, de verdad! -continuó Hannah, arrastrando las palabras con el filo de un bisturí - Compró el edificio solo porque decidí volver a mi vida porque no me quedé dócil en su sillón de cuero esperando a que su lobo interno cerrara el balance de mi orgullo. Su control de riesgos es una dictadura aplicada al sector inmobiliario, señor D'Santoro.

Apoyé la espalda sutilmente en el respaldo de piel del asiento, cruzando una pierna sobre la otra, dejando que una risa baja, barítona y franca cortara la estática densa que su agitación estaba liberando en el habitáculo. Mi lobo dio un vuelco de absoluta demencia posesiva en mi consciencia. El camión sin frenos llevaba todo el camino intentando auditar mi chequera con manuales de etiqueta urbana, pero su pulso ese tambor desbocado que mi oído lobuno registraba con total claridad me confirmaba que su cuerpo seguía operando bajo mis estrictos términos biológicos.

  • Dijiste que preferías pagar la luz de tu propia trinchera antes de cerrar balances físicos conmigo, SanMiguel - le recordé, bajando la voz a un barítono tan denso, áspero y rudo que el aire entre nuestras bocas se volvió respirable solo para nosotros. Me incliné hacia adelante, recortando los centímetros hasta que mi calor animal rozó la franela de su sudadera - Pues bien, ahora la luz de esa trinchera la financio yo. No compro activos para intimidar a contadores de provincia, Hannah, compro el terreno porque mi naturaleza no tolera que la mujer que lleva mi marca territorial pretenda levantar barricadas de madera astillada para huir de mí.

Deslicé mi mano de forma deliberada por el asiento de cuero, atrapando su barbilla con mis dedos, obligando a su rostro pálido a clavar la mirada en el oro absoluto de mis pupilas oscuras.

  • Decidiste volver, sí. Pero en mi imperio, las variables independientes no se mueven de cuadrante sin mi autorización de alfa -sentencié, rozando la comisura de sus labios con mi respiración caliente - Tuviste tus doce horas de tregua humana en tus mantas baratas pero tu jornada laboral en el piso veinticinco ya comenzó. Así que guarda esa ironía letal en el bolso, Directora, porque hoy vas a revisar los pasivos de la constructora de Liam desde tu nueva oficina de cristal y te aseguro que las leyes de la física biológica en este imperio no aceptan devoluciones de propiedad. Bienvenida de regreso a mi balance neto, camión sin frenos. El trimestre apenas está registrando su primera adquisición real.




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