LA ALTITUD DEL RIESGO
HANNAH
El coche blindado nos dejó en el sótano exclusivo de la firma, donde el aire olía a gasolina de alto octanaje y al silencio blindado del dinero viejo. Sin darme tiempo a recalcular mis variables, Franco me guio con esa tracción insaciable hacia las puertas de acero cepillado del ascensor privado del ala ejecutiva.
¡Ding!
El timbre celestial resonó en el cubo de concreto justo cuando las hojas se abrieron. Entramos. Las puertas se cerraron con un golpe sordo y magnético que selló el mundo exterior. El indicador digital de la pared comenzó a iluminarse con una velocidad vertiginosa: piso dos, piso cinco, piso diez... El calor de la cabina, sumado al espacio ridículamente reducido, hizo que el ambiente se saturara instantáneamente de ozono, cedro y ese persistente olor a control que Franco desprendía por los poros.
Me planté en mitad del cubículo, negándome a jugar en desventaja mientras ascendíamos hacia el piso veinticinco. Mi puente cerebro-boca dio un vistazo a su traje gris de tres piezas, analizó la absoluta arrogancia con la que sostenía la mirada y decidió que el camión sin frenos tenía que meter una última réplica destructiva antes de que la placa dorada de mi oficina volviera a atraparme.
Di un paso al frente, recortando la distancia de forma completamente temeraria, hasta que mis botas planas de gamuza quedaron a un milímetro de sus zapatos de diseñador. Alcé la barbilla, quedando suspendida a escasos dos centímetros de su boca, sintiendo el calor húmedo de su exhalación chocando directamente contra mis labios.
FRANCO
Un gruñido sordo, una vibración de pura y salvaje provocación territorial retumbó en lo más profundo de mi pecho, haciendo que las paredes de acero del ascensor privado emitieran un siseo estático. Mi lobo dio un vuelco de absoluta demencia biológica dentro de mi consciencia. La humana que ayer había destrozado al consorcio europeo y que esta mañana vestía una sudadera vieja de Harvard acababa de dar un paso al frente para amenazarme con morder mi boca a dos centímetros de mis colmillos, en mitad de mi propio elevador privado.
El aroma de Hannah inundó mis pulmones de forma abrumadora, la fragancia dulce a lluvia limpia se mezcló con el rastro ardiente de su orgullo y una agitación que su cerebro era completamente incapaz de frenar. Su corazón un tambor desbocado que mi oído lobuno registraba con una nitidez insultante iba a una frecuencia frenética que delataba su absoluta sumisión interna antes de que terminara de formular su última barricada de palabras.
No le di tiempo de calcular el vector del piso veinte.
Incliné mi imponente estructura hacia adelante, apuntalando mi peso sobre el panel digital de la cabina, justo a los costados de sus hombros, acorralándola por completo contra el acero helado del ascensor. Reduje los dos centímetros a medio milímetro, el espacio justo para que el roce de nuestras respiraciones fuera una descarga de alta tensión en su columna. Mis ojos se encendieron en un oro absoluto, líquido y letal que no disimulaba el menor rastro de civilización ejecutiva.
Deslicé mi mano de forma deliberada por la pared de acero, subiendo por su cuello hasta enredar mis dedos firmemente en su cabello oscuro, fijando su rostro contra la superficie metálica para que no pudiera desviar las pupilas avellana ni un milímetro.
¡Ding!
El indicador digital se iluminó en un dorado impecable. Las puertas de acero se abrieron de par en par con un siseo neumático justo en la antesala de la recepción principal, revelando el mármol negro del piso veinticinco donde Cristhian y Tatiana ya nos esperaban con los informes de la mañana entre las manos.
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jefe y empleada, enemigos a amantes, control estricto e irreverencia caótica
Editado: 28.09.2026