El Lobo Y La Tormenta

CAPITULO 68

LA ALTITUD DEL RIESGO

HANNAH

El coche blindado nos dejó en el sótano exclusivo de la firma, donde el aire olía a gasolina de alto octanaje y al silencio blindado del dinero viejo. Sin darme tiempo a recalcular mis variables, Franco me guio con esa tracción insaciable hacia las puertas de acero cepillado del ascensor privado del ala ejecutiva.

¡Ding!

El timbre celestial resonó en el cubo de concreto justo cuando las hojas se abrieron. Entramos. Las puertas se cerraron con un golpe sordo y magnético que selló el mundo exterior. El indicador digital de la pared comenzó a iluminarse con una velocidad vertiginosa: piso dos, piso cinco, piso diez... El calor de la cabina, sumado al espacio ridículamente reducido, hizo que el ambiente se saturara instantáneamente de ozono, cedro y ese persistente olor a control que Franco desprendía por los poros.

Me planté en mitad del cubículo, negándome a jugar en desventaja mientras ascendíamos hacia el piso veinticinco. Mi puente cerebro-boca dio un vistazo a su traje gris de tres piezas, analizó la absoluta arrogancia con la que sostenía la mirada y decidió que el camión sin frenos tenía que meter una última réplica destructiva antes de que la placa dorada de mi oficina volviera a atraparme.

Di un paso al frente, recortando la distancia de forma completamente temeraria, hasta que mis botas planas de gamuza quedaron a un milímetro de sus zapatos de diseñador. Alcé la barbilla, quedando suspendida a escasos dos centímetros de su boca, sintiendo el calor húmedo de su exhalación chocando directamente contra mis labios.

  • Mire, señor D'Santoro, su brillante adquisición de mi edificio es un pasivo de riesgo que sus abogados van a tener que justificar ante la junta - le solté en un susurro cortante, derrochando una ironía letal que pretendía camuflar el vuelco desbocado de mi pulso en la carótida - Podrá haber comprado mis treinta metros cuadrados, mis ladrillos y la fibra óptica del cuarto piso, pero le tengo una pésima noticia contable, las escrituras notariales no cubren el usufructo de mi dignidad humana. Detrás de esta puerta de acero, yo sigo siendo una variable independiente. Así que vaya apagando el destello místico de sus pupilas porque no pienso ser el activo dócil que su lobo interno pretenda inventariar entre piso y piso. Si usted cree que comprar mi techo le da el derecho de propiedad sobre mi respiración, le sugiero que revise los covenants de mi contrato, porque no tengo intenciones de dejarme domesticar en este cubículo. ¿Le quedó claro el balance o prefiere que le muerda esa sonrisa de suficiencia corporativa antes de que el indicador llegue al piso veinte?

FRANCO

Un gruñido sordo, una vibración de pura y salvaje provocación territorial retumbó en lo más profundo de mi pecho, haciendo que las paredes de acero del ascensor privado emitieran un siseo estático. Mi lobo dio un vuelco de absoluta demencia biológica dentro de mi consciencia. La humana que ayer había destrozado al consorcio europeo y que esta mañana vestía una sudadera vieja de Harvard acababa de dar un paso al frente para amenazarme con morder mi boca a dos centímetros de mis colmillos, en mitad de mi propio elevador privado.

El aroma de Hannah inundó mis pulmones de forma abrumadora, la fragancia dulce a lluvia limpia se mezcló con el rastro ardiente de su orgullo y una agitación que su cerebro era completamente incapaz de frenar. Su corazón un tambor desbocado que mi oído lobuno registraba con una nitidez insultante iba a una frecuencia frenética que delataba su absoluta sumisión interna antes de que terminara de formular su última barricada de palabras.

No le di tiempo de calcular el vector del piso veinte.

Incliné mi imponente estructura hacia adelante, apuntalando mi peso sobre el panel digital de la cabina, justo a los costados de sus hombros, acorralándola por completo contra el acero helado del ascensor. Reduje los dos centímetros a medio milímetro, el espacio justo para que el roce de nuestras respiraciones fuera una descarga de alta tensión en su columna. Mis ojos se encendieron en un oro absoluto, líquido y letal que no disimulaba el menor rastro de civilización ejecutiva.

  • Tu aduana financiera acaba de quedarse sin saldo para pagar esta fianza, SanMiguel + le dije, bajando la voz a un barítono tan áspero, rudo y denso que sentí el espasmo involuntario de sus músculos bajo la franela - Me hablas de variables independientes y amenazas mi sonrisa con tus aduanas de oficina mientras tu carótida está golpeando mi sistema nervioso con un galope que delata tu traición biológica.

Deslicé mi mano de forma deliberada por la pared de acero, subiendo por su cuello hasta enredar mis dedos firmemente en su cabello oscuro, fijando su rostro contra la superficie metálica para que no pudiera desviar las pupilas avellana ni un milímetro.

  • Pruébalo, Hannah - desafié, rozando deliberadamente su labio inferior con el mío, saboreando el fuego abrasador de su agitación - Intenta morder esta boca antes de que las hojas se abran y te aseguro que tu rango humano y tus covenants contables se van a quedar sin activos en este imperio. Compré tu edificio porque lo que lleva mi marca no se esconde en los suburbios de Boston y en este cubículo no hay comités de valores, ni llamadas de tu madre que puedan salvar al camión sin frenos del impacto definitivo de mi naturaleza. Elije rápido, Directora. ¿Vas a usar esa lengua letal para revisar balances... o vas a capitular frente al alfa antes de que el cronómetro llegue al piso veinticinco?

¡Ding!

El indicador digital se iluminó en un dorado impecable. Las puertas de acero se abrieron de par en par con un siseo neumático justo en la antesala de la recepción principal, revelando el mármol negro del piso veinticinco donde Cristhian y Tatiana ya nos esperaban con los informes de la mañana entre las manos.




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