CÓDIGOS DE VESTIMENTA Y CONTROL
HANNAH
Las puertas del ascensor se abrieron con un siseo neumático implacable. Salí disparada del cubículo de acero hacia el mármol negro de la recepción, empujada por la pura indignación y el calor sofocante que Franco D’Santoro seguía proyectando a mi espalda. Mantuve la barbilla en alto pero mi vestimenta era un poema a la indigencia, pantalones de franela viejos, botas de gamuza que gritaban un cambio y una sudadera gris tres tallas más grande con las letras de Harvard Economics desgastadas por los lavados.
El silencio en la recepción se congeló al instante.
Cristhian, que estaba revisando unos gráficos en su tableta cerca del mostrador principal, se detuvo en seco con los ojos abiertos como platos de porcelana. Su mirada pasó de mis botas pasas al agarre posesivo y firme con el que Franco sostenía mi hombro, barriendo el desastre estilístico con una fascinación científica que casi le hace soltar el dispositivo.
A su lado, Tatiana parecía haber sido tallada directamente en un iceberg de alta gama, su traje de dos piezas blanco inmaculado desafiaba cualquier desastre de la naturaleza pero sus fosas nasales se dilataron en el acto al registrar el aire. Su lóbulo olfativo de loba pura decodificó el aroma de inmediato, el pasillo entero se saturó del olor a ozono, cedro y la marca territorial del alfa impregnada en mi sudadera. Una mezcla de asco aristocrático, horror corporativo y desconcierto biológico cruzó su rostro perfecto antes de que su máscara ejecutiva volviera a encajar de forma rígida.
Franco no rompió el paso. Avanzó conmigo por el mármol negro, reduciendo las dimensiones de la recepción con su sola estatura y clavó sus pupilas oscuras aún encendidas con el destello dorado de nuestra colisión en el ascensor directamente sobre su gama.
El puente cerebro-boca se me encendió con una inyección de pura y cortante independencia. Me planté en mitad del pasillo principal, obligando a Franco a detener su zancada depredadora al clavar mis tacones imaginarios en el mármol y lo apunté con el dedo índice directo a la corbata de su traje de tres piezas.
FRANCO
Un ronroneo sordo, una vibración de pura y salvaje satisfacción territorial me sacudió las costillas, esparciendo mi ozono por todo el pasillo restringido de la planta ejecutiva. Mi lobo dio un vuelco de absoluta demencia posesiva en mi consciencia, enseñando los colmillos ante la imponente estampa de mi Luna, que acababa de detener mi paso frente a mis subordinados para ordenarle a mi gama que desobedeciera una línea directa de mi comando.
Observé a Tatiana. Mi asistente personal se mantenía rígida como una estatua, con los dedos tensos sobre su carpeta de cuero negro, tragándose el desconcierto moral de ver cómo una humana una criatura menuda vestida con ropa barata de los suburbios me amenazaba como si ella estuviera por encima de la cadena alimenticia frente a toda la manada. Su aroma se agrió instantáneamente con la sumisión forzada, su instinto le exigía someter la insolencia de Hannah pero el fuego dorado de mis pupilas la confinó a la barrera de forma irrevocable.
Cristhian desvió la mirada entre Hannah y yo, sosteniendo la tableta contra el pecho con una timidez que no ocultaba su absoluta diversión ante el quiebre definitivo del protocolo feudal de la firma.
Me incliné sobre Hannah, reduciendo el espacio hasta que mi respiración caliente rozó la franela de su sudadera vieja, acorralándola sutilmente contra la línea de la pared de nogal del pasillo principal, ignorando olímpicamente como trataba de hacer un escudo con sus brazos.
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jefe y empleada, enemigos a amantes, control estricto e irreverencia caótica
Editado: 28.09.2026