El Lobo Y La Tormenta

CAPITULO 71

EL PUNTO DE RUPTURA

HANNAH

El puente cerebro-boca se me incendió con una inyección de pura y cortante adrenalina. ¿Desvestirme él mismo? ¿En mitad de mi despacho? Las alarmas de mi mente estaban parpadeando en un rojo nuclear que devoraba cualquier rastro de los veintidós grados que yo misma había programado en el termostato. El calor de su cuerpo aplastando la franela de mi sudadera de Harvard Economics era un pasivo de riesgo que me estaba bloqueando los pulmones, pero mi orgullo no iba a firmar una sumisión feudal solo porque sus pupilas estuvieran encendidas en un oro líquido absoluto.

  • Inténtelo, señor D'Santoro - le solté en un susurro furioso, recortando el último medio milímetro de distancia, plantando mis manos directamente sobre la tela negra de su camisa para empujarlo con una rigidez matemática que no disimulaba el temblor de mis dedos - Intente ponerle una sola mano encima a esta sudadera y le juro que la auditoría que le voy a hacer ante la comisión de valores no va a ser por fraude fiscal, sino por asfixia biológica y delincuencia territorial. ¡No soy su activo en cuarentena, ni su Luna dócil, ni un territorio que pueda anexar a su chequera inmobiliaria con sus amenazas de National Geographic!

Me retorcí en su agarre, forzando a mis muñecas a zafarse del círculo de acero de sus dedos con un entusiasmo suicida que solo logró que el roce de nuestras bocas fuera un castigo físico para mi resistencia. La fricción de su mandíbula rígida contra mi mejilla envió una descarga de alta tensión directo a mi columna vertebral, desatando un nuevo forcejeo a milímetros de sus labios.

Estábamos atrapados en un bucle cerrado de estática y rabia. Mis dedos se crisparon sobre sus hombros anchos, intentando empujarlo lejos de mi escritorio pero mi propia biología me estaba traicionando de nuevo, mi carótida latía a un galope tan desbocado que el aroma a ozono y cedro de su marca me estaba nublando los últimos filtros de la lógica corporativa.

  • ¡Suélteme ya! - le grité contra la comisura de la boca, derrochando una ironía letal que sonó rota por la falta de aire - ¡Regrese a su suite presidencial a contar sus millones y déjeme...!

FRANCO

La última barrera de mi paciencia se pulverizó con el impacto de su exhalación furiosa contra mis labios. El aroma de Hannah colapsó en un microsegundo, la fragancia dulce a lluvia limpia fue borrada por una oleada ardiente, letal y concentrada a puro desacato y orgullo insurgente que me encendió la sangre de forma salvaje.

Mi lobo dio una violenta dentellada en el fondo de mi consciencia, perdiendo por completo el control de los frenos ante la humana que seguía amenazando mi control de impulsos con demandas de la comisión de valores a un centímetro de mis colmillos.

  • Se terminó la auditoría verbal, SanMiguel - le gruñí, y mi barítono bajó a un registro tan áspero, rudo y denso que las placas de cristal de la puerta emitieron un crujido sutil que sacudió la estática de la oficina.

Perdí la paciencia. Rompí cualquier protocolo de distancia que su rango humano pretendía exigir detrás de esa mesa de caoba.

Apreté el agarre en sus muñecas con una presión masiva que la inmovilizó por completo contra el borde de la mesa, anulando su forcejeo en un parpadeo. Me incliné sobre ella con toda la estatura de mi naturaleza de alfa, aplastando sus manos contra mi propio pecho, obligando a sus ojos avellana a clavar las pupilas directamente en el fuego dorado de las mías. El espacio entre nuestras bocas se redujo a cero absoluto.

  • Estás hurgando en las gavetas equivocadas, Hannah Abigail - sentencié, rozando deliberadamente sus labios con los míos con la fuerza de una sentencia irrevocable - Te di tres minutos para entrar a ese vestidor, te di un contrato de nivel alfa en mi coche y compré tus malditos treinta metros cuadrados para que entendieras que en esta ciudad tu respiración ya tiene dueño pero tu boca sin prefiere seguir jugando a las vencidas con mi animal antes de aceptar el color de mi tormenta.

Deslicé mi mano libre por la seda del portatrajes carmesí, arrancando la prenda del perchero de cromo de un solo manotazo, enviando la percha a estrellarse contra el suelo de mármol con un estrépito metálico que selló el aislamiento acústico de la suite.

  • No voy a esperar a que el cronómetro llegue a cero y mucho menos voy a pedirle permiso a tus covenants contables para restablecer el orden territorial en este despacho - le advertí en un susurro ronco, fijando su nuca con mis dedos, saboreando el ardor de su agitación - Si el camión sin frenos no sabe cómo detenerse ante el alfa, yo voy a liquidar tu independencia humana en este sillón de cuero ahora mismo. Te vas a poner el sastre rojo carmesí porque eres mi Luna, porque tu sangre ya firmó el tratado en mi cama y porque en este imperio las leyes de la física se ejecutan bajo mis estrictos términos, quieras o no. Entra a ese vestidor por tu cuenta... o te juro por mi naturaleza que la jornada laboral de hoy la vas a pasar sin ropa en mi oficina presidencial. Elige rápido, camión sin frenos. Mi paciencia llegó a cero neto.




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