Este cuento fotma parte del libro Los invitados invisible (Premio Adolfo Bioy Casares 2024)
Es extraño sentir esta vergüenza frente al hombre que en definitiva me conoce como ningún otro. Estoy tentado de cerrar los ojos otra vez, pero no lo hago. Es la última parte del plan, y voy a seguir las reglas que me impuse. Me llevo un nuevo ravioli au saumon a la boca, y pienso en lo curioso que es estar acá, en este restaurant dos estrellas Michelin, con él. No importa cómo se llame este hombre: he descubierto su verdadero nombre y para mí seguirá siendo el Morsa. Así se llamará siempre.
Él no sabe quién soy, no ha podido darse cuenta. Han pasado veinte años. Llevo otro color en el pelo, y un peinado distinto, otra manera de decir las cosas, y unas cuantas cirugías para corregir los dientes rotos por los golpes que me han dado.
Apoyo el menú sobre la mesa. Con el tiempo se aprende a vivir sin la ayuda de una mano, a soportar ese dolor fantasma propio de las mutilaciones. Se aprende más tarde a tener dedos de titanio, recubiertos en piel artificial. Made in Switzerland. Un cirujano argentino –el mejor de todos— los implantó con tal cuidado que casi nadie logra darse cuenta. Lo que no se aprende nunca es a superar el odio que yace dentro de uno.
Ahora está acá, el Morsa, sentado frente a mí, gracias a los servicios de un investigador privado que también fue parte del engaño. Será mejor no revelar la identidad de este antiguo jefe de policía —despojado de su cargo por razones que no vienen al caso—, que ha cumplido con su tarea de forma impecable, y ha cobrado con igual eficacia por sus horas de investigación. Así que vamos a llamarlo así. Policía Retirado.
El día ha llegado. Es mi turno de actuar, de tener el control. Estoy solo, sin apoyo de ningún tipo. Apenas me separa de esta bestia la superficie de una mesa redonda, cubierta por un mantel de seda color marfil. Pero mi atención de pronto se posa en cosas sin importancia; tal vez así me sienta más cómodo, o más seguro. Sin esfuerzo percibo el aroma de mi perfume mezclarse en el aire con el suyo, esa sustancia ácida y penetrante que desprenden los hombres peligrosos. Y ese olor vuelve a confundirme: en algún rincón remoto de mi memoria se enreda con el placer que siento al estar acá, teniéndolo a mi merced. Ese olor guardado en mi mente —en el recuerdo oscuro de aquellos días encerrado—, el olor inconfundible del Morsa. Con los ojos cerrados podría distinguirlo entre todos los hombres del mundo. Estoy tirado en el suelo; la venda no me deja ver. Ese olor entra al cuarto, se arrodilla junto a mí y me golpea en el pecho. Un cigarrillo se apaga en la piel de mi brazo.
Tengo en la boca este ravioli au saumon, transformado en una obra de arte por manos expertas instruidas en el extranjero. Siento cómo se deshace en el paladar su textura blanda y fina, envuelta en la acidez de una salsa de crema al limón; luego llega el tenue ardor de la pimienta, el sabor de la carne de pescado se intensifica, suave y blandamente se deja triturar, casi sin esfuerzo; y aparece este agradable sabor a mar, sutil, pero persistente, hacia el final de cada bocado.
Y pese a todos mis esfuerzos, el amargor de aquel engrudo que me daban sigue ahí, la sensación queda tatuada dentro de mi boca. Ese arroz blanco y apelmazado, frío, hervido en agua sucia. Desde la memoria de mi lengua se agazapa y contamina cualquier cosa que me disponga a comer. Lo peor es eso que perdura en la superficie de la lengua, como una piel fantasma, una funda inmunda, una costra invisible y para siempre. Desde aquel momento, cualquier cosa que ingiero se transforma en ese engrudo que me daban. Me llegaba a través del hueco en la capucha, una vez al día, durante todo el tiempo que me tuvieron secuestrado. Alguien me alimentaba con la aprensión que se le tiene a un enfermo contagioso –mis manos atadas tras la espalda—, y yo tragaba lo que había de comer. Me golpeaban para que abriera la boca: Dale, abrí grande, que si no no entra. Sangre y arroz, todo mezclado.
La sensación se extiende también a cualquier sitio donde me encuentre: un líquido oscuro inunda el piso de este restaurante, empapa la alfombra persa debajo de nuestra mesa, moja también la suela de mis zapatos italianos, los llena de barro. Trepa por las patas de la silla estilo Luis XV donde estoy sentado, arruina mi pantalón –y sube—, empapa mi camisa. Y el olor a podrido se hace sin remedio insoportable.
Hasta que vuelvo a estar aquí, ahora. Tan fresco. Tan elegante. Por eso el perfume. Tan fuerte, tan francés. Sentado frente a este hombre que de nada de esto logra darse cuenta. Veinte años después de mi secuestro.
Noto que el mozo se acerca a nuestra mesa. Entre sus manos, envuelta en una servilleta de tela –con el cuidado con el que se carga a un bebé recién nacido—, trae la botella que he ordenado para el plato principal. Ha ido a buscarla al subsuelo de este restaurante, donde se aloja la bodega; allí la temperatura es controlada por unos sensores que también miden la humedad del ambiente y el acceso a la luz natural, igual a la bodega que tengo en una de mis casas. En dos estantes completos, con decenas de botellas distintas, rotadas a una frecuencia programada, están allá abajo reservadas a mi nombre. Ante la presencia del mozo vuelvo a ocultar mi mano defectuosa debajo de la mesa. No me sorprende que el Morsa tampoco la haya descubierto: mi mano derecha, herida para siempre, escondida cada vez que puedo, donde se articulan los dedos artificiales hechos en titanio —para eso en Suiza se han tomado el trabajo de copiar los rasgos de mi piel—, idéntica a su hermana sana, completa y de carne y hueso. Que hayan cuidado hasta el más mínimo detalle me ha costado lo que un auto alemán. Y ni siquiera.