El miedo en los dedos

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Quisiera poder evitarlo, pero el recuerdo de aquellos momentos previos al desmayo sobreviene con fuerza: la herramienta que usa brilla bajo la luz que cae desde el techo; su filo corta la piel, la sangre lubrica la hoja, y sin dificultad llega hasta el hueso. Y no se detiene ahí.

-Te va a doler un poquito, dice el Morsa en voz alta, para que yo lo escuche detrás de la capucha.

Un poquito queda resonando en mi cabeza. Lo que aterra es la forma en que lo dice.

La pinza ejerce más presión, encuentra con facilidad la articulación de la segunda falange, la parte más débil, hecha de cartílago. Los tendones saltan con un chasquido seco, como cuerdas inútiles de guitarra.

Siento que algo se desprende de mí, que vuela por el aire y cae al suelo.

El Morsa se agacha y lo recoge

Los primeros cuatro dedos los enviaría en una caja de cartón a mi padre.

Este último dedo vivo se lo queda él. Es su trofeo.

En el más estricto hermetismo, como si fuera mi doble —ese otro yo capaz de acceder sin culpa a lo que de veras se desea—, tomé la decisión de contratar los servicios de Policía Retirado. Ni mis padres, ni mi mujer, ni mucho menos ninguna de mis secretarias debían enterarse de nada. Todo debía hacerse con la discreción de las cosas que rozan el peligro.

De lo que este hombre pidió, doblé sus honorarios. Más unos cuantos gastos extras. Y tuve la humildad necesaria de saber esperar.

Una mañana sonó el teléfono personal, ese número privado que nadie tiene.

-Lo encontré.

Enseguida reconocí su voz. No nos habíamos visto nunca cara a cara.

Policía Retirado volvió a hablar:

-Sé quién es, y por dónde se mueve.

Me quedé en silencio. Al cabo de unos segundos escuché que decía:

-Va a ser fácil.

De inmediato comprendí lo que eso significaba.

-No, dije.

Tenía enfrente un espejo: la camisa desabrochada, el nudo de la corbata sin hacer. Alcé la mirada. En el reflejo encontré esa media sonrisa mía, de malsana satisfacción. La mano trunca temblaba de sólo volver a pensar en él.

-Espere nuevas instrucciones, respondí.

Y apagué el teléfono.

No supe bien qué hacía. Pero ya no lo quería muerto, sino todo lo contrario.

Una semana después de nuestra charla nos encontramos al costado de una ruta provincial poco transitada, mientras mi chofer esperaba dentro del auto. Había llegado hasta ahí para que Policía Retirado me informara dónde vivía el Morsa, qué lugares solía frecuentar, en qué casa lo aguantaban cuando lo buscaba la policía, y hasta el nombre de las prostitutas con las que se había ido a festejar con el dinero de mi rescate. Ya deben estar muertas, pensé. Fue hace veinte años. Esa gente no vive demasiado.

La primera parte del plan había sido un éxito. Le hice una seña a mi chofer, y mi chofer bajó con un sobre con dinero. Ni más ni menos que lo acordado. El chofer regresó al auto, y cuando volvimos a quedarnos solos, Policía Retirado quiso saber qué hacíamos con el Morsa. Dijo:

-Si quiere dar un mensaje, le aconsejo: el cuerpo debería aparecer en un lugar, y la cabeza en otro.

Comprendí la pequeña diferencia que existía entre Policía Retirado y el Morsa. Yo era esa pequeña diferencia.

Y en ese momento, un viento levantó tierra seca y nos ensució a los dos.

El Morsa me mira. Me sorprende que haya dejado de comer, algo lo preocupa. La pregunta que tiene en mente desde que ha entrado a este restaurant se le enreda en la boca.

-¿A quién estamos esperando? Eso quiere saber, y se impacienta.

-¿Qué mierda hacemos acá? dice alzando un poco la voz.

Y si al principio me preocupo, luego descubro que esta brutalidad despierta en mí un cierto grado de admiración que no llego a entender. No digo nada, me gusta verlo así, nervioso. Inseguro. Me genera también una cierta sensación de poder. Callo, no se me ocurre qué decirle, tampoco lo sabía cuando atado de pies y manos me preguntaba cosas sin sentido, o me echaba culpas que no tenía. Esto va por los pobres diablos que trabajan en tus fábricas. Y me escupía en la cara, se reía a carcajadas, se bajaba los pantalones y practicaba puntería con el chorro amarillo que me caía encima. Ensayo una respuesta:

-El hombre que esperamos está por llegar.

Hago una pausa y bebo un poco más de vino. Me refiero a la persona imaginaria de la que le hablaron al Morsa para convencerlo de que viniera hoy acá.

Después de despedir y cortar todo vínculo con Policía Retirado, contraté a Ex Agente de Inteligencia: él fue quien logró infiltrarse y ganarse su confianza –le hizo creer que era uno de ellos—, y que tenía un trabajo jugoso entre manos. Así puse en marcha la segunda parte de mi plan.

Ahora el Morsa cree que vamos a encontrarnos con un empleado infiel que trabaja en una financiera, quien sabe cuál es el día en que se mueve más dinero, a qué hora suele llegar el camión de caudales, qué guardia está realmente armado y a quién hay que atacar primero.




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