Su nombre queda suspendido entre nosotros, como una corriente eléctrica que nos atraviesa y nos une. Se me quiebra la voz al hablar. Aunque me cueste admitirlo, este hombre ejerce sobre mí un poder inmenso: siento que los dedos me crecen sólo para que él pueda volver a cortarlos. Al cabo de unos segundos, los labios se le tuercen un poco, y se forma esa misma sonrisa nerviosa que despertaba –y que sigue despertando— ese terror dentro mío, sembrado en aquellos días cuando me tuvo encerrado.
El mozo se aproxima, y diligente retira los platos de la mesa. Se aleja de nosotros, y volvemos a quedarnos solos.
Mi mano defectuosa aparece por primera vez sobre el mantel. La exhibo para que él la vea. El Morsa me observa mover mis dedos falsos. Tamborileo contra la superficie de la mesa, provocándolo. Quiero que comprenda que haberlo citado aquí fue una trampa, que no habrá ningún robo a ninguna financiera, que yo no soy quien él pensaba. Afuera habrá gente vigilante, no tiene escapatoria. A partir de este momento le será imposible huir de mí.
El Morsa alza su mirada, desde mi mano hacia mis ojos. Pretende intimidarme. Yo comienzo a desprender el dedo suizo hecho por artesanos argelinos que se aleja del resto de sus compañeros. El pulgar queda erguido sobre el mantel, en medio de la mesa. Mi pequeño falo artificial. Lo dejo ahí, firme, solo. Lo miro también yo, como si lo ofreciera. Quien viera la escena pensaría en un truco de magia: uno a uno, entonces, desprendo los otros cuatro dedos que restan. Quiero que vea lo que hizo conmigo, cómo me ha dejado. Un dolor sordo –como aquella vez—, invisible, se recrea cuando vuelve a quedar vacía la mano mutilada. Los cinco dedos, uno parado junto al otro, en su orden natural, son de algún modo ahora cinco balas. Elevo apenas mi mano, el Morsa se atreve a una mueca de asco ante los muñones pequeños –como rodillas diminutas, con sus puntas redondeadas— donde nace cada línea de cicatriz.
El silencio parece apoderarse también del salón, del resto de los comensales; los cubiertos sostenidos en el aire, inmóviles, las copas a milímetros del brindis. Todo ha quedado en pausa. Es esto lo que he venido a buscar. Este silencio. Esta pausa. El vacío en su mirada. Ya ha descubierto quién soy –sabe que lo han engañado—, y que podría hacer con él lo que quisiera. Disfruto ese temblor leve de sus párpados. Para el Morsa, sólo soy el hombre que lo hizo rico durante un tiempo, el que pidió compasión por su vida desde un colchón empapado en sangre.
Me pregunto: qué haría él en mi lugar con el hombre que lo torturó hasta el desmayo.
Sólo pienso en esto para aletargar los segundos que me separan de la despedida.
De seguro alguien como él saltaría por encima de la mesa, tomaría el cuchillo dormido al costado del plato y ajustaría cuentas.
Me rio para mí mismo. Para aumentar su desconcierto.
Matarlo así no valdría la pena, pienso. Sería demasiado rápido. Y no esperé tantos años para que sufra tan poco.
Al fin se descubre esa frontera difusa que me separa de todos los Morsas, y los Policías Retirados, y los Ex Agentes de Inteligencia del mundo, y me permito entonces la violencia que la venganza necesita. Estoy allí, de pronto, en esa ruta de tierra donde me dejó al liberarme. Soy esa tierra, y esa ruta.
Vuelvo a colocar cuatro dedos en su lugar; con una leve presión se incorporan a sus falanges. El Morsa no entiende. Pero sí entiende. He vuelto a colocarme todos los dedos menos el pulgar.
Con la otra mano tomo este dedo, atravieso la distancia sobre el mantel, se lo acerco.
Cuánta intimidad se necesita para llevar a cabo esto –es casi un acto sexual— cuando deposito mi pulgar sobre la palma abierta de su mano.
Entonces, como la flor carnívora al contacto con la mosca, sus dedos se cierran, atrapando mi pulgar.
Ahora me incorporo. El Morsa permanece callado. Tiene miedo, lo sé. Disfruto mucho de su miedo. Yo tengo miedo también. Pero este miedo –el que compartimos— me gusta. La violencia me iguala al monstruo. Y eso es, precisamente, lo que pretendo.
Me alejo de la mesa. Camino triunfal hacia la salida. A mis espaldas queda el Morsa. El maître se acerca, agradece mi presencia y retiene la puerta por mí. Salgo a la calle.
Afuera, el aire y el sol de la tarde me aturden un poco. Ya estoy de regreso a mi vida, la que ha quedado en suspenso durante mi reunión con el Morsa.
Mi chofer me observa desde detrás del volante. Se baja, toma mi saco –como es costumbre— y abre la puerta del coche. Me subo, escucho que el motor se pone en marcha.
-A casa, digo.
Es un buen hombre. Paciente. Confiable.
A partir de este momento, el Morsa me pertenece.
Esta vez he sido amable, sólo esta vez. Cuando menos lo espere, se irá encontrando con mis otros cuatro dedos de titanio.
Pasará un tiempo.
Hasta que el índice aparezca en su cuarto, al revisar el cajón donde suele guardar el arma.
Días más tarde, oirá los gritos de su hija al hallar el anular en su bolso del colegio.
El mayor bailará en el aire, mucho después, durante un sueño. Y al despertar, lo sentirá duro y frío dentro de su boca.
Quedará solo un último dedo por recibir. Ese dedo marcará el comienzo de sus últimos días con vida. Él mismo rogará que el meñique llegue pronto: la espera ya se parecerá un poco a la muerte.