A las doce de este día todavía pensaba que aquello tenía solución.
No sé por qué recuerdo exactamente esa hora. Quizá porque fue la última vez que pensé que todavía quedaba tiempo. O quizás porque a las doce de este día todavía podía respirar sin tener que pensar en hacerlo.
Pero eso lo supe después.
El cielo que se podía ver a través de la ventana ya no era el mismo que unas horas antes. La luna había cambiado de sitio. La reconocí casi por costumbre, suspendida sobre los edificios, mucho más hacia un lado de lo que recordaba, dándome aviso de que había abandonado el día anterior hace una o dos horas.
Miré el reloj para confirmarlo.
Dos y siete de la madrugada.
Había pasado el último par de horas recostada sobre la cama, tan inmersa en mis pensamientos que el tiempo corrió sin darme cuenta.
Estoy segura que no estaba pensando en nada importante.
Fue lo que probablemente me pareció extraño después.
Siempre imaginamos que antes de que ocurra algo terrible estamos haciendo algo que, visto después, parece una señal. Como sí la vida tuviera la cortesía de darnos una advertencia.
Una frase extraña, un cambio repentino, un presentimiento, una despedida que se siente diferente o, en el mejor de los casos, resultas ser demasiado bueno.
Yo estaba pensando en la taza sobre el lavaplatos de la cocina, tenía que lavarla cuando amaneciera.
Eso fue esto.
Una taza azul que usaba para todo y que esa noche había evitado lavar.