El Monstruo

LECCIÓN 4: No des de comer a los animales de la calle, o te seguirán.

Los sonidos de la ambulancia se escucharon de fondo cuando Lucas siguió a Sinchi detrás de unos carros, su expresión ansiosa rebotó en ligeras respiraciones cuando volteo de nuevo al colegio y entre los árboles a lado de las rejas, vio aparecer Micaela.

Ella ajustó sus gafas de sol en dirección a una neblina gris que embullo la última parte de sol, el viento frío golpeó los sentidos de Lucas antes de ver a su lado a esa joven.

— Vámonos — ordenó ella.

La observó en silencio, sin poder descifrar sus movimientos se quedo absorto cuando esa chica sacó de su mochila una navaja suiza y en un solo movimiento abrió la puerta de un coche antiguo.

— ¡Oye! — alertó el profesor.

Por un instante, volteo alrededor, su cabeza fue de derecha a izquierda a ese parque con solo dos personas sentadas.

— Estas demente — lucas dio otro paso atras—. ¿porque debería confiar en ti?

“¡COMETELA!”

La voz asquerosa del virus lo hizo sacudir la cabeza. Dio un segundo paso atrás, apunto de darles la espalda sintió un jalón en la camisa blanca.

Era Micaela

— Escucha … — suspiro y lo vio a los ojos—. Aleje al monstruo y salve a tus alumnos, ¿Qué más quieres? hasta nos gastamos nuestras rocas protectoras.

Lucas calmó su ceño fruncido y volteo al estuche.

— ¿Tienes más armas?

— Si. Ahora debemos ir a un lugar sagrado — Micaela explicó, concentrada al sacar de su mochila una navaja suiza.

“ Es una maldita mentirosa. ¡COMETELA!”

De nuevo, sacudió su cabeza.

— No — gimoteo el profesor antes de volver a ver a Micaela— ¿Cómo esperas que crea todo esto? no existen los chamanes.

— ¿Pero si los monstruos? — se burló la joven de coletas— todo el mundo es tan raro en estos días, así que … ¿Por qué no creer en los chamanes?

Ella sonrió y se inclinó al interior del auto.

— Creo que solo eres un mentiroso —recrimino él.

— Descuida — alargó micaela y saltó al interior— tengo brevete y lo conseguí en el primer intento

— ¿No eres menor de edad?

Mientras que Sinchi se sentó en los asientos traseros, la frente de Lucas se arrugo ante las palabras de la chica. Aunque por un momento, se dedicó a acariciar su cien, poco a poco, su mano libre lo guió al marco de la puerta.

Llevó su mano derecha contra el marco de la puerta y se inclinó; al mismo tiempo, Sinchi voló y se sentó en los asientos traseros.

— ¿¡Qué hacen con mi auto?!

Autoritaria y fuerte, la voz escarapelo la espalda de Lucas. Quiso levantarse pero recibió un golpe en la cabeza, antes de alejarse del coche.

Con una mano en la nuca, mientras el refunfuño de Micaela resonó en el interior, Lucas se volteo al policía Cristian. Uniformado con su traje, un cubrebocas y un par de ojos llenos de desdén; lo vio sacar su placa.

Cristian se acercó y Lucas se alejó de él. La suela de su zapato resonó contra el asfalto cuando se agacho frente a la puerta del auto.

— Váyanse ahora, ¿Usted es algo de esa niña?.

— No soy una niña — Micael volteo.

Con sus manos en el volante y lentes sujetados en el puente de su nariz, vio con claridad los ojos marrones de Cristian. Seguros e imponentes, un cubrebocas que dejaba a la imaginación lo que parecía un perfil hermoso.

Ella no pudo evitar silbar, junto a una pequeña sonrisa.

— Wow …

— Micaela, mira el cielo — la voz de Sinchi detuvo todo.

En solo segundo, un brillo dorado obligó a cada uno a ver el cielo. Un aro dorado se hizo grande, exprimió el cielo ante los ojos de cada transeúnte de la mañana.

La neblina oscura alcanzó la copa de los árboles más altos, tocando las ventanas de los departamentos del sexto y quinto piso.

Micaela, por su lado, abrió la puerta y rodeó el auto.

— ¡Necesito que se alejen de mi auto, ahora!.

Cristian justo después de gritar, dirigió sus manos contra el mango de su pistola.

Micaela desenvaino de su mochila un hacha. El profesor apenas se dio cuenta, quiso voltear pero una patada lo empujo dentro del carro, terminó contra la puerta del piloto, adolorido en el abdomen. No se dio cuenta cuando el hacha de la joven se acercó al cuello del policía.

— Profesor Lucas —sinchi llamó desde el asiento trasero, mostró una roca con un punto blanco—. No te preocupes, todos dentro del colegio estarán bien.

Entre el dolor en su abdomen y el rostro del fantasma pegado a la cabecera del auto, Lucas pudo volver a ver el colegio.

Una franja rosa cubriendo los aires de la infraestructura lo hizo querer ver bien, se acomodo pero tan rápido como toco el volante, el grito de Cristian lo hizo voltear.

El policía terminó al lado de Sinchi y Micaela en el copiloto.

— ¡Vámonos!

— ¿Qué? — Lucas tomó el volante, inconsciente—. ¿A dónde?

La joven suspiró, sacó su celular, tratando de ponerlo contra la consola.

— Oye Siri, ¿cómo llegó a la tienda de Javier? — micaela sonrió.

El celular no respondió. Alargó su mano pero la batería estaba muerta.

— Mierda, ¿tienes cargador en tu auto? —se inclinó hacia el policía.

— ¿¡ES ENSERIO!? — grito Lucas.

Sus manos apretaron el volante, resistiendo sus ganas de gritar y un cúmulo de calor en la cabeza que desaparecio cuando el estruendo de un golpe metálico provocó una vibración dentro del auto.

Ellos se mecieron de un lado a otro, las manos de cada terminaron en el techo del auto antes de voltear atrás.

A un microbús volcado contra el asfalto, en la mitad de la calle, personas plasmadas se detuvieron a ver. El primero en reaccionar fue cristian, quiso abrir la puerta pero Sinchi gritó.

— ¡A lince! Yo te guio.

— No puede ser —gimoteo lucas al encender el motor—. ¿Por qué debo hacerle caso a un fantasma?

— ¿Eres un fantasma? —Christian preguntó.

Sus ojos directamente a Sinchi, ahora ambos boquiabiertos hasta que un segundo estruendo hizo balancear al auto en movimiento.




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