Un gran disparo resonó en medio de la avenida Javier Prado, la bala alcanzó la cabeza de tres monstruos corriendo en busca de comida. Y sentada desde la ventana del auto, las dos coletas de Micaela revolotearon por el aire.
Sus gafas negras rebotaron dejando a la vista ligeramente su heterocromia por cada bache contra el auto.
— Quién lo diría — dijo ella y volvió al interior del auto.
Lucas sacudió un poco su cabeza, aún con audífonos él se esforzó por mantenerse firme ante el dolor.
— A la derecha — ordenó sinchi— después de ocho cuadras a la izquierda.
— Entonces — cristian intervino— ¿existen chamanes “malos” que experimentan con portales? ¿Y es por ellos que hubo temblores que iniciaron en la primera ola?
— ¡SON MALOS! — entono micaela—. aunque, se llaman ichiris.
— Y por qué no , ya sabes … ¿acabaron con ellos? — Lucas soltó, ocupado frente a la avenida.
— No es fácil — dijo Micaela vio adelante—. los ichiris, nacieron de una antigua rama de chamanes. Son de sangre pura, y usan armas robadas de dioses, o se alimentan de formas inhumanas.
— ¿Por tanto tiempo nunca los mataron?
Micaela sonrió. Un pequeño tic cruzó en su comisura izquierda
— Creemos en el equilibrio, ellos también lo hacían — respondió y trago hondo— hasta hace poco tiempo.
— ¡Aquí! — grito sinchi.
El auto se detuvo, Lucas vio alrededor sin ningún rastro de monstruos mientras Micaela volvió a ponerse su casco.
— No es necesario que salgan — dijo ella.
— Ni loco — Cristian intervino. Cargó su pistola—. Chaman, mentirosa o niña. En cualquier momento iniciarán la ley marcial, así que yo decido aquí.
La joven no dijo nada, vio directo al hombre pelirrojo que rodó los ojos.
— Tú también — ordenó Micaela y salió del carro.
A regañadientes, Lucas pisó el asfalto, vio a Sinchi volar cerca a Micaela, mientras el arma de Cristian se dedicó a apuntar a cada extremo de la calle.
Sus ojos caramelo revisaron cada extremo, aunque vacío, Lucas no dejo de sentir su espalda escaparse con cada brisa del aire rozando por su cuerpo.
Demasiado silencioso. En una situación irreal frente a la cochera. Cerrada por una puerta de metal negra limpia y otra pequeña puerta, a un extremo, semi abierta.
Lucas dio un paso atrás, concentrado en el movimiento de Cristian, Sinchi revisando las ventanas del segundo piso y Micaela inspeccionando la puerta.
“No se darán cuenta cuando los comas — la voz del virus apareció en su mente—. Solo hazlo, ¿No tienes hambre?.”
— Comí hace dos horas y el caramelo de las enfermeras — Lucas volvió a negar, como siempre hacía frente a la asquerosa voz.
— ¿El virus te habla?
Tan rápido como la pregunta de la joven terminó, Lucas asintió sin darse cuenta como los ojos de Cristian analizaron cada uno de sus movimientos. Volaron del pelirrojo profesor a la joven de casco, su ceja se alzó y pronto su pistola terminó sobre Lucas.
— ¿Estás infectado? —fue lo único que dijo el policía—. ¿Niña tú lo sabías?
— Calmate — llamo sinchi, una vez sus pies en el suelo—. tú también tienes algo raro.
El policía no respondió, dejó de ver al niño fantasma y se volvió con Lucas. Apretó su arma.
— ¿Por qué hacen ruido?
Una nueva voz llamó su atención. Un hombre, más bajo, rasgos prominentes de la sierra del país y con una bata pulcra de seda hasta los pies que acomodo cuando dio un paso afuera.
Aunque sus movimientos fueron cuidadosos, cuando su pie izquierdo aterrizó, Cristian pudo ver el pie de una gallina.
En un segundo, el arma cambió de dirección, directo al nuevo hombre. El joven policía saltó, preparado para atacar en medio de una indescriptible expresión y respiración profunda.
¿Miedo?
¿Confusión?
« ¿Qué mierda es eso? » pasó por su cabeza del policía.
Pronto sintió una carga en su arma, la mano de Micaela lo alejó. Su casco ahora en el brazo.
— David, hola — anunció alegre la chica.
— Micaela — anunció el hombre—. Pasa, que bueno que saben cómo llegar.
Sinchi fue el primero en atravesar el metal sin problemas, mientras que Cristian entró a la fuerza, siendo observado por la joven con gafas.
Ella no dejó a nadie afuera, hasta Lucas después de suspirar con pesadez entró.
— ¿Quieres el botiquín de primeros auxilios? — siguió David al encender las luces.
— Así es — Micaela respondió.
Uno tras otro, los focos suspendidos en el techo despertaron con un zumbido eléctrico. La oscuridad retrocedió lentamente, revelando una inmensa cochera convertida en una tienda.
Lucas permaneció inmóvil.
El aire olía a madera envejecida, hierbas secas, incienso y tierra húmeda, como si el lugar hubiera permanecido sellado durante décadas. El silencio del exterior desapareció, sustituido por el leve crujido de los estantes y el tintineo de pequeños amuletos que colgaban del techo.
Altos anaqueles de madera cubrían las paredes hasta casi tocar el techo. Repleto de reliquias que parecían pertenecer a un museo prohibido.
Cráneos alargados humanoides descansaban sobre pedestales de piedra. Frascos de vidrio conservaban uñas negras, dientes afilados y hojas marchitas que brillaban tenuemente bajo la luz. Entre ellos reposaban pequeñas piedras rojizas, cuchillos ceremoniales —tumis de distintos tamaños— y antiguas vasijas grabadas pre incas con figuras que Lucas jamás había visto.
—¿Qué demonios...? — susurro Lucas— Micaela, ¿Qué es esto?
Lucas tragó saliva, y volteo a Cristian, recorriendo cada rincón con la pistola en alto.
Detrás del largo mostrador de vidrio, un estante mucho más grande mostró decenas de cajas de todos los tamaños perfectamente apiladas.
Micaela y Sinchi, por su lado, se apoyaron sobre el mostrador.
— Oye David — llamó el niño—. ¿Tienes algo para la señora Ana?
—¿Para ese hermoso rostro? —respondió con una sonrisa—. Claro. Dame un momento.